No existe el mar

mar

Mírame como si no tuvieras esas espinas en la córnea: dulcemente; ignorando por vez primera que no soy yo más que una brizna de aire triste ni tú más que aquel ramo de ígneas flores vulcanadas. Si no me miras hoy, no existirá un mañana, porque el mar se ha parado como las manecillas del vejo e ímprobo reloj de cuerda de tu padre; y ya nada ni nadie nos espera. Hasta mi nombre azul ha perdido esta noche su sentido; y si un día sin luna trataras de llamarme… No podrías llamarme. No serías capaz de pronunciar las tres sílabas marchitas desde tus labios rojos, y entonces… No ocurriría nada. Como lo lleva haciendo desde que imaginé besarte las pupilas y me arranqué la lengua.

Viaje

Viaje

La otra noche volví a escapar del mundo circular que nos rodea. Era de madrugada. Mi cabello se debatía inútilmente entre las cajas de cartón vacías donde siempre soñaban las niñas irreales y aquel cuello tan cálido que besaba mis gélidas extremidades. Caminando, llegué a una encrucijada donde, sumido en una palidez mortal, vislumbré a medias el cuerpo de una estrella mutilada.

Y ya sabes el resto. Comienza con la lluvia, la misma lluvia, el mismo gris difuso de los amaneceres fríos. Comienza con un sueño desenterrado a trozos que a cada paso muestra sus temblores de muerto. Termina con un beso. Termina con la noche de un día de verano, con la nieve que duerme a finales de enero. Y ya sabes el resto…