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Madrid, 1989. Autora del poemario "Los despertares" (Ediciones de la Torre, 2014) y del ensayo "El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock" (Líneas Paralelas, 2014).
Licenciada en Periodismo por la Universidad Carlos III y Doctora en Literatura española por la Universidad Complutense en 2015, posee además los másteres de Literatura española y Formación del profesorado en Lengua y Literatura por la Universidad Complutense.
Su obra poética y en prosa ha recibido varios galardones, como el Primer Premio del VII Certamen de Poesía Rafael Morales en 2008, el Primer Premio de Relato de la Universidad Carlos III en 2010 y el Primer Premio del VI Certamen Literario de Cadena SER Madrid Sur.
Marina es miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.

La libertad está en los lomos de los gatos

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Peinar estrellas con la mirada lánguida.

Flotar encima de la luna y que un camión aparte de un bocinazo

los anhelos que no se atrevieron a cruzar al otro lado de la calzada.

Suspirar entornando los párpados del viento

y atragantarse con una espina de la noche.

Toser deseos, escupir realidades.

La vida es un cojín enmohecido de esperas.

Tus ojos son hermosos y distantes, como un altar inútil,

pero es la única belleza que describe el espejo.

El calor del invierno descompone los restos de un firmamento

que se volcaba sobre tus labios. Y tú. Tú solo sueñas con soñar

e invocas oraciones extinguidas para ahuyentar los gritos de lobo del insomnio.

Tú solo sueñas con volar.

Esperando. Es así como descubriste que hoy ya la libertad se pierde

en los lomos estilizados de los gatos. Se estiran dulcemente,

sin romperse, con su sonrisa etrusca

colgando de los límites de una mitología antigua y polvorienta.

Te miran desde las profundidades de tronos invisibles

donde incluso las luces más pequeñas, las que nadie conoce,

se han dormido. Chirrían las bisagras de la noche; ellos maúllan despacio,

y antes de que se cierre para siempre el portal del ensueño,

piensas que solo desearías alunizar en sus pupilas.

Orfeo

Orfeo et Euridice

 

Yo siempre había creído que…

Hace más de tres años, más de nueve estaciones que te fuiste.

Nunca mires atrás,

me susurraban. Pero qué pretendían.

Hace más de tres años que te alejé de mis febriles pensamientos.

Nunca mires atrás.

Y de qué serviría.

Nadie dijo que yo lo deseara, mirar atrás.

Qué más da si te fuiste; si yo tampoco pensé nunca

en volver a llevarte dentro del corazón.

Camina siempre con firmeza y siempre hacia delante;

no te detengas.

Nadie quiere vivir por siempre en los infiernos,

y solo caminando hacia delante…

No te detengas.

Imposible; lo hice.

Me detuve despacio, inspirando, sin prisa,

y volví la cabeza dentro de mis cansados sentimientos.

Y al volverme, ahí estabas: buceando en mi sangre sin remedio

desde la oscuridad de tus pequeños ojos negros.

Entonces recordé que en las profundidades de mi triste,

de mi terrible subconsciente, no dejé de soñar

con traerte de vuelta a mis sueños.

Que fui a buscarte al mundo de los amores muertos.

Nunca mires atrás.

Pero ya era demasiado tarde.

Y eso que yo siempre había creído que te fuiste.

Yo siempre había creído que…

No existe el mar

mar

Mírame como si no tuvieras esas espinas en la córnea: dulcemente; ignorando por vez primera que no soy yo más que una brizna de aire triste ni tú más que aquel ramo de ígneas flores vulcanadas. Si no me miras hoy, no existirá un mañana, porque el mar se ha parado como las manecillas del vejo e ímprobo reloj de cuerda de tu padre; y ya nada ni nadie nos espera. Hasta mi nombre azul ha perdido esta noche su sentido; y si un día sin luna trataras de llamarme… No podrías llamarme. No serías capaz de pronunciar las tres sílabas marchitas desde tus labios rojos, y entonces… No ocurriría nada. Como lo lleva haciendo desde que imaginé besarte las pupilas y me arranqué la lengua.

Hoy

Hoy

 

Hoy no he escuchado la canción aquella

que hablaba de una niña de ojos imposibles,

ni al lamento infinito del viento

agitar su envolvente cabellera de siglos

por las esquinas más remotas del invierno.

Hoy solo miro las estrellas que la niebla cubría

desde aquel pálido noviembre de ya no sé qué año,

esas estrellas huidizas con las que mi imaginación

jugó a formar un ramo para arrojarlo al mar.

Llovía entonces.

Y hoy refulgen tan vivas por detrás de la niebla

que se pierde al calor que emana de los besos apenas entrevistos,

y se reflejan en mis ojos si otros ojos los miran.

Hoy se ha quedado tan sola aquella soledad.

Viaje

Viaje

La otra noche volví a escapar del mundo circular que nos rodea. Era de madrugada. Mi cabello se debatía inútilmente entre las cajas de cartón vacías donde siempre soñaban las niñas irreales y aquel cuello tan cálido que besaba mis gélidas extremidades. Caminando, llegué a una encrucijada donde, sumido en una palidez mortal, vislumbré a medias el cuerpo de una estrella mutilada.

Y ya sabes el resto. Comienza con la lluvia, la misma lluvia, el mismo gris difuso de los amaneceres fríos. Comienza con un sueño desenterrado a trozos que a cada paso muestra sus temblores de muerto. Termina con un beso. Termina con la noche de un día de verano, con la nieve que duerme a finales de enero. Y ya sabes el resto…

Nunca

Nunca

 

Dos figuras atraviesan el jardín; una detrás de la otra. La muchacha que va delante, abstraída, no se ha percatado aún de la silueta que la sigue en silencio.

-Alba.

La chica, sobresaltada, se vuelve para contemplar a su interlocutor: un joven serio de cabello pajizo.

-Miguel, qué susto me has dado.

-Perdona- murmura, acercándose a ella de manera sutil -, estaba paseando y te he visto de lejos.

-¿Dónde están los demás?- pregunta ella automáticamente.

-Deben estar cenando todavía.

-¿Tú ya has cenado? No te he visto en el comedor.

-No tenía hambre.

Hay un silencio entre ellos, mientras la mirada de Miguel permanece fija en el inalterable rostro de la joven. Ella comienza a andar de nuevo.

-¿Te importa si paseo contigo?- pregunta él, ajustando su paso al de Alba –Creo que íbamos en la misma dirección.

-No me importa.

Otra vez se produce un silencio, que es roto nuevamente por Miguel.

-No sé qué me ocurre hoy, me siento deprimido, sin ganas de hacer nada. ¿Tú crees que es debido al aire del sur?

-Tal vez. Ricardo también se sentía cansado esta mañana, cuando llegamos.

-Pero lo mío no es cansancio físico, se trata de una dimensión más psicológica.

-Entonces no sé.

-Alba.

-Qué.

-¿Te molesta que te cuente estas cosas?

-No, no me molesta- responde ella, sin mirarlo -. Pero yo no puedo ayudarte.

-Me ayudas simplemente con escucharme.

Ella no contesta. Miguel sigue hablando.

-¿Recuerdas esa fuente? El otro día me estaba acordando de cuando vinimos por primera vez. Yo no te conocía por entonces.

-Hace mucho tiempo de eso.

-Sí, pero yo todavía me acuerdo. ¿Tú no?

-Hace frío- dice ella, variando la dirección de sus pasos.

-Un poco. Por aquí, de noche refresca. ¿Vuelves dentro?

-Tengo frío.

-Yo también, un poco. Gracias por escucharme, Alba.

-De nada.

-Me siento mejor por haber hablado contigo.

La muchacha vuelve a guardar silencio, y Miguel la mira un instante antes de volver a hablar.

-¿Tú te sientes bien? Quiero decir… ¿eres feliz aquí?

Ella se detiene y le mira a los ojos, por primera vez.

-Miguel- dice –No te quiero y no voy a quererte nunca, ¿entiendes? Ni siquiera siento nada por ti, me aburres; He intentado ser tu amiga, al principio. Pero no me lo has puesto fácil con tus absurdas esperanzas.

Hay un silencio. A continuación, Alba echa a andar hacia la casa, mientras Miguel continúa parado en el mismo sitio.

Dieciséis

Sleeping Beauty

A los dieciséis años, Isabel aún creía que su Príncipe Azul estaba a punto de aparecer. Pero debía hacer algo, porque en los cuentos los príncipes azules no llegan si no corre peligro la vida de su amada. Supongo que por entonces no teníamos ninguna malvada hechicera a mano, e Isabel tuvo que buscarse la vida en ese aspecto.

Todavía me parece verla en el pupitre de delante, con su camiseta azul y el pelo desparramado sin orden sobre los hombros, levantando el dedo corazón de la mano derecha y sujetando un portaminas con la izquierda. Nerea, que se sentaba a mi lado, me miraba con extrañeza. La misma que debían reflejar mis ojos.

-¿Qué hace? –me susurró.

-Ni idea.

La verdad es que estábamos acostumbradas a las cosas raras de Isabel. Pero todavía no habíamos perdido la capacidad de sorprendernos.

El chirrido de la tiza sobre la pizarra me hizo maldecir en voz baja. Nunca he podido soportar ese sonido. Nos sentábamos en última fila, pero aún así…

-Alisa y Nerea –dijo el profesor-, ¿es que no puede pasar una clase sin que tenga que llamaros la atención?

-Lo siento –se disculpó Nerea, con su clásica vocecilla de yo no he roto un plato, e inmediatamente me dirigió una mirada recelosa por detrás de sus gafas de montura al aire, como si fuera la culpable.

-La próxima vez os cambio de sitio –amenazó el profesor.

Habíamos escuchado la misma amenaza dos veces esa semana, y algunas más ese mes. Rufino andaba ya cerca de la jubilación y, junto con las ganas, también iba perdiendo autoridad. A mí me caía bien, a pesar de todo. Podía regañarte un montón de veces, pero nunca tomaba medidas de verdad. Por eso, cuando llegaba la hora de Sociales, resultaba inevitable relajarse, y nunca faltaba el típico graciosillo que hacía la clásica pregunta –entre dientes, por supuesto- de cuándo nos iba a invitar a comer langostinos. Pobre hombre. Al fin y al cabo, sus padres no le debían querer mucho cuando le llamaron Rufino…

Pero bueno, estoy empezando a divagar. Centrémonos en el momento en que Nerea apartó por fin la mirada de mí para volver a fijarla en Isabel. Yo hice lo mismo, y me sorprendió verla en la misma postura que hacía unos minutos. Entonces miró el reloj, que llevaba puesto en la muñeca izquierda, y suspiró. Miré el reloj también. Eran las once de la mañana, las once en punto.

De repente, Isabel llevó la yema de su dedo hasta la afilada punta del portaminas, y la dejó allí unos segundos. Después volvió a repetir la operación una segunda vez, y una tercera. Nerea no pudo contenerse, y le dio unos toquecitos en la espalda para llamar su atención. Isabel dejó lo que fuese que estuviera haciendo y volvió la cabeza hacia nosotras.

-¿Qué narices haces? –le preguntó Nerea.

A mí me había entrado una risita nerviosa, y sabía que, en cualquier momento, Rufino volvería a regañarnos.

Isabel dibujó una amplia sonrisa en sus labios, una sonrisa de niña pequeña; y respondió, con los ojos brillantes:

-Son las once en punto. Acabo de cumplir dieciséis años. Eso significa que hoy, antes de que el sol se ponga, me pincharé el dedo con el huso de una rueca y caeré hechizada en un profundo sueño del que solo me salvará un beso de amor verdadero. Como un huso es muy difícil de encontrar, he pensado que un portaminas podría valer… ya sabéis, también pincha.