Historia de una hora, por Kate Chopin

StoryOfHour

Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.

Fue su hermana Josephine quien se lo dijo, con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia.

Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.

Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.

En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera. En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.

Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras.

Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sus sueños.

Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.

Sentía que algo llegaba a ella y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y esquivo para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.

Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!». La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.

No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial. Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles cruzadas en la postura de la muerte; que el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años por llegar que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.

No habría nadie para quien vivir durante los años venideros; ella tendría las riendas de su propia vida. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que los hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos delictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.

Y a pesar de esto, ella le había amado, a veces; otras no. ¡Pero qué importaba!. ¡Qué podría el amor, ese misterio sin resolver, significar frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser!

“¡Libre, libre en cuerpo y alma!” continuó susurrando.

Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar. “Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.”

“Vete. No voy a ponerme enferma”. No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.

Su imaginación corría desaforada por aquellos días desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía escalofríos ante la idea de que la vida pudiera durar demasiado!

Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía los ojos con brillo febril y se conducía inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su hermana por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al final.

Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del accidente y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.

Cuando los médicos llegaron dijeron que ella había muerto del corazón -de la alegría que mata.

La libertad está en los lomos de los gatos

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Peinar estrellas con la mirada lánguida.

Flotar encima de la luna y que un camión aparte de un bocinazo

los anhelos que no se atrevieron a cruzar al otro lado de la calzada.

Suspirar entornando los párpados del viento

y atragantarse con una espina de la noche.

Toser deseos, escupir realidades.

La vida es un cojín enmohecido de esperas.

Tus ojos son hermosos y distantes, como un altar inútil,

pero es la única belleza que describe el espejo.

El calor del invierno descompone los restos de un firmamento

que se volcaba sobre tus labios. Y tú. Tú solo sueñas con soñar

e invocas oraciones extinguidas para ahuyentar los gritos de lobo del insomnio.

Tú solo sueñas con volar.

Esperando. Es así como descubriste que hoy ya la libertad se pierde

en los lomos estilizados de los gatos. Se estiran dulcemente,

sin romperse, con su sonrisa etrusca

colgando de los límites de una mitología antigua y polvorienta.

Te miran desde las profundidades de tronos invisibles

donde incluso las luces más pequeñas, las que nadie conoce,

se han dormido. Chirrían las bisagras de la noche; ellos maúllan despacio,

y antes de que se cierre para siempre el portal del ensueño,

piensas que solo desearías alunizar en sus pupilas.

Bagdad

Her Desert

 

No hay luna. Hice mal la pregunta, tuve que repetirla utilizando otras combinaciones. Sin dar con la correcta, la que todos comprendieran sin ofenderse. Cómo salgo de acá. Cómo me voy. Cómo llego al otro lado, por donde voy al lado seguro. Cómo salgo de esta zona para llegar. Por dónde tengo que ir para irme. Me voy. Me fui. Con la niña en brazos, en los mismos brazos de los que cuelgan bolsas de mercado que ocultan nuestras pertenencias, adivino el camino de tierra seca, firme. Piso escombros. Cada tantos pasos, la luz de una ventana, de un boquete que nunca fue puerta, se filtra por un cortinaje y me ayuda a ver por dónde voy. Que es casi más importante que a donde voy. Porque al menos sé que estoy en un caserío improvisado sobre terrenos arrebatados al fisco, sin luz eléctrica en sus calles, y busco la salida. El diluvio reciente no puede filtrarse, la tierra parece petróleo. Las paredes de zinc se levantan con nubes de mosquitos, las zanjas de desagote son un trazado de zumbidos y croares.

Creo que llevo unos trescientos metros caminando en círculos. La niña se queja, los mosquitos no perdonan. Los insectos son los únicos que atraviesan nuestro escudo de desamparo. Ellos tienen que vivir sin perdonar. Así que me detengo, ordeno toda la carga en un solo brazo y dejo libre el otro para agitarlo y evitar más picaduras. Escucho el follaje, los anfibios descatalogados, los anófeles furiosos y una música de radio desde la esquina de los muchachos ociosos a los que me acerco para pedir auxilio.

Al llegar hasta la música, ninguna luz más que la de un teléfono con el que juguetean me los puede definir. Los imagino sentados en sillas rotas de plástico y mugre. O estirados sobre un tronco caído en la última tormenta. La luz contra cenital que se pasea por los rostros a la altura de la cintura los presenta. Son una aparición en una calle que no existe en ningún mapa. Les hablo mientras avanzo hacia ellos, los saludo y me muevo como un camello del que oscilan alforjas y rollos de té seco. Se quedan en silencio como si la aparecida fuera yo: un fantasma de dos cabezas, bracitos y piernitas colgantes. Uno de los muchachos eructa. Perdone, me dice, y se levanta con pena y se retira en la noche. Entiendo que está borracho. Todos lo están. La cabeza de la niña pesa y suda, es parte de mi peso y mi sudor porque está dormida. Me duele su sueño en los tendones.

Pienso en retroceder. Los aparecidos me observan. Bien podrían pasar a mi lado del cosmos y arrebatarme las bolsas de mercado, los zapatos y el grito. Yo repito la pregunta y noto que jadeo. Me responden con un tono de respeto, el que parece imponer el esfuerzo por tenerme en pie y avanzar. A pesar del acecho de sus horas muertas, en la espera de que algo les suceda, les sucedo yo y se contienen. Porque soy una aparición surgida de lo indescifrable que camina con una carga que sueña, sin saber a donde llegará. Me hablan. Me dicen señora. Superponen sus voces y hasta logran un acuerdo. Siga. Doble en la luz. Llegue a la segunda casa con luz. Doble por esa calle. Verá la salida.

Ellos ven la salida. Yo tengo que creer. Agradezco por todo y me despido para siempre.

Falta poco. Lo digo en voz alta para mí, para la niña y para los espíritus que levantarán sus espadas para dejarnos pasar. Falta poco, ya casi llegamos. Nunca miro hacia atrás, así estoy segura de mis palabras. Los muchachos no me mintieron, al doblar una esquina veo la luz eléctrica de la avenida. A tan poco de salir del destierro me resbalo, pero mi cuerpo no deja caer nada, estira y fuerza sus cartílagos. Las luces del taxi se encienden y me encuentran. Otro encuentro de apariciones en el umbral del hierro y el cobre. Cuando por fin subo al taxi me doy cuenta que estuve a punto de desmayarme. El taxi arranca y el conductor me pregunta: “¿Qué hace usted tan lejos?”

Los lobos de Manuel Machado

JUAN JOSÉ GONZÁLEZ VEGA | WIKIMEDIA COMMONS
JUAN JOSÉ GONZÁLEZ VEGA | WIKIMEDIA COMMONS

A raíz de la manifestación que ha tenido lugar hoy en el centro de la capital, he recordado esta potente poesía de Manuel Machado en la que el lobo es la imagen vertebradora del poema. La idea generalizada que se ha llegado a tener en España de los lobos es que son bestias que matan el ganado, que dañan nuestros intereses ganaderos. ¿Es eso cierto o nos olvidamos de algo más? En realidad tendemos a asociar esta especie con valores como el honor, el esfuerzo o el cuidado del resto de miembros del grupo, sin olvidar cualidades como la fortaleza y el trabajo en equipo.

I’m leaving you

Fly Away by Mickey Oneil

I can feel her being flushed out of my system.

She conjures up some tears and a clenched fist in the stomach, or the throat, and she is saying:

“No, please, don’t, don’t, don’t leave me here, please, don’t leave me, oh, God, oh, please, stay, stay with me…”

All I can say is no. All I can do is look at her with the scorn with which her eyes used to be tainted more times than not.

“You said you wanted to grow old with me, don’t, please, please, let me stay, let me stay, please…”

Every word of hers is a gulp of drool and tears. The little make-up she was wearing is now smeared all over her face. It’s my own doing, indirectly.

“After all that’s happened, after all you’ve told me, after all you’ve made me change… you are going back to the starting point”. My words feel sharp in my tongue. My throat impedes any further improvements. For some reason, I am about to cry. “Funny. But no. I’m leaving. There’s no place in my heart for you to stay. Everything’s changed. I have changed. You can’t stay, because there’s nowhere to stay”.

A shiver climbs up my back as she begins sobbing, too weak to speak, too fragile to even stand up from the pool of tears she’s left on the ground. That’s how much she’s crying. And when she opens her mouth and lets out a long, long moan, I have to look away. Her diaphragm contracts rapidly, like the revolutions of an engine, and her crying is just more than I can physically bear.

“Stay! STAY!”

She tries to tug at my trouser’s leg, and grabs my calf and makes me stop my leaving.

“Get off of me”.

I kick free from her. And I cross the door, leaving a decomposed lump of crying flesh behind me.

She broke my heart. Now everything’s changed. It’s easier not to have a heart than have a broken one.

Everybody wins.

Orfeo

Orfeo et Euridice

 

Yo siempre había creído que…

Hace más de tres años, más de nueve estaciones que te fuiste.

Nunca mires atrás,

me susurraban. Pero qué pretendían.

Hace más de tres años que te alejé de mis febriles pensamientos.

Nunca mires atrás.

Y de qué serviría.

Nadie dijo que yo lo deseara, mirar atrás.

Qué más da si te fuiste; si yo tampoco pensé nunca

en volver a llevarte dentro del corazón.

Camina siempre con firmeza y siempre hacia delante;

no te detengas.

Nadie quiere vivir por siempre en los infiernos,

y solo caminando hacia delante…

No te detengas.

Imposible; lo hice.

Me detuve despacio, inspirando, sin prisa,

y volví la cabeza dentro de mis cansados sentimientos.

Y al volverme, ahí estabas: buceando en mi sangre sin remedio

desde la oscuridad de tus pequeños ojos negros.

Entonces recordé que en las profundidades de mi triste,

de mi terrible subconsciente, no dejé de soñar

con traerte de vuelta a mis sueños.

Que fui a buscarte al mundo de los amores muertos.

Nunca mires atrás.

Pero ya era demasiado tarde.

Y eso que yo siempre había creído que te fuiste.

Yo siempre había creído que…

De igual a igual

Letter_Helloquence

Frente al buzón del edificio, con la puerta retenida por el carrito, contempló la carta sellada con cera roja. Resultaba agradable al tacto. Rompió la solapa de papel y leyó lo que decía:

Estimada esposa de Luis Portalatín:

Me encuentro en una situación incómoda. Decirle lo siguiente en persona supondría un desasosiego demasiado grande para los dos. Su marido se acuesta con mi mujer.

Soy consciente del shock que debe suponer para usted. Que, a estas alturas de la vida, nuestras respectivas parejas nos coloquen tamaña cornamenta… es, francamente, un castigo desmedido a nuestra falta de amor. Reconozco que han pasado dos días desde que me senté a escribir esta carta. Semana y media desde el día del encontronazo con los infieles desnudos en el pasillo, con los calzoncillos usados de su marido colgando de un pomo y con la humillante y turbulenta visión de ese hombre recostado sobre mi mujer – por cierto, vaya corpulencia tiene ese hombre -. No le describo lo que pasó a continuación. Sólo diré que el cobarde huyó con el rabo erecto entre las piernas.  

He intentado imaginar el impulso sexual insatisfecho que les ha llevado a realizar semejante dislate para con su pareja. He repasado mi matrimonio, como ahora lo hará usted. He consultado a nuestra hija, después a su hermana, a una compañera de trabajo, y hasta a su amiga y vecina soltera quien, con mucho gusto, ha aclarado mis sospechas con respecto a la frecuencia de los encuentros. Ha sido precisamente esta señora quien me ha narrado el auténtico desatino llevado a cabo en su apartamento. Noches de sexo consentido en el apartamento justo sobre de mi cabeza. Y yo pensando que le gustaba la carpintería. Siento que este espacio marital ha sido totalmente violado por la traición.

Confío en que usted tome las medidas adecuadas para contener los impulsos de su voluminoso señor esposo. Sería toda una necedad no hacerlo. Yo me dispongo a pedir el divorcio. Dinero no me falta para ello.

Atentamente: Rodrigo Salcedo de Buendía.

P.d.: Si desea compartir sus impresiones, cuente con mi consuelo, se lo ofrezco como un amigo que desea superar cuanto antes esta terrible, lamentable, situación.

El hombre sostuvo la carta sobre la inmensa barriga y respiró aliviado. Por fin le encontraba una utilidad a ser cartero. Pero, ¿qué clase de antigualla seguía mandando cartas a estas alturas de la vida? La carta escrita en papel grueso terminaba con una firma y el sello de aquel cornudo. Insultantemente aliviado, el cartero dobló y metió el papel de vuelta en el sobre con membrete. Se acercó a la papelera más cercana y, sonriendo, hizo trizas la carta, que dejó caer como migajas de pan que sólo los pedigüeños quieren comer.

Moonface

Cara_Luna_Mark_Daynes

 

‹‹Léelo››. La mujer le tira el prospecto a la cara aunque sabe que él no puede cogerlo. Está atado de pies y manos. ‹‹Mira la cara que se te ha puesto con tanta pastilla. Y ahora, ¿qué?››

Mick, que en realidad se llama Mihal, tiene el rostro tan hinchado como una patata roja y se ha puesto a toser soltando unos gargajos que quedan atrapados en la boca. La lengua forcejea intentando abrirse paso bajo la mordaza.

‹‹Es por los esteroides o lo que sea que tomes con tus amigotes, los rusos››

Las consecuencias son, evidentemente, embarazosas. El hombre de cuarenta años tiene el rostro inflamado. Es un efecto secundario, no peligroso, sino más bien desagradable, que se conoce como…

‹‹Cara de luna››. La mujer recoge el prospecto del suelo y lo lee: ‹‹retención de líquidos, hipertensión, insomnio, dolor de cabeza, rubor… ¡Rubor! No me digas que no es ridículo. Pero esto… mi pequeña Calzaslargas. Así nadie te va a tomar en serio››. Le agarra los mofletes. Mick es un hombre corpulento con cuerpo de gimnasio. Normalmente, también es un hombre libre y con muy mal humor. Pero ahora mismo todo lo que puede hacer es agitar la cabeza intentando librarse de la tela que le cubre la boca.

‹‹Si te quito ese trapo, ¿vas a explicarme cómo te has dejado cazar?›› Él agita la cabeza de arriba abajo. ‹‹Está bien, pero sin juegos››. La mujer le quita la mordaza, gesticulando con asco.

‹‹Joder, María, ¡me quieres desatar de la silla! Mi pica toda la cara, deja que me rasque, por favor. Y luego le meto una paliza al imbécil ése››, dice aquel, con un acento que marca las erres y un tono de voz furioso.

“Sabes que no puedo dejarte, te vas a poner la cara peor, cariño››, le dice, dándole unas palmadas en la mejilla. ‹‹Además, aún no me has explicado por qué hay una escopeta encima de la mesa. Ah, y del tío encerrado en el baño, ni hablamos, ¿no?››

‹‹No me escuchas, necesito quitarme el picor, es insoportable››.

‹‹¿Sabes qué más podrías tener ahora?›› Continúa ella, leyendo el prospecto y pasando de él. ‹‹Cansancio, debilidad muscular, sensación de calor, vértigo, mareos…››

Al fondo del pasillo se escucha un ruido que llega del baño. Alguien acaba de tirar de la cadena.

‹‹… inquietud, mira, eso también lo tienes. Temblores, nerviosismo, inestabilidad emocional, tendencia psicótica…››

‹‹¡Como ése salga de mearr y yo siga atado, te jurro que te acuerdas de mí!›› De pronto, cierra los ojos y aprieta los dientes mientras suelta un gemido. ‹‹¡Por favor, ponme hielo en la cara!›› Dice, mientras, le resbalaba una lágrima por la mejilla desaforada. Entonces, María levanta la mano con la que agarra el prospecto y se lo estampa contra la cara. Es más, para sorpresa de él, el golpe calma el picor durante aproximadamente dos segundos. Después, al escozor se le suma el dolor y la humillación de la bofetada.

“Mick, cariño, ¿comprendes que todo esto te lo has buscado tú sólo? Además, si te desato y sigues tomando esas pastillas, podrías sufrir otro efecto secundario›› Se vuelve hacia la mesa y toma la escopeta entre sus manos. ‹‹Ojalá hubiera tenido una de éstas hace un año… ahora no tendríamos visitas sorpresa, ¿VERDAD?›› De pronto grita, girando la cabeza al pasillo. ‹‹PORQUE AHORA ESTOY ARMADA Y NADIE VA A TOCARME UN PELO. Y tú…››, dice, girándose para encarar a Mick, ‹‹ya he tenido bastante… joder, estás cada vez peor. Ay, pero ese rubor te queda tan bien en tus mejillitas de marsopa… ¡si hasta te pareces a una Heidi obesa!›› Dice, riendo con voz aguda. Luego, comienza a recorrer el pasillo alejándose de él y hablando en alto. ‹‹Mick, cara de luna… eres un hombre con la luna estampada en su cara. Imagina qué dirán de ti en el gimnasio. Y de mí. Por cierto››.

María golpea con la culata de la escopeta la puerta del servicio. Aparece H.R., que inmediatamente mira hacia el arma. María le observa con calma, analizándole de la cabeza a los pies. Incluso, le pasa la mano por la gabardina beige.

‹‹Eres más alto de lo que recordaba. Y pelirrojo. De noche no se nota tanto. Qué lástima que nos volvamos a ver de esta forma pero así son las cosas. Tranquilo, esto me lo llevo yo y ahí te dejo al elemento atado. Dice que le pica la cara. Se le ha puesto fatal, la verdad. En fin, haz con él lo que quieras, nosotros ya no lo necesitamos››.

Camina hacia la puerta del piso y la abre pero, antes de salir, añade:

‹‹Esta vez te vamos a dejar que lo interrogues o lo que veas necesario, ya me entiendes. Pero la próxima vez…››. Le encañona y hace con la boca el ruido de un cañón escupiendo metralla ‹‹Pum, pum. Y muerto››.

María cierra entonces la puerta tras de sí. H.R. mira hacia el salón y ve a Mick sacudiéndose desesperado en la silla. H. Suspira aliviado y, mientras camina hacia Mick, saca una navaja del bolsillo y sonríe.

La continuidad de los jardines postmodernistas

Class_by_William_Iven

Imagínate un asiento.

Mejor dicho, imagínate sentado. O sentada.

Puede ser un colchón de plumas rodeado de cojines, con seis varillas de incienso clavadas en un bote de arena delante de un altar con seis velas a Vasudhara. O el asiento plegable de madera de una mesa de universidad. O la roca fría y húmeda de una peña frente a un río que discurre tranquilo por un valle lejano brillando con el refulgir de las gemas preciosas.

Imagínate un asiento.

Miras al frente, respirando hondo.

Son las once de la mañana. Llevas una hora de clase y aún queda otra por delante.

El atardecer tiñe de rosa las nubes deshilachadas sobre los rascacielos.

El traqueteo del metro mece tu cuerpo poco a poco. Los reflejos de caras cansadas de ojos bovinos centellean en la oscuridad de los cristales.

Tu día acaba de comenzar. O está terminando. En cualquier caso, paces tranquilo en el sitio, aceptando lo que ves como una parte más de tu rutina diaria. Entran y salen los pensamientos con el entrar y salir del tren por las estaciones, del aire en tus pulmones, de la gente en la clase, del humo a la habitación y de la habitación en tu rutina.

En cualquier caso, estás sentado, y miras.

Te dejas arrebatar por el fluir pesado y cansino de la comodidad que aletarga tus huesos y abotaga tu mente con el dulce placer semisólido de la respiración tranquila. La compra está hecha, los deberes acabados y la casa espera en alguna parte que no es esta.

Una uña de Vasudhara parece estar más descolorida que el resto de la misma mano. Una mujer pálida de ojos cansados mira a la profesora dándole toda su atención. Un águila desciende en espiral hacia el valle. El caso es que no puedes dejar de mirar.

Ves las microvetas de la madera ondulando por la superficie de la uña roja conformando lo que podrían ser letras de un alfabeto aún por inventarse, y la mujer pálida suspira con penas que sólo ella conoce y jamás dirá en voz alta, mientras el águila extiende sus garras y atrapa una culebra que se retuerce inútilmente esperando engañar a la muerte de un pico que le arranca la cabeza y vuelve a remontar el vuelo.

Te dejas arrebatar por el hambre ajena de la profesora que habla de las estructuras socioculturales que permitieron la incursión de Nacionalsocialismo en todos los estratos de la Alemania de entreguerras, y notas, sin dejar de prestar toda tu atención a lo que tienes delante, la pulsión creciente de una ingle que se excita al imaginarte rozando con tu lengua sus caderas, notando el escalofrío progresivo de la piel rogando estar en carne viva, pelada como una cabeza de serpiente.

No dejas de imaginarte volando ante Vasudhara rindiéndole toda tu pleitesía al águila que acaricia con su vuelo la piel de la tristeza oscura de un túnel que no termina de desembocar en la luz falsa de una estación subterránea, y cuando te quieres dar cuenta, vuelves a oír a la profesora. Vuelves a ver las caras reflejadas en los cristales. Vuelves, vuelves al jardín sin flores de tu propia rutina, y te das cuenta de que, al fin y al cabo, un texto es sólo un texto y tú tienes aún muchas cosas que hacer.