Madrid, 1989. Autor del poemario inédito "VictorioSOS" y de numerosos relatos, además de un libro que se encuentra actualmente en proceso.
Graduado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid, posee un Máster de Bases de Datos y Programación. Actualmente trabaja como consultor en un proyecto de Business Intelligence.
Habla de la inquietud y curiosidad de personas comunes; también de emigrantes y viajes. En sus textos desgrana el alma de las grandes ciudades mediante habitantes anónimos que adquieren protagonismo.
Creador del proyecto galgoentropico.com y miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.

Los lobos de Manuel Machado

JUAN JOSÉ GONZÁLEZ VEGA | WIKIMEDIA COMMONS
JUAN JOSÉ GONZÁLEZ VEGA | WIKIMEDIA COMMONS

A raíz de la manifestación que ha tenido lugar hoy en el centro de la capital, he recordado esta potente poesía de Manuel Machado en la que el lobo es la imagen vertebradora del poema. La idea generalizada que se ha llegado a tener en España de los lobos es que son bestias que matan el ganado, que dañan nuestros intereses ganaderos. ¿Es eso cierto o nos olvidamos de algo más? En realidad tendemos a asociar esta especie con valores como el honor, el esfuerzo o el cuidado del resto de miembros del grupo, sin olvidar cualidades como la fortaleza y el trabajo en equipo.

De igual a igual

Letter_Helloquence

Frente al buzón del edificio, con la puerta retenida por el carrito, contempló la carta sellada con cera roja. Resultaba agradable al tacto. Rompió la solapa de papel y leyó lo que decía:

Estimada esposa de Luis Portalatín:

Me encuentro en una situación incómoda. Decirle lo siguiente en persona supondría un desasosiego demasiado grande para los dos. Su marido se acuesta con mi mujer.

Soy consciente del shock que debe suponer para usted. Que, a estas alturas de la vida, nuestras respectivas parejas nos coloquen tamaña cornamenta… es, francamente, un castigo desmedido a nuestra falta de amor. Reconozco que han pasado dos días desde que me senté a escribir esta carta. Semana y media desde el día del encontronazo con los infieles desnudos en el pasillo, con los calzoncillos usados de su marido colgando de un pomo y con la humillante y turbulenta visión de ese hombre recostado sobre mi mujer – por cierto, vaya corpulencia tiene ese hombre -. No le describo lo que pasó a continuación. Sólo diré que el cobarde huyó con el rabo erecto entre las piernas.  

He intentado imaginar el impulso sexual insatisfecho que les ha llevado a realizar semejante dislate para con su pareja. He repasado mi matrimonio, como ahora lo hará usted. He consultado a nuestra hija, después a su hermana, a una compañera de trabajo, y hasta a su amiga y vecina soltera quien, con mucho gusto, ha aclarado mis sospechas con respecto a la frecuencia de los encuentros. Ha sido precisamente esta señora quien me ha narrado el auténtico desatino llevado a cabo en su apartamento. Noches de sexo consentido en el apartamento justo sobre de mi cabeza. Y yo pensando que le gustaba la carpintería. Siento que este espacio marital ha sido totalmente violado por la traición.

Confío en que usted tome las medidas adecuadas para contener los impulsos de su voluminoso señor esposo. Sería toda una necedad no hacerlo. Yo me dispongo a pedir el divorcio. Dinero no me falta para ello.

Atentamente: Rodrigo Salcedo de Buendía.

P.d.: Si desea compartir sus impresiones, cuente con mi consuelo, se lo ofrezco como un amigo que desea superar cuanto antes esta terrible, lamentable, situación.

El hombre sostuvo la carta sobre la inmensa barriga y respiró aliviado. Por fin le encontraba una utilidad a ser cartero. Pero, ¿qué clase de antigualla seguía mandando cartas a estas alturas de la vida? La carta escrita en papel grueso terminaba con una firma y el sello de aquel cornudo. Insultantemente aliviado, el cartero dobló y metió el papel de vuelta en el sobre con membrete. Se acercó a la papelera más cercana y, sonriendo, hizo trizas la carta, que dejó caer como migajas de pan que sólo los pedigüeños quieren comer.

Moonface

Cara_Luna_Mark_Daynes

 

‹‹Léelo››. La mujer le tira el prospecto a la cara aunque sabe que él no puede cogerlo. Está atado de pies y manos. ‹‹Mira la cara que se te ha puesto con tanta pastilla. Y ahora, ¿qué?››

Mick, que en realidad se llama Mihal, tiene el rostro tan hinchado como una patata roja y se ha puesto a toser soltando unos gargajos que quedan atrapados en la boca. La lengua forcejea intentando abrirse paso bajo la mordaza.

‹‹Es por los esteroides o lo que sea que tomes con tus amigotes, los rusos››

Las consecuencias son, evidentemente, embarazosas. El hombre de cuarenta años tiene el rostro inflamado. Es un efecto secundario, no peligroso, sino más bien desagradable, que se conoce como…

‹‹Cara de luna››. La mujer recoge el prospecto del suelo y lo lee: ‹‹retención de líquidos, hipertensión, insomnio, dolor de cabeza, rubor… ¡Rubor! No me digas que no es ridículo. Pero esto… mi pequeña Calzaslargas. Así nadie te va a tomar en serio››. Le agarra los mofletes. Mick es un hombre corpulento con cuerpo de gimnasio. Normalmente, también es un hombre libre y con muy mal humor. Pero ahora mismo todo lo que puede hacer es agitar la cabeza intentando librarse de la tela que le cubre la boca.

‹‹Si te quito ese trapo, ¿vas a explicarme cómo te has dejado cazar?›› Él agita la cabeza de arriba abajo. ‹‹Está bien, pero sin juegos››. La mujer le quita la mordaza, gesticulando con asco.

‹‹Joder, María, ¡me quieres desatar de la silla! Mi pica toda la cara, deja que me rasque, por favor. Y luego le meto una paliza al imbécil ése››, dice aquel, con un acento que marca las erres y un tono de voz furioso.

“Sabes que no puedo dejarte, te vas a poner la cara peor, cariño››, le dice, dándole unas palmadas en la mejilla. ‹‹Además, aún no me has explicado por qué hay una escopeta encima de la mesa. Ah, y del tío encerrado en el baño, ni hablamos, ¿no?››

‹‹No me escuchas, necesito quitarme el picor, es insoportable››.

‹‹¿Sabes qué más podrías tener ahora?›› Continúa ella, leyendo el prospecto y pasando de él. ‹‹Cansancio, debilidad muscular, sensación de calor, vértigo, mareos…››

Al fondo del pasillo se escucha un ruido que llega del baño. Alguien acaba de tirar de la cadena.

‹‹… inquietud, mira, eso también lo tienes. Temblores, nerviosismo, inestabilidad emocional, tendencia psicótica…››

‹‹¡Como ése salga de mearr y yo siga atado, te jurro que te acuerdas de mí!›› De pronto, cierra los ojos y aprieta los dientes mientras suelta un gemido. ‹‹¡Por favor, ponme hielo en la cara!›› Dice, mientras, le resbalaba una lágrima por la mejilla desaforada. Entonces, María levanta la mano con la que agarra el prospecto y se lo estampa contra la cara. Es más, para sorpresa de él, el golpe calma el picor durante aproximadamente dos segundos. Después, al escozor se le suma el dolor y la humillación de la bofetada.

“Mick, cariño, ¿comprendes que todo esto te lo has buscado tú sólo? Además, si te desato y sigues tomando esas pastillas, podrías sufrir otro efecto secundario›› Se vuelve hacia la mesa y toma la escopeta entre sus manos. ‹‹Ojalá hubiera tenido una de éstas hace un año… ahora no tendríamos visitas sorpresa, ¿VERDAD?›› De pronto grita, girando la cabeza al pasillo. ‹‹PORQUE AHORA ESTOY ARMADA Y NADIE VA A TOCARME UN PELO. Y tú…››, dice, girándose para encarar a Mick, ‹‹ya he tenido bastante… joder, estás cada vez peor. Ay, pero ese rubor te queda tan bien en tus mejillitas de marsopa… ¡si hasta te pareces a una Heidi obesa!›› Dice, riendo con voz aguda. Luego, comienza a recorrer el pasillo alejándose de él y hablando en alto. ‹‹Mick, cara de luna… eres un hombre con la luna estampada en su cara. Imagina qué dirán de ti en el gimnasio. Y de mí. Por cierto››.

María golpea con la culata de la escopeta la puerta del servicio. Aparece H.R., que inmediatamente mira hacia el arma. María le observa con calma, analizándole de la cabeza a los pies. Incluso, le pasa la mano por la gabardina beige.

‹‹Eres más alto de lo que recordaba. Y pelirrojo. De noche no se nota tanto. Qué lástima que nos volvamos a ver de esta forma pero así son las cosas. Tranquilo, esto me lo llevo yo y ahí te dejo al elemento atado. Dice que le pica la cara. Se le ha puesto fatal, la verdad. En fin, haz con él lo que quieras, nosotros ya no lo necesitamos››.

Camina hacia la puerta del piso y la abre pero, antes de salir, añade:

‹‹Esta vez te vamos a dejar que lo interrogues o lo que veas necesario, ya me entiendes. Pero la próxima vez…››. Le encañona y hace con la boca el ruido de un cañón escupiendo metralla ‹‹Pum, pum. Y muerto››.

María cierra entonces la puerta tras de sí. H.R. mira hacia el salón y ve a Mick sacudiéndose desesperado en la silla. H. Suspira aliviado y, mientras camina hacia Mick, saca una navaja del bolsillo y sonríe.

Siempre es lunes para Charlie

charlie_murray

¿Y si te dijera que, durante lo que te resta de vida, te despertarás sólo para creer que vives el mismo día rutinario una y otra vez mientras para los demás el tiempo avanza como de costumbre? ¿Y si ese día fuera un lunes cualquiera, anodino y sin gracia? Esta es mi historia, que ha tenido lugar hoy mismo, y esto es lo que llegó a suceder antes de, bueno, antes de acabar en esta prisión mortal.

Hoy llegué a la oficina a las 8:05 y saludé a Rita, que estaba atendiendo una llamada. Tenía la cabeza agachada sobre unos papeles y cuando me escuchó casi se le cae la cara del susto. Me miró con lágrimas en los ojos. Créanme, intenté consolarla pero, ¡ingenuo de mí!, no podría ayudarla a olvidar lo que había venido sucediendo desde el lunes pasado. Lo que hice un martes que para mí volvía a ser lunes, lo que hice el miércoles y, sin duda, las cosas terribles que debí hacer un el jueves, mientras el tiempo de todo el mundo seguía su rumbo formal y establecido y el mío propio había quedado estancado. Lástima que nadie me parase los pies en ese momento porque lo que iba a suceder era mucho peor.

Al entrar en la pequeña oficina hice la paradita habitual por el departamento de marketing, pasé por el asiento de Margherite y dejé una nota acompañada de un regalo en el cajón de su mesa: “Pour vous aider à démarrer bonne semaine… un baiser.” Perfecto. Mario, su marido y responsable de contabilidad, no sabía nada de lo nuestro.

El caso es que yo comenzaba a notar algo diferente en el ambiente, algo como… silencio. Así que fui directo a la cocina, donde escuchaba hablar a Luisa y Jon. No olía a café, pasaba algo extraño. “Buenos días, Luisa,” – dije al entrar – “que aproveche, Jon. ¿Qué tal el fin de semana? Vaya ojeras me traes, chico.” Ambos dieron un respingo. “¿Vais a adelantar el PowerPoint para la reunión…” Vaya cara más blanca tienen, pensé. Les hace falta unas vacaciones y tomar algo el sol. Aproveché para hacerles un briefing informal con algunas ideas que había tenido para unos clientes. Jon me miró con los brazos cruzados y el gesto serio. Luisa me observaba atenta las manos sin mover la cabeza, como buscando algo, y con los ojos rojos. Por fin me preguntó Luisa:

“Mierda, Charlie, tío, ¿por qué vuelves a preguntar por el fin de semana?” Dijo, llevándose las manos a la cabeza

¿Que por qué vuelvo a preguntar por el fin de semana? Aún no sospechaba lo que me ocurría.

“Estoy perfecto, ¿no ves que he salido a correr antes de venir?” Saqué pecho. En realidad no había salido y temo que, a partir de ahora, eso ya no será un problema para mí.

“Escucha,” Jon se dirigió a mí con la voz firme, aunque pude detectar un leve toque de temblor, “hoy es viernes y ayer tiraste a Mario por las escaleras. ¿No lo recuerdas?”

Creo que mi cara era de incredulidad. Hice memoria pero, si había alguna broma que tuvieran que hacerme, quedaba fuera de época y lugar. Si hubiera tenido un café, se lo habría tirado encima o lo habría escupido. Jon continuó hablando tan serio y tembloroso como antes. “No sé qué te ocurre ayer pero no paras de decir que es lunes… y hoy igual.”

En ese momento en que me debatía entre creerle o ponerme serio, Margherite apareció en chándal y despeinada para tomar la decisión por mí. Dios, me dije, no es para nada la mujer con la que tengo un affaire, pensé ingenuamente. En cuanto me vio comenzó a gritar como una posesa y lo primero que hizo fue lanzarse sobre mí, arañando y pegándome puñetazos. “¿Qué has hecho con Mario, maldito psicópata, y qué le has hecho a Bambú, por qué le has hecho eso a mi perro?”

¡Lo juro, estaba desbocada y me empujó con tanta fuerza que logró tirarme al suelo! Seguía sin saber qué ocurría pero yo no estaba raro, hoy era lunes y, desde luego, no había hecho nada al perro de Margherite. O eso pensaba. Tampoco tuve tiempo de replicar porque ella fue directa a abrir un cajón y, removiendo los cubiertos desparejados, encontró un enorme cuchillo que sólo usábamos para cortar las tartas de cumpleaños. Acto seguido, Jon se lanzó sobre ella pero Margherite fue más rápida y acabó en el suelo, junto a mí, y el cuchillo clavado en mis costillas.

Luisa, que había quedado en un segundo plano, gritó y yo con ella. El dolor era tan intenso que pensaba que me quedaba ciego. El filo del cuchillo se removía entre dos costillas y notaba cómo arañaba la superficie del hueso.

“¡Muere ya!” Gritó Margherite, satisfecha de haberme atravesado el costado.

En fin, deseo concedido. Cerré los ojos y todo desapareció.

Y, de nuevo, estaba equivocado. Cuando mis sentidos recuperaron su actividad, seguía tumbado en el suelo con el cuchillo clavado. El día no había cambiado pero yo ya debía estar muerto y, sin embargo, percibía todo lo que sucedía a mi alrededor. De este modo pasé media hora escuchando las cosas terribles que contaban sobre mí, después me levantaron e introdujeron en una ambulancia para, al rato, meterme en la caja fría y oscura en la que llevo encerrado desde hace demasiadas horas. No sé qué será de mí. Si volveré a despertar y será como si no hubiera vivido nada. Me pregunto qué habré hecho estos días de atrás que ha provocado tanto daño. Me pregunto, con pánico y el cuerpo frío de cadáver, si viviré hasta que me incineren o consuma en la tierra de un cementerio.

Pasan las horas y nada cambia pero ahora noto algo diferente. Es sueño, tengo ganas de dormir y, quizás, por fin pueda conciliar un reparador sueño eterno. O puede que vuelva a mi vida anterior en la que era un hombre feliz, casado, con hijos y amante, con un buen trabajo y el fútbol los domingos. Quizás sea así. No sé, pero me tengo que dormir.

Me despierto temprano.

Llego a la oficina a las 8:05 y saludo a Rita. Me mira y se desmaya. Vaya forma de comenzar la semana, me da por pensar.

 

[Ayer fue 2 de febrero, el Día de la Marmota, una tradición que es celebrado cada año en Estados Unidos y que fue recogida en una fantástica película homónima protagonizada por el actor algo loco llamado Bill Murray.]

Goto, 47

Kenji Goto
Kenji Goto

 

Hace casi un año el periodista japonés Kenji Goto fue asesinado a manos del Daesh.

Nació en Sendai, Japón, en 1967, y murió decapitado en un lugar desconocido de Siria el 31 de enero de 2015. Su trabajo era su vocación. Cubrió conflictos en diversos países de África y Asia dando a conocer el sufrimiento de los inocentes, especialmente de los niños y niñas que viven la desolación de las guerras. Su labor humanitaria convierte a Kenji Goto en un símbolo de quienes dan su vida por los demás hasta las últimas consecuencias.

La noticia de su asesinato me impactó de forma diferente. No fue la primera víctima y, desde luego, tampoco ha sido la última. Pero aquel día, según pasaron las horas, fuimos sabiendo más acerca de un ser humano que despertaba el afecto de todos. Cada detalle nuevo nos hacía estimarlo más aún. Destacaba su cercanía al pueblo sirio, su carisma entregándose a los demás y una voz única para contar su visión propia sobre los terribles hechos de una guerra aún viva. Pudimos comprender mejor su forma de pensar cuando leímos este tweet publicado por el periodista en su cuenta de Twitter el 7 de septiembre de 2010. Así rezaba su mensaje:

“Cierro mis ojos y espero. Si grito o enloquezco será el fin. Se parece a una oración. El odio no es para los humanos. El juicio le corresponde a Dios. Es lo que he aprendido de mis hermanos y hermanas árabes” – Kenji Goto.

El impacto que causó esta muerte en mí me hizo escribir la siguiente poesía que comienzo con las propias palabras del periodista.

 

Goto, 47

目を閉じて、じっと我慢。怒ったら、怒鳴ったら、終わり。それは祈りに近い。憎むは人の業にあらず、裁きは神の領域。-そう教えてくれたのはアラブの兄弟たちだった。- Kenji Goto

Una luz sensible se marcha
testigo del desierto de sangre
en que caminan sus captores.

Un hombre bueno es
reflejo de sonrisas infantiles
grabadas entre la oscura
barbarie de las creencias
cercenadas por los cuchillos.

Un hermano bueno pierde
su sonrisa, su pelo de samurái,
combatiendo el silencio
de los viles perros ciegos
a la carrera del odio.

Un hijo bueno, un padre
amable, asume el seppuku
con cuarenta loas altivas
del tantō afilado de los captores
que elogian la valentía de Kenji;
sus ideales ruedan siete veces
en apología de su honor.

Cuando un hombre bueno muera,
cerrad sus párpados y guardad silencio.
No dejéis que el miedo ni la ira
surjan como premio a la necedad.
Sed cántico divino, sed voz en plegaria
astuta, calmada, como la paz de sus ojos
rasgados, para quien la muerte vino
de mano de sus hermanos.

Romance, toma cinco

Thomas_Brault-Girl_Building

Nos topamos de bruces en una calle de Manhattan. Maldita sea mi suerte. Es fortuito, uno de esos momentos que hace que pueda fingir creer en el destino. ¡Pero es que es obra del puñetero destino que nos crucemos después de tres años, dos semanas y un día sin vernos! Soy una calamidad, sin duda, por tener esta memoria y recordar sólo lo peor.

Veréis lo que pensaba antes de chocar contra ella y volcar sobre su pecho un café tall de 7 dólares y un centavo. Un centavo extra para ayudar a un pobre pueblo del Amazonas salvaje que cultiva a precio de risa el mismo café que Starbucks nos inyecta en sangre a precio de oro – maldito marketing –. Antes de cruzarme con ella y tirarla el café tenía en mi mente la imagen de la primera vez que me dejó por otro. Sí, hubo más veces; y, no, me niego a contarlo. El caso es que cuando empezamos a salir – por segunda vez – nos regalé uno de esos paquetes de viajes precocinados. Me costó 150 dólares y era cutre, ¿vale?, pero… ¡es que era demasiado cómodo! No pude evitar comprarlo aunque sólo fuera una caja inútil con un libro de estancias que resultarían más baratas si las buscase por Internet. Ah, un detalle importante. Incluía un número de activación que perdí. De hecho, no fue exactamente así. No lo perdí, ella me lo robó y se llevó al “limpiapiscinas” a esa escapada. Mentira también. Era su compañero de trabajo y desde luego que aprovecharon el jacuzzi. ¡Ya lo creo!

El caso es que, después de esos tres años, dos semanas y un día sin vernos, hago un resumen de lo que fuimos y lo que creíamos ser por entonces. Ella no parece recordar la “anécdota” del viaje que nos regalé – su viaje – así que se lo cuento como si fuera una historia de chico-pierde-chica-a-manos-de-un-colega. Le hablo del viaje en coche que nunca hice, del campo que no pisé, de la casita apartada y vacía que estaba dispuesta para nosotros pero que sólo disfrutaron su amante y ella. 150 dólares a la basura y mi humillación ventilada por toda su oficina. Recuerdo que me moría por acostarme con ella en esa escapada. “Imagina mi decepción,” le digo entre risas. “Y qué casualidad cruzarnos justo ahora que estaba recordando aquel incidente.”

Me mira con desprecio. A cada frase seguida de un silencio incómodo responde seca y cortante, con su media sonrisa falsa, esa mano volando al viento, esa oreja demasiado pequeña, esa cicatriz en el labio… ella, en general. Esa persona fea y deshecha por dentro. La miro y, aún así, pese a todo, sigue preciosa.

Le pregunto por su trabajo. ¿Sigues trabajando con él? – Maldito cerdo –, omito. Pregunto también por su familia. ¿Recibiste mi última carta? Quiero saber si la leyó. Recuerdo nuestra mascota, Terry, el terrier que me regaló para volver conmigo por tercera vez y que me robó después de romper tras la cuarta reconciliación. Por fin pregunto si tiene novio. Me dice que no es asunto mío. Nos ponemos tensos y juego con la taza de café, ya vacía.

El silencio se prolonga demasiado y al final nos despedimos con un nos vemos por ahí. Le digo que se cuide y que seguro, ya nos veremos. De hecho, sé que será pronto porque el destino ha cruzado nuestros caminos de nuevo. ¿La quinta y definitiva reconciliación? A lo lejos, por el horizonte, se aleja ella hasta confundirse con los rascacielos de Manhattan.

El perro negro de Churchill

Escultura hiperrealista de Ron Mueck
Escultura hiperrealista de Ron Mueck

Winston escuchó ladrar al perro junto a él. Sabía que estaba tan cerca que, por precaución, no quiso mirarlo a los ojos. Aquella bestia negra lo acosaba en sus momentos más bajos, en sus pesadillas. Pero sabía cómo enfrentarse a él: ignorándolo. Por ese motivo pasó otro buen rato absorto con la mirada puesta en un infinito que atravesaba las hojas de los arbustos agitándose frente a él. El viento hablaba con claridad: “no te levantes del banco, hoy no vayas a dar clase.” El hombre escuchaba al unísono los ladridos y el consejo del viento con los ojos húmedos. Así permanecía Winston Willford, aquel hombre de 53 años, soltero, con un periódico arrugado en su regazo, a las diez de la mañana de un martes en Nueva York.

Apenas unos minutos antes se encontraba leyendo el periódico con la joven Elizabeth McKenzie. Elizabeth solía hablar de sí misma en tercera persona, lo que fascinaba al curioso profesor de Literatura. La chica contaba que sus padres le pusieron el nombre de la protagonista de Orgullo y prejuicio porque era el libro favorito de ambos; porque Elizabeth, es decir, ella, sería una mujer independiente y fuerte. También comentaba que fue al recibir ese nombre cuando se impregnó de la personalidad de la protagonista inglesa. Las reiteradas lecturas posteriores de la famosa obra sólo habían acentuado la parte más romántica de sí misma; en fin, Elizabeth estaba destinada a ser Elizabeth.

Winston y Elizabeth buscaban algo común: enamorarse. Esto estaba a punto de complicarse ya que ella iba a romper la relación. ¿Qué opción tengo de encontrar a un auténtico caballero del siglo XIX si él pertenece al siglo veintiuno?, pensaba ella. Si él fuera más Darcy y menos Willford… Quizás la culpa fuera de la propia Elizabeth por ser hija única. Si tuviera una hermana agraviada, quizás entonces un arrogante Winston Darcy daría prueba de su galantería defendiendo el honor de aquella. En el fondo, si él fuera un hombre más firme en sus ideales, ella sería feliz con él.

Pero Winston era un hombre estúpidamente feliz. Bromeaba a cada momento y era hasta agradable mantener una charla profunda con él a pesar de que fuera profesor de universidad. Por el contrario – y esto era especialmente molesto para Elizabeth -, no había una sola noche en la que el hombre no se levantase al menos dos veces para ir al servicio. Sólo Dios sabe qué ocurría durante la media hora que pasaba encerrado sin hacer un ruido.

Elizabeth McKenzie y Winston Willford, alumna y profesor de universidad, leían juntos el periódico un día cualquiera en Nueva York. Él la quería con todo su corazón. Ella lo apreciaba. Winston la miró a los ojos y sonrió ingenuo, inconsciente de la situación. Pero algo sucedía, ya escuchaba tras él un ruido lejano, gutural, el de una bestia negra que anunciaba un miedo real. Aquel sonido, convertido en un gruñido, se hacía cada vez más nítido, molesto, y pronto sintió la misma presión en los oídos que se siente al subir a un avión. Elizabeth se mordía el labio y torcía la boca con bastante poca elegancia. El profesor notaba su mirada esquiva y tuvo que preguntar.

“¿Te ocurre algo?” Dijo él, aún sintiendo la presión, escuchando a la bestia tras su espalda.

“Winnie…” comenzó ella. “Tenemos que hablar.” Así comenzó la explicación de Elizabeth.

El viento se levantó. De los arbustos surgió una bestia negra. Winston miró a lo lejos mientras la joven frente a él hablaba y lo agarraba ambas manos con suavidad. Pero él no podía escucharla, sólo podía oír el viento agitando las ramas de los árboles de aquel parque de Nueva York.

Voto zombie femenino

 

Voto zombie femenino_Christopher Campbell

La aprobación del voto muerto femenino fue sucedido por cientos de protestas en todas las capitales del mundo. Desde Copenhagen hasta Lima, de Seúl a Terra do Santos. El grito era unánime: Dead women can’t vote! They’re dead! Rezaba la pancarta. Salvando la tautología evidente, el malestar general era considerable.

Todo comenzó con el “Argumento del Zombie.” Desde que el filósofo John Searle promulgase que dicho argumento era improbable y ridículo, decenas de científicos de segunda categoría decidieron emprender una causa personal para demostrar que, efectivamente, podría haber y habría zombies. Para ello retomarían la antigua búsqueda de la chispa de la vida. Escogieron hembras confiando en que su organismo, a pesar de haber fallecido ya en una ocasión, lograría vivir una segunda vez.

Eva fue el nombre de la primera mujer zombie. Rubia, de piel blanca, apergaminada, con unos ojos extremadamente apagados y vítreos. El principal objetivo de los científicos, revivir a un ser humano, estaba cumplido. La segunda meta alcanzada fue dormir su deseo de devorar humanos y, posteriormente, lograron despertar en ella un espíritu propio capaz de razonar como ya hiciera en su primera vida. El único defecto es que cada cierto tiempo también revivía en ella el hambre zombie y la carne humana era su plato principal.

A pesar de ello, Eva llegó a ser una mujer querida por el pueblo, hasta deseada. Sus primeros ligues fueron un cazador sueco que terminó queriendo usarla como diana para sus balas y un cazador de Mali que, de hecho, usó al sueco como presa para alimentar a Eva (A eso se le llama enamorar por el estómago). Este primer experimento terminó fracasando cuando tanto cazador como cazadora murieron a manos del otro.

Hubo nuevos intentos con objetivos diversos: Lissa, la deportista, muerta por un derrame cerebral buceando en Isla Cocos, Costa Rica; Zuetila, mujer fértil pero frágil que se desgarró intentando procrear (primer intento de lograr este ambicioso objetivo); Morelia, la físico especializada en agujeros negros que fue enviada a uno, desapareciendo a las pocas horas de despegar en extrañas circunstancias. La nave desapareció y surgieron dos versiones acerca del hecho: por un lado, se comenta que devoró a sus compañeros de expedición y, por otro, se sugiere que pudo haber regresado en el tiempo a través del agujero negro para detener, en otra realidad, su propia “resurrección zombie.”

Muchos científicos, por el mero afán de demostrar enrevesadas teorías erótico-festivas sobre el comportamiento de las criaturas, decidieron convertirse en coballas para copular gratis y sin invitar al menos a una copa. Resultado: mordiscos, infecciones e infectados y muertes horrendas. Era repugnante. ¡Incluso llegaron a usarlas en propaganda de lencería femenina! La línea Suspender belt Z de ligueros y otras prendas. ¿Se imaginan un ejército de atractivas mujeres zombie – de cuerpo entero y rostros sin demacrar – dispuestas a seducir a clientes enajenados y comestibles? Causaba pavor.

Tras varios años, la población de mujeres zombie triplicó su número.

Volviendo a las protestas el dilema era el siguiente: la ciudadanía femenina zombie había alcanzado un 10% total del censo mundial (según estadísticas del INE, el FMI y Facebook). Estas mujeres zombie, con capacidad cerebral plena y asumiendo su papel destacado en el mundo, consideraron su propia resurrección como un acto profundamente inmisericorde, incluso machista, obra de científicos trastornados de Nebraska y California.

En Estados Unidos los científicos que aún estaban lo suficientemente cuerdos protestaron contra la creación de nuevas mujeres zombie. Se formalizaron en plataforma y lanzaron una propuesta Anti-Zombie que llegó al Congreso y fue aprobada por unanimidad. Durante la votación, el representante de un prestigioso Instituto de Tecnología que votó a favor de la vida zombie, al perder, se desgarró la bata y se lanzó en picado contra los representantes de los anti-zombies.

Las mujeres zombie se unieron para defender sus derechos. Ganaron su derecho a votar, lo que provocó un resurgir en la política del país y del mundo. Hubo innumerables marchas en ambos bandos. En las protestas en contra de su voto las pancartas rezaban Dead women can’t vote! They’re dead!, y en las marchas pro-zombie había rimas sonoras como: ¡más vale una mujer zombie que cien tíos de Abercrombie!, pero en todas las manifestaciones había algo común: salvas y proclamas cada vez más agresivos. Desde luego que hubo disturbios, gases lacrimógenos, balas de goma, perdigones y lanzallamas. Todo el mundo se volcó en esta lucha de derechos.

El frente que se abría delante de ellos era una incógnita. ¿Derrocarían a la plataforma zombie? ¿O, por el lado contrario, podría incluso llegar a haber una presidenta zombie? El futuro era un misterio pero, mientras todo esto sucedía, algo cambiaba en el ambiente. Las mujeres zombie sentían la emoción de estar en grupo y, como un lobo que huele la sangre, percibían lo fácil que sería extender el brazo y devorar aquella jugosa carne humana. La pregunta es, ¿Quién sería la primera?

Si el frío nos alcanza

 

Island_JonOttosson

“Tira tú,” susurró mi hermana.

“No, tú, a ti nunca te dice nada.”

La bola de nieve voló sobre el cubo de basura y golpeó en el abrigo del vecino. Los dos nos escondimos tras el coche y aguardamos en silencio. Pasados los cinco primeros segundos, ella sacó lentamente su cabeza para mirar. Estaba tan absorta que sentí la necesidad de tirar de su brazo para comprobar que seguía allí conmigo. Aún así, no quería agacharse así que, como buen compañero en pleno campo de batalla, la agarré del pelo oscuro y la obligué a esconderse.