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Argentina confusa con unas cuarenta vueltas alrededor del sol. Insomne y desobediente, lleva veinte años reescribiendo un puñado de historias que la acompañan al baño. Incluso aquellas historias publicadas por las que firmó cesión de derechos (muy especialmente esas historias).

Bagdad

Her Desert

 

No hay luna. Hice mal la pregunta, tuve que repetirla utilizando otras combinaciones. Sin dar con la correcta, la que todos comprendieran sin ofenderse. Cómo salgo de acá. Cómo me voy. Cómo llego al otro lado, por donde voy al lado seguro. Cómo salgo de esta zona para llegar. Por dónde tengo que ir para irme. Me voy. Me fui. Con la niña en brazos, en los mismos brazos de los que cuelgan bolsas de mercado que ocultan nuestras pertenencias, adivino el camino de tierra seca, firme. Piso escombros. Cada tantos pasos, la luz de una ventana, de un boquete que nunca fue puerta, se filtra por un cortinaje y me ayuda a ver por dónde voy. Que es casi más importante que a donde voy. Porque al menos sé que estoy en un caserío improvisado sobre terrenos arrebatados al fisco, sin luz eléctrica en sus calles, y busco la salida. El diluvio reciente no puede filtrarse, la tierra parece petróleo. Las paredes de zinc se levantan con nubes de mosquitos, las zanjas de desagote son un trazado de zumbidos y croares.

Creo que llevo unos trescientos metros caminando en círculos. La niña se queja, los mosquitos no perdonan. Los insectos son los únicos que atraviesan nuestro escudo de desamparo. Ellos tienen que vivir sin perdonar. Así que me detengo, ordeno toda la carga en un solo brazo y dejo libre el otro para agitarlo y evitar más picaduras. Escucho el follaje, los anfibios descatalogados, los anófeles furiosos y una música de radio desde la esquina de los muchachos ociosos a los que me acerco para pedir auxilio.

Al llegar hasta la música, ninguna luz más que la de un teléfono con el que juguetean me los puede definir. Los imagino sentados en sillas rotas de plástico y mugre. O estirados sobre un tronco caído en la última tormenta. La luz contra cenital que se pasea por los rostros a la altura de la cintura los presenta. Son una aparición en una calle que no existe en ningún mapa. Les hablo mientras avanzo hacia ellos, los saludo y me muevo como un camello del que oscilan alforjas y rollos de té seco. Se quedan en silencio como si la aparecida fuera yo: un fantasma de dos cabezas, bracitos y piernitas colgantes. Uno de los muchachos eructa. Perdone, me dice, y se levanta con pena y se retira en la noche. Entiendo que está borracho. Todos lo están. La cabeza de la niña pesa y suda, es parte de mi peso y mi sudor porque está dormida. Me duele su sueño en los tendones.

Pienso en retroceder. Los aparecidos me observan. Bien podrían pasar a mi lado del cosmos y arrebatarme las bolsas de mercado, los zapatos y el grito. Yo repito la pregunta y noto que jadeo. Me responden con un tono de respeto, el que parece imponer el esfuerzo por tenerme en pie y avanzar. A pesar del acecho de sus horas muertas, en la espera de que algo les suceda, les sucedo yo y se contienen. Porque soy una aparición surgida de lo indescifrable que camina con una carga que sueña, sin saber a donde llegará. Me hablan. Me dicen señora. Superponen sus voces y hasta logran un acuerdo. Siga. Doble en la luz. Llegue a la segunda casa con luz. Doble por esa calle. Verá la salida.

Ellos ven la salida. Yo tengo que creer. Agradezco por todo y me despido para siempre.

Falta poco. Lo digo en voz alta para mí, para la niña y para los espíritus que levantarán sus espadas para dejarnos pasar. Falta poco, ya casi llegamos. Nunca miro hacia atrás, así estoy segura de mis palabras. Los muchachos no me mintieron, al doblar una esquina veo la luz eléctrica de la avenida. A tan poco de salir del destierro me resbalo, pero mi cuerpo no deja caer nada, estira y fuerza sus cartílagos. Las luces del taxi se encienden y me encuentran. Otro encuentro de apariciones en el umbral del hierro y el cobre. Cuando por fin subo al taxi me doy cuenta que estuve a punto de desmayarme. El taxi arranca y el conductor me pregunta: “¿Qué hace usted tan lejos?”

Trampa para osos

Trampa para osos

A tu amigo, dijo. “A tu amigo”. Sonreía, con su lengua oscura, y se mojaba los labios.

Necesito dormir, oficial, necesito cerrar los ojos por un momento y apretar el mechero para dejar de temblar. Si no le importa, me lo quedo. Algo entre las manos, si no le importa, quédese con alguno de los que hay en la sala. Cualquiera, son todos míos. Los dejaron aquí en la fiesta, así que son míos. Me gusta el suyo. Azul, frío, pesado. Ya sé que es corriente, no me lo diga, pero pesa. Si supiera lo liviano que me siento. Voy a desprenderme de la tierra, así de liviano, relleno de gas.

Ya se lo he dicho, no sé quién era. Una más aquella madrugada. Esa fiesta de cumpleaños estaba espesa, no recuerdo bien ¿Algo fuera de lo normal? Todo. Había subido demasiada gente. Sus manos no podían con el taza de café. Nadie preguntaba, en la neblina de tabaco, quién era quién. Cuando quedábamos los últimos a Karim le dio sueño y se retiró sin despedirse. Temblaba el café, se echó un poco sobre la camiseta. Se asomó a la sala y nos llamó un momento después. “Tienen que ver esto”. Philippe y yo lo seguimos. Siempre lo seguíamos. Era alguien a quien seguir. Las puertas de la despensa vibraban en la cocina cuando sus pasos entraban por la puerta. Lo que queda de sus brazos.

Lo seguimos hasta la puerta de su habitación, sabiendo lo que podíamos encontrar. Siempre nos mostraba el trofeo. Pero, ¡era tan pequeña! Tan frágil. Se había deslizado hasta su cama. La vimos allí dormida, completamente desnuda. Ondulaba al respirar. Pude sentir la punzada del tornasol de su piel en el paladar, antes de que Karim nos cerrara la puerta en las narices mientras se bajaba la bragueta. No me dejaron dormir. Karim tenía el colchón en el piso, y yo escuchaba su parquet crujir. Me duele la cabeza ¿Podría apagar alguna luz? Se lo agradezco. Gracias, pero ya no fumo. Entonces sí fumé. Fumé escuchando los gemidos, y cada vez que estuve a punto de dormirme volvían a empezar con la misma intensidad. Pensé que estarían esnifando. Se escuchaba la televisión y la risa de ella y las groserías de Karim.

Al mediodía, sentado a la mesa de la cocina mientras desayunaba una botella de ron, escuché a Karim acercarse hasta la cocina. Entró tambaleándose. Se calentó el café que quedaba del día anterior, apenas podía levantar la taza. “Tronco”, me dijo buscando la botella de agua en la nevera. Me dijo algo más, “que hembra”, se bebió la botella, la llenó en el grifo y se la llevó consigo. Supuse que tendríamos un momento de calma y me metí en mi habitación. Pero escuché a la chica gimiendo otra vez, volvieron a empezar. Philippe dormía con pastillas, era habitual. Y yo intentaba dormir.

La luz del pasillo parpadeó un par de veces debajo de mi puerta. Pensé que, siendo la tarde, Karim la habría despedido. Me entraron ganas de orinar. Salí al pasillo. No había ningún sonido. En todo el edificio. Ningún televisor, ni los ladridos del perro del vecino, ni los pájaros en el alféizar. Nada. Fui al baño. Escuché un sonido que se apagaba, el único sonido que no era mío. En el baño los espejos confunden, lo sé, pero algo acechaba en el pasillo. Algo reptaba. Lo vi por el espejo un segundo después de escuchar ese sonido, desapareció de mi vista en cuanto me giré. Salí del baño y vi la puerta de Karim entreabierta. Había luz, por eso la empujé.

Allí estaba yo, hipnotizado, cuando me preguntó “¿Qué haces aquí?”. Era Karim, a mis espaldas, con cajas de pizzas y refrescos. Tenía ojeras muy profundas y verdosas. Intentaba explicarme mientras salía de su territorio, cuando vi que la puerta de Philippe estaba abierta. “Pequeña”, dijo Karim. Desde la sala, avanzaba hacia nosotros ella. Estaba tragando algo, su cuello se movía porque estaba tragando algo muy grande. “¿Me esperabas?”. Ella asintió con la cabeza. Estaba desnuda y zigzagueaba mientras avanzaba. Nunca vi unas piernas tan delgadas, no era del tipo de Karim. “¿Tienes hambre?”, dijo él abriendo una caja de pizza. Ella dijo que no y empezó a empujarlo con el sexo hacia la habitación. Karim se dejó empujar, fijos sus ojos en ella. “¿Y qué has comido, si se puede saber?”. Entonces, ella miró hacia la puerta de Philippe y dijo “A tu amigo”, y terminó de empujarlo, cerrando la puerta tras ella.

El rostro de Karim, antes de perderlo tras esa puerta. Su rostro. La estaba mirando. Soltó las cajas y el refresco. Pero la puerta se cerró. Y empezaron los gritos ahogados. No sabía qué pensar ¿Qué hubiera hecho en mi lugar? La noche caía, la habitación de Philippe escupía oscuridad y la de Karim empezaba a silenciarse. Esa puerta nunca más se abrió, hasta que los llamé. Pero nunca la vi salir, no me importa lo que me diga, ella entró, y nunca más salió por esa puerta.

Búsquela, volverá a tener hambre.