Siempre es lunes para Charlie

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¿Y si te dijera que, durante lo que te resta de vida, te despertarás sólo para creer que vives el mismo día rutinario una y otra vez mientras para los demás el tiempo avanza como de costumbre? ¿Y si ese día fuera un lunes cualquiera, anodino y sin gracia? Esta es mi historia, que ha tenido lugar hoy mismo, y esto es lo que llegó a suceder antes de, bueno, antes de acabar en esta prisión mortal.

Hoy llegué a la oficina a las 8:05 y saludé a Rita, que estaba atendiendo una llamada. Tenía la cabeza agachada sobre unos papeles y cuando me escuchó casi se le cae la cara del susto. Me miró con lágrimas en los ojos. Créanme, intenté consolarla pero, ¡ingenuo de mí!, no podría ayudarla a olvidar lo que había venido sucediendo desde el lunes pasado. Lo que hice un martes que para mí volvía a ser lunes, lo que hice el miércoles y, sin duda, las cosas terribles que debí hacer un el jueves, mientras el tiempo de todo el mundo seguía su rumbo formal y establecido y el mío propio había quedado estancado. Lástima que nadie me parase los pies en ese momento porque lo que iba a suceder era mucho peor.

Al entrar en la pequeña oficina hice la paradita habitual por el departamento de marketing, pasé por el asiento de Margherite y dejé una nota acompañada de un regalo en el cajón de su mesa: “Pour vous aider à démarrer bonne semaine… un baiser.” Perfecto. Mario, su marido y responsable de contabilidad, no sabía nada de lo nuestro.

El caso es que yo comenzaba a notar algo diferente en el ambiente, algo como… silencio. Así que fui directo a la cocina, donde escuchaba hablar a Luisa y Jon. No olía a café, pasaba algo extraño. “Buenos días, Luisa,” – dije al entrar – “que aproveche, Jon. ¿Qué tal el fin de semana? Vaya ojeras me traes, chico.” Ambos dieron un respingo. “¿Vais a adelantar el PowerPoint para la reunión…” Vaya cara más blanca tienen, pensé. Les hace falta unas vacaciones y tomar algo el sol. Aproveché para hacerles un briefing informal con algunas ideas que había tenido para unos clientes. Jon me miró con los brazos cruzados y el gesto serio. Luisa me observaba atenta las manos sin mover la cabeza, como buscando algo, y con los ojos rojos. Por fin me preguntó Luisa:

“Mierda, Charlie, tío, ¿por qué vuelves a preguntar por el fin de semana?” Dijo, llevándose las manos a la cabeza

¿Que por qué vuelvo a preguntar por el fin de semana? Aún no sospechaba lo que me ocurría.

“Estoy perfecto, ¿no ves que he salido a correr antes de venir?” Saqué pecho. En realidad no había salido y temo que, a partir de ahora, eso ya no será un problema para mí.

“Escucha,” Jon se dirigió a mí con la voz firme, aunque pude detectar un leve toque de temblor, “hoy es viernes y ayer tiraste a Mario por las escaleras. ¿No lo recuerdas?”

Creo que mi cara era de incredulidad. Hice memoria pero, si había alguna broma que tuvieran que hacerme, quedaba fuera de época y lugar. Si hubiera tenido un café, se lo habría tirado encima o lo habría escupido. Jon continuó hablando tan serio y tembloroso como antes. “No sé qué te ocurre ayer pero no paras de decir que es lunes… y hoy igual.”

En ese momento en que me debatía entre creerle o ponerme serio, Margherite apareció en chándal y despeinada para tomar la decisión por mí. Dios, me dije, no es para nada la mujer con la que tengo un affaire, pensé ingenuamente. En cuanto me vio comenzó a gritar como una posesa y lo primero que hizo fue lanzarse sobre mí, arañando y pegándome puñetazos. “¿Qué has hecho con Mario, maldito psicópata, y qué le has hecho a Bambú, por qué le has hecho eso a mi perro?”

¡Lo juro, estaba desbocada y me empujó con tanta fuerza que logró tirarme al suelo! Seguía sin saber qué ocurría pero yo no estaba raro, hoy era lunes y, desde luego, no había hecho nada al perro de Margherite. O eso pensaba. Tampoco tuve tiempo de replicar porque ella fue directa a abrir un cajón y, removiendo los cubiertos desparejados, encontró un enorme cuchillo que sólo usábamos para cortar las tartas de cumpleaños. Acto seguido, Jon se lanzó sobre ella pero Margherite fue más rápida y acabó en el suelo, junto a mí, y el cuchillo clavado en mis costillas.

Luisa, que había quedado en un segundo plano, gritó y yo con ella. El dolor era tan intenso que pensaba que me quedaba ciego. El filo del cuchillo se removía entre dos costillas y notaba cómo arañaba la superficie del hueso.

“¡Muere ya!” Gritó Margherite, satisfecha de haberme atravesado el costado.

En fin, deseo concedido. Cerré los ojos y todo desapareció.

Y, de nuevo, estaba equivocado. Cuando mis sentidos recuperaron su actividad, seguía tumbado en el suelo con el cuchillo clavado. El día no había cambiado pero yo ya debía estar muerto y, sin embargo, percibía todo lo que sucedía a mi alrededor. De este modo pasé media hora escuchando las cosas terribles que contaban sobre mí, después me levantaron e introdujeron en una ambulancia para, al rato, meterme en la caja fría y oscura en la que llevo encerrado desde hace demasiadas horas. No sé qué será de mí. Si volveré a despertar y será como si no hubiera vivido nada. Me pregunto qué habré hecho estos días de atrás que ha provocado tanto daño. Me pregunto, con pánico y el cuerpo frío de cadáver, si viviré hasta que me incineren o consuma en la tierra de un cementerio.

Pasan las horas y nada cambia pero ahora noto algo diferente. Es sueño, tengo ganas de dormir y, quizás, por fin pueda conciliar un reparador sueño eterno. O puede que vuelva a mi vida anterior en la que era un hombre feliz, casado, con hijos y amante, con un buen trabajo y el fútbol los domingos. Quizás sea así. No sé, pero me tengo que dormir.

Me despierto temprano.

Llego a la oficina a las 8:05 y saludo a Rita. Me mira y se desmaya. Vaya forma de comenzar la semana, me da por pensar.

 

[Ayer fue 2 de febrero, el Día de la Marmota, una tradición que es celebrado cada año en Estados Unidos y que fue recogida en una fantástica película homónima protagonizada por el actor algo loco llamado Bill Murray.]

Trampa para osos

Trampa para osos

A tu amigo, dijo. “A tu amigo”. Sonreía, con su lengua oscura, y se mojaba los labios.

Necesito dormir, oficial, necesito cerrar los ojos por un momento y apretar el mechero para dejar de temblar. Si no le importa, me lo quedo. Algo entre las manos, si no le importa, quédese con alguno de los que hay en la sala. Cualquiera, son todos míos. Los dejaron aquí en la fiesta, así que son míos. Me gusta el suyo. Azul, frío, pesado. Ya sé que es corriente, no me lo diga, pero pesa. Si supiera lo liviano que me siento. Voy a desprenderme de la tierra, así de liviano, relleno de gas.

Ya se lo he dicho, no sé quién era. Una más aquella madrugada. Esa fiesta de cumpleaños estaba espesa, no recuerdo bien ¿Algo fuera de lo normal? Todo. Había subido demasiada gente. Sus manos no podían con el taza de café. Nadie preguntaba, en la neblina de tabaco, quién era quién. Cuando quedábamos los últimos a Karim le dio sueño y se retiró sin despedirse. Temblaba el café, se echó un poco sobre la camiseta. Se asomó a la sala y nos llamó un momento después. “Tienen que ver esto”. Philippe y yo lo seguimos. Siempre lo seguíamos. Era alguien a quien seguir. Las puertas de la despensa vibraban en la cocina cuando sus pasos entraban por la puerta. Lo que queda de sus brazos.

Lo seguimos hasta la puerta de su habitación, sabiendo lo que podíamos encontrar. Siempre nos mostraba el trofeo. Pero, ¡era tan pequeña! Tan frágil. Se había deslizado hasta su cama. La vimos allí dormida, completamente desnuda. Ondulaba al respirar. Pude sentir la punzada del tornasol de su piel en el paladar, antes de que Karim nos cerrara la puerta en las narices mientras se bajaba la bragueta. No me dejaron dormir. Karim tenía el colchón en el piso, y yo escuchaba su parquet crujir. Me duele la cabeza ¿Podría apagar alguna luz? Se lo agradezco. Gracias, pero ya no fumo. Entonces sí fumé. Fumé escuchando los gemidos, y cada vez que estuve a punto de dormirme volvían a empezar con la misma intensidad. Pensé que estarían esnifando. Se escuchaba la televisión y la risa de ella y las groserías de Karim.

Al mediodía, sentado a la mesa de la cocina mientras desayunaba una botella de ron, escuché a Karim acercarse hasta la cocina. Entró tambaleándose. Se calentó el café que quedaba del día anterior, apenas podía levantar la taza. “Tronco”, me dijo buscando la botella de agua en la nevera. Me dijo algo más, “que hembra”, se bebió la botella, la llenó en el grifo y se la llevó consigo. Supuse que tendríamos un momento de calma y me metí en mi habitación. Pero escuché a la chica gimiendo otra vez, volvieron a empezar. Philippe dormía con pastillas, era habitual. Y yo intentaba dormir.

La luz del pasillo parpadeó un par de veces debajo de mi puerta. Pensé que, siendo la tarde, Karim la habría despedido. Me entraron ganas de orinar. Salí al pasillo. No había ningún sonido. En todo el edificio. Ningún televisor, ni los ladridos del perro del vecino, ni los pájaros en el alféizar. Nada. Fui al baño. Escuché un sonido que se apagaba, el único sonido que no era mío. En el baño los espejos confunden, lo sé, pero algo acechaba en el pasillo. Algo reptaba. Lo vi por el espejo un segundo después de escuchar ese sonido, desapareció de mi vista en cuanto me giré. Salí del baño y vi la puerta de Karim entreabierta. Había luz, por eso la empujé.

Allí estaba yo, hipnotizado, cuando me preguntó “¿Qué haces aquí?”. Era Karim, a mis espaldas, con cajas de pizzas y refrescos. Tenía ojeras muy profundas y verdosas. Intentaba explicarme mientras salía de su territorio, cuando vi que la puerta de Philippe estaba abierta. “Pequeña”, dijo Karim. Desde la sala, avanzaba hacia nosotros ella. Estaba tragando algo, su cuello se movía porque estaba tragando algo muy grande. “¿Me esperabas?”. Ella asintió con la cabeza. Estaba desnuda y zigzagueaba mientras avanzaba. Nunca vi unas piernas tan delgadas, no era del tipo de Karim. “¿Tienes hambre?”, dijo él abriendo una caja de pizza. Ella dijo que no y empezó a empujarlo con el sexo hacia la habitación. Karim se dejó empujar, fijos sus ojos en ella. “¿Y qué has comido, si se puede saber?”. Entonces, ella miró hacia la puerta de Philippe y dijo “A tu amigo”, y terminó de empujarlo, cerrando la puerta tras ella.

El rostro de Karim, antes de perderlo tras esa puerta. Su rostro. La estaba mirando. Soltó las cajas y el refresco. Pero la puerta se cerró. Y empezaron los gritos ahogados. No sabía qué pensar ¿Qué hubiera hecho en mi lugar? La noche caía, la habitación de Philippe escupía oscuridad y la de Karim empezaba a silenciarse. Esa puerta nunca más se abrió, hasta que los llamé. Pero nunca la vi salir, no me importa lo que me diga, ella entró, y nunca más salió por esa puerta.

Búsquela, volverá a tener hambre.

Goto, 47

Kenji Goto
Kenji Goto

 

Hace casi un año el periodista japonés Kenji Goto fue asesinado a manos del Daesh.

Nació en Sendai, Japón, en 1967, y murió decapitado en un lugar desconocido de Siria el 31 de enero de 2015. Su trabajo era su vocación. Cubrió conflictos en diversos países de África y Asia dando a conocer el sufrimiento de los inocentes, especialmente de los niños y niñas que viven la desolación de las guerras. Su labor humanitaria convierte a Kenji Goto en un símbolo de quienes dan su vida por los demás hasta las últimas consecuencias.

La noticia de su asesinato me impactó de forma diferente. No fue la primera víctima y, desde luego, tampoco ha sido la última. Pero aquel día, según pasaron las horas, fuimos sabiendo más acerca de un ser humano que despertaba el afecto de todos. Cada detalle nuevo nos hacía estimarlo más aún. Destacaba su cercanía al pueblo sirio, su carisma entregándose a los demás y una voz única para contar su visión propia sobre los terribles hechos de una guerra aún viva. Pudimos comprender mejor su forma de pensar cuando leímos este tweet publicado por el periodista en su cuenta de Twitter el 7 de septiembre de 2010. Así rezaba su mensaje:

“Cierro mis ojos y espero. Si grito o enloquezco será el fin. Se parece a una oración. El odio no es para los humanos. El juicio le corresponde a Dios. Es lo que he aprendido de mis hermanos y hermanas árabes” – Kenji Goto.

El impacto que causó esta muerte en mí me hizo escribir la siguiente poesía que comienzo con las propias palabras del periodista.

 

Goto, 47

目を閉じて、じっと我慢。怒ったら、怒鳴ったら、終わり。それは祈りに近い。憎むは人の業にあらず、裁きは神の領域。-そう教えてくれたのはアラブの兄弟たちだった。- Kenji Goto

Una luz sensible se marcha
testigo del desierto de sangre
en que caminan sus captores.

Un hombre bueno es
reflejo de sonrisas infantiles
grabadas entre la oscura
barbarie de las creencias
cercenadas por los cuchillos.

Un hermano bueno pierde
su sonrisa, su pelo de samurái,
combatiendo el silencio
de los viles perros ciegos
a la carrera del odio.

Un hijo bueno, un padre
amable, asume el seppuku
con cuarenta loas altivas
del tantō afilado de los captores
que elogian la valentía de Kenji;
sus ideales ruedan siete veces
en apología de su honor.

Cuando un hombre bueno muera,
cerrad sus párpados y guardad silencio.
No dejéis que el miedo ni la ira
surjan como premio a la necedad.
Sed cántico divino, sed voz en plegaria
astuta, calmada, como la paz de sus ojos
rasgados, para quien la muerte vino
de mano de sus hermanos.

No existe el mar

mar

Mírame como si no tuvieras esas espinas en la córnea: dulcemente; ignorando por vez primera que no soy yo más que una brizna de aire triste ni tú más que aquel ramo de ígneas flores vulcanadas. Si no me miras hoy, no existirá un mañana, porque el mar se ha parado como las manecillas del vejo e ímprobo reloj de cuerda de tu padre; y ya nada ni nadie nos espera. Hasta mi nombre azul ha perdido esta noche su sentido; y si un día sin luna trataras de llamarme… No podrías llamarme. No serías capaz de pronunciar las tres sílabas marchitas desde tus labios rojos, y entonces… No ocurriría nada. Como lo lleva haciendo desde que imaginé besarte las pupilas y me arranqué la lengua.

La Estrella Incólume – Parte III

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Viene de: La Estrella Incólume – Parte II.

 

—A ver. Hijo. Cuando me quedé embarazada tu padre y yo estábamos pasando por una etapa muy dura. Apenas le daban trabajo en la empresa y yo estaba parada, y encima embarazada, así que el dinero era escaso. Y cuando nos enteramos de que lo que venían eran gemelos, se nos cayó el mundo encima. Apenas si podríamos criar a un niño, así que imagínate dos. Estuvimos un tiempo barajando opciones. Al final contactamos con una pareja que no podía tener hijos, y nos ofrecieron treinta mil euros por un bebé. Y se lo dimos. Lo que no supimos es que era… especial. No lo supimos hasta que Estrella tuvo dos años. No hablaba, no reconocía nada, se hacía daño. Entiéndelo, hijo. Gracias a Estrella pudimos criarte con todas las ventajas que un niño pudiera pedir. Yo iba a verla de vez en cuando. Tía Carlota, me llamaba, ay, qué ricura—le pasa la mano su fino pelo negro—…

—Vendiste por treinta mil euros un bebé. Cojonudo, mamá, cojonudo. De verdad, cojonudo. No tengo más adjetivos.

No dejo de pensar en mi infancia, en todos los juguetes, en la tele de plasma del salón, en el armario lleno de DVD’s, en los viajes, en las reformas, todas ellas pagadas con la venta de un bebé.

—¿Y qué coño hacía en Ginecología?

—Eso…—mi madre mira al suelo y traga saliva—. A ver. Sus padres la criaron muy bien.

—¡Sus padres, dice!

—¿Quieres que te lo explique o no? A ver, eso. Sí. Sus padres la criaron muy bien, y aunque es un poco… distinta, sabe cuidarse sola. Sabe andar, dónde están las calles y todo eso. El caso es que hace un par de semanas iba paseando tranquilamente, cuando la asaltaron y la violaron.

Una mascletá de símbolos de interrogación me pasa por la cara.

—El caso es que la violaron—sigue—, y ahora mismo hemos descubierto una noticia estupenda… ¡tu hermana está embarazada!

—No sé de qué puto universo te habrás escapado, mamá, pero en el mío nada, NADA de lo que me has dicho hoy es una buena noticia. Nada. Tú estás mal de la cabeza. ¿Y ella, lo sabe? Estrella, mírame, ¿sabes que estás embarazada? ¿Sabes lo que es un embarazo? ¿Sabes lo que es un bebé? ¿Sabes lo que es la deshonestidad, la avaricia, la lujuria o un aborto? ¿Eh, rica mía, lo sabes?

—¡Jorge!

—Jorge no, mamá, vamos a ver, no sé de qué cojones va todo esto. ¿Qué te esperabas, que saber de repente que mis padres me han tenido engañado toda la vida me iba a hacer gracia?

—No te hemos tenido engañado, sólo no te hemos contado una cosa.

—Vete a tomar por culo, hombre, no me jodas.

—¿Qué pasa, que no te gusta cómo has crecido? Nunca te ha faltado de nada.

—Sí, me ha faltado mi hermana, pero como nunca me ha hecho falta no tengo derecho a quejarme. ¿Es eso lo que quieres decir? Y encima preñada vete tú a saber de quién. Estrella, ¿eres consciente de lo que te han hecho? ¿Eres consciente de algo?

Sus ojos bovinos, se me quedan mirando. Su semblante medio serio se convierte en una sonrisa y mis ojos le devuelven a Estrella una mirada que se empaña: esta vez soy yo quien hunde la cara y empieza a llorar. Estrella me sigue en el llanto y mi madre, nuestra madre nos abraza a ambos y se echa a llorar.

Joder, qué puto cuadro de familia.

—¿Dónde están sus… padrastros?—digo, en cuanto recobro la respiración.

Mi madre niega con la cabeza sobre el hombro de Estrella, que no deja de llorar. Estoy atrapado en un llanto ajeno, enroscado en un abrazo idiota del que no sé si quiero salir. Por mucho que esto no sea mi responsabilidad, en el fondo sí que lo es. Mi madre va a ser abuela. Desde luego, ahí está el fondo del asunto. Tengo que conocer a mi sobrino, y primero, a su madre, y primero, antes de todo eso, antes de empezar a conocer a distintas criaturas poseedoras o no de una consciencia que las mueva, de una consciencia que les diga qué está bien y qué está mal o un raciocinio que les convenza de una o de otra cosa, bueno, antes de todo esto primero tengo que conocerme a mí mismo.

Sopesar todos y cada uno de los momentos de mi vida en los que Estrella estaba en otros lugares y analizar bien qué era lo que estaba sucediendo en la tramoya de mi vida. De momento ya sé quién financió el proyecto de mi existencia, y por qué. Ahora sólo falta saber dónde estaría yo ahora si hubiera tenido una hermana retrasada de la que cuidar.

—Joder, mamá, tienes unos cojones como el caballo del Espartero.

—¿Qué?

—¡Cacahué! ¿A que sí, Estrella, a que sí?

Y será el tono de mi voz, o la cara de idiota que he puesto, o que le estoy haciendo cosquillas, pero Estrella se ríe, y por un momento su risa pesa más que el gilipollismo profundo de que mi madre adolece.

Romance, toma cinco

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Nos topamos de bruces en una calle de Manhattan. Maldita sea mi suerte. Es fortuito, uno de esos momentos que hace que pueda fingir creer en el destino. ¡Pero es que es obra del puñetero destino que nos crucemos después de tres años, dos semanas y un día sin vernos! Soy una calamidad, sin duda, por tener esta memoria y recordar sólo lo peor.

Veréis lo que pensaba antes de chocar contra ella y volcar sobre su pecho un café tall de 7 dólares y un centavo. Un centavo extra para ayudar a un pobre pueblo del Amazonas salvaje que cultiva a precio de risa el mismo café que Starbucks nos inyecta en sangre a precio de oro – maldito marketing –. Antes de cruzarme con ella y tirarla el café tenía en mi mente la imagen de la primera vez que me dejó por otro. Sí, hubo más veces; y, no, me niego a contarlo. El caso es que cuando empezamos a salir – por segunda vez – nos regalé uno de esos paquetes de viajes precocinados. Me costó 150 dólares y era cutre, ¿vale?, pero… ¡es que era demasiado cómodo! No pude evitar comprarlo aunque sólo fuera una caja inútil con un libro de estancias que resultarían más baratas si las buscase por Internet. Ah, un detalle importante. Incluía un número de activación que perdí. De hecho, no fue exactamente así. No lo perdí, ella me lo robó y se llevó al “limpiapiscinas” a esa escapada. Mentira también. Era su compañero de trabajo y desde luego que aprovecharon el jacuzzi. ¡Ya lo creo!

El caso es que, después de esos tres años, dos semanas y un día sin vernos, hago un resumen de lo que fuimos y lo que creíamos ser por entonces. Ella no parece recordar la “anécdota” del viaje que nos regalé – su viaje – así que se lo cuento como si fuera una historia de chico-pierde-chica-a-manos-de-un-colega. Le hablo del viaje en coche que nunca hice, del campo que no pisé, de la casita apartada y vacía que estaba dispuesta para nosotros pero que sólo disfrutaron su amante y ella. 150 dólares a la basura y mi humillación ventilada por toda su oficina. Recuerdo que me moría por acostarme con ella en esa escapada. “Imagina mi decepción,” le digo entre risas. “Y qué casualidad cruzarnos justo ahora que estaba recordando aquel incidente.”

Me mira con desprecio. A cada frase seguida de un silencio incómodo responde seca y cortante, con su media sonrisa falsa, esa mano volando al viento, esa oreja demasiado pequeña, esa cicatriz en el labio… ella, en general. Esa persona fea y deshecha por dentro. La miro y, aún así, pese a todo, sigue preciosa.

Le pregunto por su trabajo. ¿Sigues trabajando con él? – Maldito cerdo –, omito. Pregunto también por su familia. ¿Recibiste mi última carta? Quiero saber si la leyó. Recuerdo nuestra mascota, Terry, el terrier que me regaló para volver conmigo por tercera vez y que me robó después de romper tras la cuarta reconciliación. Por fin pregunto si tiene novio. Me dice que no es asunto mío. Nos ponemos tensos y juego con la taza de café, ya vacía.

El silencio se prolonga demasiado y al final nos despedimos con un nos vemos por ahí. Le digo que se cuide y que seguro, ya nos veremos. De hecho, sé que será pronto porque el destino ha cruzado nuestros caminos de nuevo. ¿La quinta y definitiva reconciliación? A lo lejos, por el horizonte, se aleja ella hasta confundirse con los rascacielos de Manhattan.

La Estrella Incólume – Parte II

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Viene de la La Estrella Incólume – Parte I.

 

Antes de llegar a la entrada del hospital cojo por el brazo a una enfermera y le digo que si sabe en qué habitación estaba esta chica, porque no sé interpretar la información de la muñeca, más allá del nombre y del apellido, que no es el mío.

—Sí, estaba en la 27 de Ginecología, pero ya le han dado el alta.

—¿Ginec- -?—la enfermera hace por irse, pero de nuevo le agarro del brazo— ¿No puede quedarse con ella un momento?

—¿Y su tía? Dónde está su—ah, sí, allí viene. ¡Hasta luego!

Me giro para mirar a la tía de Estrella y a quien veo bajar por el pasillo es a mi madre.

—Es esto lo que creo que es, ¿mamá? ¿Una puta engañifa? ¿Y qué es eso de que eres su tía?

—Ay… De verdad, no me esperaba que fueras a reaccionar así, hijo, porque es que no es nada malo tener una hermana… especial, además, que es un amor, ¿a que sí, Estrella?

Cojo aire. Estrella sigue abrazada a mí. Noto cómo la saliva traspasa la tela de mi jersey y me alcanza la piel.

—Comprenderás que después de veintiséis años de existencia el hecho de saber que tengo una hermana gemela de la que no he sabido nada me toca bastante los cojones. Y papa, ¿sabe algo?

—Pues claro que lo sabe.

—Cojonudo, un puto complot. ¿¡Pero tú de qué vas!?

—No lo hemos hecho contra ti, hijo, lo hicimos por ella.

—Más vale que cambies ese tono, mamá. La retrasada es ella, no yo.

—¡Jorge!

—¡Qué! Más vale que me des explicaciones o la vamos a tener muy gorda, tú y yo.

—A ver. Hijo.

[…]

Este relato terminará en la parte III.

Hoy

Hoy

 

Hoy no he escuchado la canción aquella

que hablaba de una niña de ojos imposibles,

ni al lamento infinito del viento

agitar su envolvente cabellera de siglos

por las esquinas más remotas del invierno.

Hoy solo miro las estrellas que la niebla cubría

desde aquel pálido noviembre de ya no sé qué año,

esas estrellas huidizas con las que mi imaginación

jugó a formar un ramo para arrojarlo al mar.

Llovía entonces.

Y hoy refulgen tan vivas por detrás de la niebla

que se pierde al calor que emana de los besos apenas entrevistos,

y se reflejan en mis ojos si otros ojos los miran.

Hoy se ha quedado tan sola aquella soledad.

La Estrella Incólume – Parte I

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Encajada en torno al raíl curvo de metal pintado se mueve la cuenta que gira, baja sube y cae sobre el montón de cuentecitas que han llegado al final de su recorrido. Un pequeño ábaco con función de parque temático para cuentas que no llevan a ningún sitio. En esta sala de espera me rodean, sentados en los asientos de plástico soldados al metal, diez o doce hombres y mujeres, algunos con sus hijos, otros en pareja, otros con documentos en la mano. Sentado en este taburete tamaño niño, muevo otra cuenta para aliviar la espera.

Levanto la cabeza al ver una presencia por el rabillo del ojo. Mi madre cruza el umbral y extiende el brazo, mirando a alguien que está tras la pared que me bloquea la vista, y hace una señal.

—Aquí está—dice mi madre, siguiendo con la vista a la chica delgaducha que aparece ante ella. La chica me mira, se ríe y acto seguido hunde la cara en el hombro de mi madre, soltando un gritito.

Como siempre, mi madre espera que la sorpresa sea lo suficientemente grande como para ocultar todo lo demás, pero no puedo evitar pensar, aunque sólo la haya visto un instante, en la cara de la chica. Los ojos marrones, las cejas pobladas, la nariz chata, hasta la forma de los dientes; todas sus facciones son extrañamente parecidas a las mías, y aunque ya conozco la respuesta, quiero oírla de sus labios.

—¿Quién es, mamá?—levantándome lentamente del taburete, notando cómo la vista de los demás pacientes me sigue.

—¿No lo sabes?—dice mi madre.

La chica sigue con la cabeza hundida en el hombro de mi madre, y sigue soltando chillidos y gemiditos demasiado parecidos a los de un bebé como para estar saliendo de la boca de una mujer de veintiséis años, que mueve la cabeza, me ve un momento y vuelve a gritar y a hundir la cabeza en el hombro de mi madre.

—Mamá, ¿quién es esta chica?

Intento que el enfado que me está creciendo en el estómago no me rezume por la boca. No sé si lo consigo. Le agarro la cabeza a la chica y gentilmente la giro para mirarla bien a la cara. No hay duda. Es mi hermana gemela. Sus ojos ligeramente estrábicos me miran con una sonrisa ausente de la que cuelga un hilo de baba que, brillante, se le pega en la barbilla. Mi madre tiene un rodal de azul oscuro en su blusa. La chica hace una pedorreta y se deja caer en mi hombro, rodeándome con los brazos. Su cuerpo se enrosca al mío débilmente, y noto sus manos cerrándose en mi espalda con una fuerza extraña.

—Pero qué cojones, mamá, qué cojones…

Mi hermana me estampa un beso húmedo en el cuello, y el frío desagradable de sus babas se me desliza por el interior de la camisa. Sus gemidos y chillidos cobran intensidad.

—¡Le gustas!—dice mi madre.

—¿Dónde hay una enfermera?

—¿Para qué?

—Tú y yo tenemos que hablar.

—Pues hablemos.

—No quiero que se entere.

—Tranquilo, no se va a enterar. Es como una niña pequeña.

—Así que es retrasada.

—¡No digas eso! ¡Siempre igual!

—Mamá, si tiene un déficit mental lo suficientemente grande como para que impida que se entere de una conversación entre dos adultos, es retrasada. Dónde está la enfermera.

—Joder, siempre lo mismo. ¿Es que no te hace ilusión?

Miro alrededor. Algunos pacientes siguen sintonizando el culebrón que se desarrolla delante de sus narices.

—¿Dónde está la puta enfermera?

De repente, el hecho de que estemos en un hospital tiene todo el sentido del mundo.

—De verdad, hijo, que no entiendo por qué te estás poniendo así, si yo sólo quería darte una sorpresa, y que ahora te lo cuento, que sí, pero primero mírala bien. Se llama Estrella, y es tu hermana gemela—mi madre empieza a tocarle la cabeza, y poco a poco sus gemidos se vuelven más y más largos. Su cuerpo se reblandece y sus gritos se convierten en llanto.

—¿Ves? La estás asustando.

—Y tú me estás tocando los cojones cosa mala. Ven, Estrella, vamos a ver a la enfermera.

Pasillo abajo sus pasos torpes se tropiezan con los míos, agarrada como está a mi cuerpo y sin levantar la cabeza.

—¿Sabes cómo me llamo?—le pregunto. Sigue llorando.

—¿Cuántos años tienes?—su respuesta termina en lo que parece una i—. Exacto—le digo—, veintiséis. Es dos veces más que trece.

Viaje

Viaje

La otra noche volví a escapar del mundo circular que nos rodea. Era de madrugada. Mi cabello se debatía inútilmente entre las cajas de cartón vacías donde siempre soñaban las niñas irreales y aquel cuello tan cálido que besaba mis gélidas extremidades. Caminando, llegué a una encrucijada donde, sumido en una palidez mortal, vislumbré a medias el cuerpo de una estrella mutilada.

Y ya sabes el resto. Comienza con la lluvia, la misma lluvia, el mismo gris difuso de los amaneceres fríos. Comienza con un sueño desenterrado a trozos que a cada paso muestra sus temblores de muerto. Termina con un beso. Termina con la noche de un día de verano, con la nieve que duerme a finales de enero. Y ya sabes el resto…