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Agile and somewhat pompous human by nature and writer by choice. Making a living in Spain, trying not to be overcome by the swaying of the moon and the turning of the wheel venting off the gathered steam. WInner of no prizes, mentioned by a total of zero reviewers, I try to participate in as many literary, musical and pictoric projects as I can. That's exactly why I never finish anything. Things should always strive for eternity: after all, what shall last one, will take one to make.

I’m leaving you

Fly Away by Mickey Oneil

I can feel her being flushed out of my system.

She conjures up some tears and a clenched fist in the stomach, or the throat, and she is saying:

“No, please, don’t, don’t, don’t leave me here, please, don’t leave me, oh, God, oh, please, stay, stay with me…”

All I can say is no. All I can do is look at her with the scorn with which her eyes used to be tainted more times than not.

“You said you wanted to grow old with me, don’t, please, please, let me stay, let me stay, please…”

Every word of hers is a gulp of drool and tears. The little make-up she was wearing is now smeared all over her face. It’s my own doing, indirectly.

“After all that’s happened, after all you’ve told me, after all you’ve made me change… you are going back to the starting point”. My words feel sharp in my tongue. My throat impedes any further improvements. For some reason, I am about to cry. “Funny. But no. I’m leaving. There’s no place in my heart for you to stay. Everything’s changed. I have changed. You can’t stay, because there’s nowhere to stay”.

A shiver climbs up my back as she begins sobbing, too weak to speak, too fragile to even stand up from the pool of tears she’s left on the ground. That’s how much she’s crying. And when she opens her mouth and lets out a long, long moan, I have to look away. Her diaphragm contracts rapidly, like the revolutions of an engine, and her crying is just more than I can physically bear.

“Stay! STAY!”

She tries to tug at my trouser’s leg, and grabs my calf and makes me stop my leaving.

“Get off of me”.

I kick free from her. And I cross the door, leaving a decomposed lump of crying flesh behind me.

She broke my heart. Now everything’s changed. It’s easier not to have a heart than have a broken one.

Everybody wins.

La continuidad de los jardines postmodernistas

Class_by_William_Iven

Imagínate un asiento.

Mejor dicho, imagínate sentado. O sentada.

Puede ser un colchón de plumas rodeado de cojines, con seis varillas de incienso clavadas en un bote de arena delante de un altar con seis velas a Vasudhara. O el asiento plegable de madera de una mesa de universidad. O la roca fría y húmeda de una peña frente a un río que discurre tranquilo por un valle lejano brillando con el refulgir de las gemas preciosas.

Imagínate un asiento.

Miras al frente, respirando hondo.

Son las once de la mañana. Llevas una hora de clase y aún queda otra por delante.

El atardecer tiñe de rosa las nubes deshilachadas sobre los rascacielos.

El traqueteo del metro mece tu cuerpo poco a poco. Los reflejos de caras cansadas de ojos bovinos centellean en la oscuridad de los cristales.

Tu día acaba de comenzar. O está terminando. En cualquier caso, paces tranquilo en el sitio, aceptando lo que ves como una parte más de tu rutina diaria. Entran y salen los pensamientos con el entrar y salir del tren por las estaciones, del aire en tus pulmones, de la gente en la clase, del humo a la habitación y de la habitación en tu rutina.

En cualquier caso, estás sentado, y miras.

Te dejas arrebatar por el fluir pesado y cansino de la comodidad que aletarga tus huesos y abotaga tu mente con el dulce placer semisólido de la respiración tranquila. La compra está hecha, los deberes acabados y la casa espera en alguna parte que no es esta.

Una uña de Vasudhara parece estar más descolorida que el resto de la misma mano. Una mujer pálida de ojos cansados mira a la profesora dándole toda su atención. Un águila desciende en espiral hacia el valle. El caso es que no puedes dejar de mirar.

Ves las microvetas de la madera ondulando por la superficie de la uña roja conformando lo que podrían ser letras de un alfabeto aún por inventarse, y la mujer pálida suspira con penas que sólo ella conoce y jamás dirá en voz alta, mientras el águila extiende sus garras y atrapa una culebra que se retuerce inútilmente esperando engañar a la muerte de un pico que le arranca la cabeza y vuelve a remontar el vuelo.

Te dejas arrebatar por el hambre ajena de la profesora que habla de las estructuras socioculturales que permitieron la incursión de Nacionalsocialismo en todos los estratos de la Alemania de entreguerras, y notas, sin dejar de prestar toda tu atención a lo que tienes delante, la pulsión creciente de una ingle que se excita al imaginarte rozando con tu lengua sus caderas, notando el escalofrío progresivo de la piel rogando estar en carne viva, pelada como una cabeza de serpiente.

No dejas de imaginarte volando ante Vasudhara rindiéndole toda tu pleitesía al águila que acaricia con su vuelo la piel de la tristeza oscura de un túnel que no termina de desembocar en la luz falsa de una estación subterránea, y cuando te quieres dar cuenta, vuelves a oír a la profesora. Vuelves a ver las caras reflejadas en los cristales. Vuelves, vuelves al jardín sin flores de tu propia rutina, y te das cuenta de que, al fin y al cabo, un texto es sólo un texto y tú tienes aún muchas cosas que hacer.

La Estrella Incólume – Parte III

Milky_Way

 

Viene de: La Estrella Incólume – Parte II.

 

—A ver. Hijo. Cuando me quedé embarazada tu padre y yo estábamos pasando por una etapa muy dura. Apenas le daban trabajo en la empresa y yo estaba parada, y encima embarazada, así que el dinero era escaso. Y cuando nos enteramos de que lo que venían eran gemelos, se nos cayó el mundo encima. Apenas si podríamos criar a un niño, así que imagínate dos. Estuvimos un tiempo barajando opciones. Al final contactamos con una pareja que no podía tener hijos, y nos ofrecieron treinta mil euros por un bebé. Y se lo dimos. Lo que no supimos es que era… especial. No lo supimos hasta que Estrella tuvo dos años. No hablaba, no reconocía nada, se hacía daño. Entiéndelo, hijo. Gracias a Estrella pudimos criarte con todas las ventajas que un niño pudiera pedir. Yo iba a verla de vez en cuando. Tía Carlota, me llamaba, ay, qué ricura—le pasa la mano su fino pelo negro—…

—Vendiste por treinta mil euros un bebé. Cojonudo, mamá, cojonudo. De verdad, cojonudo. No tengo más adjetivos.

No dejo de pensar en mi infancia, en todos los juguetes, en la tele de plasma del salón, en el armario lleno de DVD’s, en los viajes, en las reformas, todas ellas pagadas con la venta de un bebé.

—¿Y qué coño hacía en Ginecología?

—Eso…—mi madre mira al suelo y traga saliva—. A ver. Sus padres la criaron muy bien.

—¡Sus padres, dice!

—¿Quieres que te lo explique o no? A ver, eso. Sí. Sus padres la criaron muy bien, y aunque es un poco… distinta, sabe cuidarse sola. Sabe andar, dónde están las calles y todo eso. El caso es que hace un par de semanas iba paseando tranquilamente, cuando la asaltaron y la violaron.

Una mascletá de símbolos de interrogación me pasa por la cara.

—El caso es que la violaron—sigue—, y ahora mismo hemos descubierto una noticia estupenda… ¡tu hermana está embarazada!

—No sé de qué puto universo te habrás escapado, mamá, pero en el mío nada, NADA de lo que me has dicho hoy es una buena noticia. Nada. Tú estás mal de la cabeza. ¿Y ella, lo sabe? Estrella, mírame, ¿sabes que estás embarazada? ¿Sabes lo que es un embarazo? ¿Sabes lo que es un bebé? ¿Sabes lo que es la deshonestidad, la avaricia, la lujuria o un aborto? ¿Eh, rica mía, lo sabes?

—¡Jorge!

—Jorge no, mamá, vamos a ver, no sé de qué cojones va todo esto. ¿Qué te esperabas, que saber de repente que mis padres me han tenido engañado toda la vida me iba a hacer gracia?

—No te hemos tenido engañado, sólo no te hemos contado una cosa.

—Vete a tomar por culo, hombre, no me jodas.

—¿Qué pasa, que no te gusta cómo has crecido? Nunca te ha faltado de nada.

—Sí, me ha faltado mi hermana, pero como nunca me ha hecho falta no tengo derecho a quejarme. ¿Es eso lo que quieres decir? Y encima preñada vete tú a saber de quién. Estrella, ¿eres consciente de lo que te han hecho? ¿Eres consciente de algo?

Sus ojos bovinos, se me quedan mirando. Su semblante medio serio se convierte en una sonrisa y mis ojos le devuelven a Estrella una mirada que se empaña: esta vez soy yo quien hunde la cara y empieza a llorar. Estrella me sigue en el llanto y mi madre, nuestra madre nos abraza a ambos y se echa a llorar.

Joder, qué puto cuadro de familia.

—¿Dónde están sus… padrastros?—digo, en cuanto recobro la respiración.

Mi madre niega con la cabeza sobre el hombro de Estrella, que no deja de llorar. Estoy atrapado en un llanto ajeno, enroscado en un abrazo idiota del que no sé si quiero salir. Por mucho que esto no sea mi responsabilidad, en el fondo sí que lo es. Mi madre va a ser abuela. Desde luego, ahí está el fondo del asunto. Tengo que conocer a mi sobrino, y primero, a su madre, y primero, antes de todo eso, antes de empezar a conocer a distintas criaturas poseedoras o no de una consciencia que las mueva, de una consciencia que les diga qué está bien y qué está mal o un raciocinio que les convenza de una o de otra cosa, bueno, antes de todo esto primero tengo que conocerme a mí mismo.

Sopesar todos y cada uno de los momentos de mi vida en los que Estrella estaba en otros lugares y analizar bien qué era lo que estaba sucediendo en la tramoya de mi vida. De momento ya sé quién financió el proyecto de mi existencia, y por qué. Ahora sólo falta saber dónde estaría yo ahora si hubiera tenido una hermana retrasada de la que cuidar.

—Joder, mamá, tienes unos cojones como el caballo del Espartero.

—¿Qué?

—¡Cacahué! ¿A que sí, Estrella, a que sí?

Y será el tono de mi voz, o la cara de idiota que he puesto, o que le estoy haciendo cosquillas, pero Estrella se ríe, y por un momento su risa pesa más que el gilipollismo profundo de que mi madre adolece.

La Estrella Incólume – Parte II

Milky_Way

 

Viene de la La Estrella Incólume – Parte I.

 

Antes de llegar a la entrada del hospital cojo por el brazo a una enfermera y le digo que si sabe en qué habitación estaba esta chica, porque no sé interpretar la información de la muñeca, más allá del nombre y del apellido, que no es el mío.

—Sí, estaba en la 27 de Ginecología, pero ya le han dado el alta.

—¿Ginec- -?—la enfermera hace por irse, pero de nuevo le agarro del brazo— ¿No puede quedarse con ella un momento?

—¿Y su tía? Dónde está su—ah, sí, allí viene. ¡Hasta luego!

Me giro para mirar a la tía de Estrella y a quien veo bajar por el pasillo es a mi madre.

—Es esto lo que creo que es, ¿mamá? ¿Una puta engañifa? ¿Y qué es eso de que eres su tía?

—Ay… De verdad, no me esperaba que fueras a reaccionar así, hijo, porque es que no es nada malo tener una hermana… especial, además, que es un amor, ¿a que sí, Estrella?

Cojo aire. Estrella sigue abrazada a mí. Noto cómo la saliva traspasa la tela de mi jersey y me alcanza la piel.

—Comprenderás que después de veintiséis años de existencia el hecho de saber que tengo una hermana gemela de la que no he sabido nada me toca bastante los cojones. Y papa, ¿sabe algo?

—Pues claro que lo sabe.

—Cojonudo, un puto complot. ¿¡Pero tú de qué vas!?

—No lo hemos hecho contra ti, hijo, lo hicimos por ella.

—Más vale que cambies ese tono, mamá. La retrasada es ella, no yo.

—¡Jorge!

—¡Qué! Más vale que me des explicaciones o la vamos a tener muy gorda, tú y yo.

—A ver. Hijo.

[…]

Este relato terminará en la parte III.

La Estrella Incólume – Parte I

Milky_Way

Encajada en torno al raíl curvo de metal pintado se mueve la cuenta que gira, baja sube y cae sobre el montón de cuentecitas que han llegado al final de su recorrido. Un pequeño ábaco con función de parque temático para cuentas que no llevan a ningún sitio. En esta sala de espera me rodean, sentados en los asientos de plástico soldados al metal, diez o doce hombres y mujeres, algunos con sus hijos, otros en pareja, otros con documentos en la mano. Sentado en este taburete tamaño niño, muevo otra cuenta para aliviar la espera.

Levanto la cabeza al ver una presencia por el rabillo del ojo. Mi madre cruza el umbral y extiende el brazo, mirando a alguien que está tras la pared que me bloquea la vista, y hace una señal.

—Aquí está—dice mi madre, siguiendo con la vista a la chica delgaducha que aparece ante ella. La chica me mira, se ríe y acto seguido hunde la cara en el hombro de mi madre, soltando un gritito.

Como siempre, mi madre espera que la sorpresa sea lo suficientemente grande como para ocultar todo lo demás, pero no puedo evitar pensar, aunque sólo la haya visto un instante, en la cara de la chica. Los ojos marrones, las cejas pobladas, la nariz chata, hasta la forma de los dientes; todas sus facciones son extrañamente parecidas a las mías, y aunque ya conozco la respuesta, quiero oírla de sus labios.

—¿Quién es, mamá?—levantándome lentamente del taburete, notando cómo la vista de los demás pacientes me sigue.

—¿No lo sabes?—dice mi madre.

La chica sigue con la cabeza hundida en el hombro de mi madre, y sigue soltando chillidos y gemiditos demasiado parecidos a los de un bebé como para estar saliendo de la boca de una mujer de veintiséis años, que mueve la cabeza, me ve un momento y vuelve a gritar y a hundir la cabeza en el hombro de mi madre.

—Mamá, ¿quién es esta chica?

Intento que el enfado que me está creciendo en el estómago no me rezume por la boca. No sé si lo consigo. Le agarro la cabeza a la chica y gentilmente la giro para mirarla bien a la cara. No hay duda. Es mi hermana gemela. Sus ojos ligeramente estrábicos me miran con una sonrisa ausente de la que cuelga un hilo de baba que, brillante, se le pega en la barbilla. Mi madre tiene un rodal de azul oscuro en su blusa. La chica hace una pedorreta y se deja caer en mi hombro, rodeándome con los brazos. Su cuerpo se enrosca al mío débilmente, y noto sus manos cerrándose en mi espalda con una fuerza extraña.

—Pero qué cojones, mamá, qué cojones…

Mi hermana me estampa un beso húmedo en el cuello, y el frío desagradable de sus babas se me desliza por el interior de la camisa. Sus gemidos y chillidos cobran intensidad.

—¡Le gustas!—dice mi madre.

—¿Dónde hay una enfermera?

—¿Para qué?

—Tú y yo tenemos que hablar.

—Pues hablemos.

—No quiero que se entere.

—Tranquilo, no se va a enterar. Es como una niña pequeña.

—Así que es retrasada.

—¡No digas eso! ¡Siempre igual!

—Mamá, si tiene un déficit mental lo suficientemente grande como para que impida que se entere de una conversación entre dos adultos, es retrasada. Dónde está la enfermera.

—Joder, siempre lo mismo. ¿Es que no te hace ilusión?

Miro alrededor. Algunos pacientes siguen sintonizando el culebrón que se desarrolla delante de sus narices.

—¿Dónde está la puta enfermera?

De repente, el hecho de que estemos en un hospital tiene todo el sentido del mundo.

—De verdad, hijo, que no entiendo por qué te estás poniendo así, si yo sólo quería darte una sorpresa, y que ahora te lo cuento, que sí, pero primero mírala bien. Se llama Estrella, y es tu hermana gemela—mi madre empieza a tocarle la cabeza, y poco a poco sus gemidos se vuelven más y más largos. Su cuerpo se reblandece y sus gritos se convierten en llanto.

—¿Ves? La estás asustando.

—Y tú me estás tocando los cojones cosa mala. Ven, Estrella, vamos a ver a la enfermera.

Pasillo abajo sus pasos torpes se tropiezan con los míos, agarrada como está a mi cuerpo y sin levantar la cabeza.

—¿Sabes cómo me llamo?—le pregunto. Sigue llorando.

—¿Cuántos años tienes?—su respuesta termina en lo que parece una i—. Exacto—le digo—, veintiséis. Es dos veces más que trece.

Heart(h) Song – Parte 2

Girl by Julia Caesar

—¿Tienes Twitter?—preguntó ella.

—No. Prefiero los pájaros de verdad.

—¿Facebook?

—No. Prefiero las caras de verdad.

—¿Instagram?

Aquel tipo sacudió la cabeza.

—No me gustan los filtros.

—Entonces me voy, que no quiero molestarte.

Un paso, y otro paso, y otro paso en dirección a sus amigas, pasos posteriores a un giro de cabeza que le movió todo el pelo. Tenía buen culo aunque pocas caderas.

—No me molestas. Es sólo que la vida moderna me interesa poco.

Podría invitarla a tomar un café, o al recital de poesía al que acudiría aquella noche a escuchar a sus amigos del círculo de escritores, o al concierto que tenía la semana siguiente, pero no le gustaba hacerse publicidad. Por eso siempre tocaba bajito.

Aquella chica se dio la vuelta una vez más, parando un instante, y en su sonrisa educada aquel tipo vio que la chica no comprendía nada.

—Vete al campo, entonces.

Al no responderle, aquel tipo le concedió la victoria. Me iría al campo, pensó, si fuera mejor que la ciudad. Pero sólo los árboles son mejores que los edificios, sólo los bosques son más interesantes que las junglas de cristal y la música es una de los millones de cosas mejores que las redes sociales.

This is me falling apart
this is me shredded to pieces
this is who I am becoming,
this is me, singing to trees
this is me, looking at birds
this is me, extricated from your absurd reality
of mores and rules and blind fireworks
not looking at screens
not looking at you
because there is nothing to see.
Singing on branches,
falling to pieces,
flinging the ashes
of the bygone times and timely byproducts
of this post-industrial society.

Se me ha ido la pinza con la letra, pensó aquel tipo mientras se sacaba la libreta del pecho y anotaba las notas con que aquella melodía le había arañado los silbidos, melodía que tocar en dos acordes de los que sólo el dedo corazón se movía, un, dos, tres cuatro, un dos tres y vuelta a empezar, cambiando el ritmo con la mano derecha y las notas con la izquierda, como se toca la guitarra.

Sólo cuando terminó de apuntar se dio cuenta de que las chicas seguían mirándole, allí, debajo del árbol, y posiblemente pensaran que estaba escribiendo sobre ellas. Así es la femineidad moderna, pensó, despechada y ombliguista. Así es todo hoy en día.

Y allí se quedó un rato, aquel tipo, esperando a que de nuevo apareciera un verderón, o un jilguero, que canturreara en las ramas de un árbol, aunque lo que de verdad aquel tipo quería ver cantando en la rama de un árbol era un cuervo negro y obscenamente grande, cantando con la voz grave de los cuervos, voz que se asociaba a la muerte y al mal agüero pero que a él, por su simple ausencia, siempre se le había antojado dulce y misteriosa, negra como sus plumas, negra como su sombra, negra como la guitarra que llevaba al hombro, canción de cuervos que acoplar a su guitarra y cantar con su voz de cuervo, grave, lenta, bajita, lejos del optimismo que se esperaba de un guitarrista en medio de un parque, lejos del optimismo veraniego de los anuncios de cerveza, lejos de todo lo que no fueran dedos, que no fueran cuerdas, que no fueran pájaros deshilachándose en canción.

Heart(h) Song – Parte 1

Girl by Julia Caesar

 This is who I am becoming,
this is me know.
This is who I’ll be forever
and forever I’ll be gone

And this is me, falling apart, this is
me shredded to pieces
yet living in another dimension
yet ready for the things to come.

And this is me, falling apart, this is
me shredded to pieces
yet living in another dimension
yet ready for the things to come.

Cuando termina se levanta del césped, se estira los pantalones y desliza la correa hasta que la guitarra le queda tras la espalda como si llevara una mochila en un solo hombro. Así camina hacia la salida, tarareando la melodía que acababa de tocar, más para sí mismo que para nadie más, en la soledad que le proporcionaba estar entre la muchedumbre que iba y venía con helados, y se tiraba agua y llevaban poca ropa por aquel parque de verano.

Muchas parejas jóvenes se tumbaban a retozar, a morrearse y a meterse mano, pero aquel tío sólo se llevaba su guitarra y tocaba muy bajito; sus dedos sólo penetraban la dulce membrana que separaba el aire de la música para dejarse caer a la melodía que se inventaba sobre la marcha. Aún estaba por conocer a la tía que pudiera ofrecerle más que la música, y como nada es más parecido a una cosa que esa misma cosa se llevaba a su guitarra más para entretenerse que para entretener. Como pasa en todos los noviazgos.

Pensaba en las diferentes interpretaciones que podrían tener las letras de sus canciones hechas por personas diferentes. ¿A qué puntos llegarían en común? ¿Por qué? ¿Se podría llegar crear una letra absolutamente neutra? This is me falling apart, había dicho en la canción, había anotado en la libreta que llevaba guardada en el bolsillo del pecho, sí, falling apart pero estaba de puta madre, aquel tipo de la guitarra al hombro, tanto física como mental como económicamente. Y encima no tenía hambre.

Las nubes estaban totalmente ausentes y dolía el sol en los ojos, pero no si caminabas bajo los árboles. Total, tampoco había nubes que mirar, así que aquel tipo de la guitarra al hombro y la libreta en el pecho y las manos en los bolsillos daba pasos tranquilos al son de los silbidos a través de las sombras verdes de las hojas de los árboles.

Yet ready for things to come, aunque nunca pasaba nada. A él no le pasaba nada, a aquel tipo, sino que él era siempre el agente activo de todas las frases que decía. Nadie le hablaba, nadie le llamaba, nadie le miraba por la calle. Era mejor así, se decía, pues toda compañía que pudiera necesitar la llevaba colgada al hombro.

Enganchado en una rama baja de un olmo, un pájaro amarillo, quizás un verderón o un jilguero, se hundía el pico debajo de un ala, arrancándose plumas deshiladas, mirando de lado a todas partes antes de proseguir con su acicalamiento.

—¿Es eso una guitarra?—dijo la voz de una chica.

El tipo aquél no dejaba de mirar al pájaro.

—Sí.

En el silencio concurrido del parque, el pájaro seguía quitándose plumas.

—¿Me tocas algo?

Aquel tipo ignoró todas las esquinas y calles de doble sentido que se le podían sacar a aquella frase.

—Nope.

De pie bajo los árboles, la brisa movió las hojas y un rayo de luz le dio en la cara a aquel tipo, y cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la sombra, el pájaro ya no estaba.

—¿Por qué?

Aquel tipo se encogió de hombros y bajó la barbilla para mirar a aquella chica. Era delgada y de pocas curvas, cara redonda y moreno pelo lacio que se le abría en dos en la frente. Llevaba puesto un top verde de seda estampado de flores, vaqueros muy cortos que dejaban ver sus finas piernas y un collar ancho de piedras turquesa engastadas en madera. Sus grandes ojos azules esperaban una respuesta. Aquel tipo vio que a unos cincuenta metros, tres chicas cuchicheaban y miraban en su dirección. Amigas de aquella chica, sin duda.

—Porque ya tienes compañía. Porque ya tengo compañía. Porque ya me iba. Porque, porque, porque, pero en el fondo no hay razón.

Su mirada se frunció por un instante, más que suficiente para ver que la decepción había cubierto de gris la ilusión y la curiosidad que habían movido los pasos de aquella chica aparentemente inocente a hablar con aquel tipo desconocido. Música, aquella chica sólo quería oír música, pero él no tenía ganas de tocar y aquella chica seguía allí de pie.