Historia de una hora, por Kate Chopin

StoryOfHour

Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.

Fue su hermana Josephine quien se lo dijo, con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia.

Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.

Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.

En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera. En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.

Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras.

Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sus sueños.

Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.

Sentía que algo llegaba a ella y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y esquivo para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.

Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!». La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.

No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial. Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles cruzadas en la postura de la muerte; que el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años por llegar que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.

No habría nadie para quien vivir durante los años venideros; ella tendría las riendas de su propia vida. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que los hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos delictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.

Y a pesar de esto, ella le había amado, a veces; otras no. ¡Pero qué importaba!. ¡Qué podría el amor, ese misterio sin resolver, significar frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser!

“¡Libre, libre en cuerpo y alma!” continuó susurrando.

Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar. “Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.”

“Vete. No voy a ponerme enferma”. No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.

Su imaginación corría desaforada por aquellos días desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía escalofríos ante la idea de que la vida pudiera durar demasiado!

Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía los ojos con brillo febril y se conducía inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su hermana por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al final.

Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del accidente y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.

Cuando los médicos llegaron dijeron que ella había muerto del corazón -de la alegría que mata.

Bagdad

Her Desert

 

No hay luna. Hice mal la pregunta, tuve que repetirla utilizando otras combinaciones. Sin dar con la correcta, la que todos comprendieran sin ofenderse. Cómo salgo de acá. Cómo me voy. Cómo llego al otro lado, por donde voy al lado seguro. Cómo salgo de esta zona para llegar. Por dónde tengo que ir para irme. Me voy. Me fui. Con la niña en brazos, en los mismos brazos de los que cuelgan bolsas de mercado que ocultan nuestras pertenencias, adivino el camino de tierra seca, firme. Piso escombros. Cada tantos pasos, la luz de una ventana, de un boquete que nunca fue puerta, se filtra por un cortinaje y me ayuda a ver por dónde voy. Que es casi más importante que a donde voy. Porque al menos sé que estoy en un caserío improvisado sobre terrenos arrebatados al fisco, sin luz eléctrica en sus calles, y busco la salida. El diluvio reciente no puede filtrarse, la tierra parece petróleo. Las paredes de zinc se levantan con nubes de mosquitos, las zanjas de desagote son un trazado de zumbidos y croares.

Creo que llevo unos trescientos metros caminando en círculos. La niña se queja, los mosquitos no perdonan. Los insectos son los únicos que atraviesan nuestro escudo de desamparo. Ellos tienen que vivir sin perdonar. Así que me detengo, ordeno toda la carga en un solo brazo y dejo libre el otro para agitarlo y evitar más picaduras. Escucho el follaje, los anfibios descatalogados, los anófeles furiosos y una música de radio desde la esquina de los muchachos ociosos a los que me acerco para pedir auxilio.

Al llegar hasta la música, ninguna luz más que la de un teléfono con el que juguetean me los puede definir. Los imagino sentados en sillas rotas de plástico y mugre. O estirados sobre un tronco caído en la última tormenta. La luz contra cenital que se pasea por los rostros a la altura de la cintura los presenta. Son una aparición en una calle que no existe en ningún mapa. Les hablo mientras avanzo hacia ellos, los saludo y me muevo como un camello del que oscilan alforjas y rollos de té seco. Se quedan en silencio como si la aparecida fuera yo: un fantasma de dos cabezas, bracitos y piernitas colgantes. Uno de los muchachos eructa. Perdone, me dice, y se levanta con pena y se retira en la noche. Entiendo que está borracho. Todos lo están. La cabeza de la niña pesa y suda, es parte de mi peso y mi sudor porque está dormida. Me duele su sueño en los tendones.

Pienso en retroceder. Los aparecidos me observan. Bien podrían pasar a mi lado del cosmos y arrebatarme las bolsas de mercado, los zapatos y el grito. Yo repito la pregunta y noto que jadeo. Me responden con un tono de respeto, el que parece imponer el esfuerzo por tenerme en pie y avanzar. A pesar del acecho de sus horas muertas, en la espera de que algo les suceda, les sucedo yo y se contienen. Porque soy una aparición surgida de lo indescifrable que camina con una carga que sueña, sin saber a donde llegará. Me hablan. Me dicen señora. Superponen sus voces y hasta logran un acuerdo. Siga. Doble en la luz. Llegue a la segunda casa con luz. Doble por esa calle. Verá la salida.

Ellos ven la salida. Yo tengo que creer. Agradezco por todo y me despido para siempre.

Falta poco. Lo digo en voz alta para mí, para la niña y para los espíritus que levantarán sus espadas para dejarnos pasar. Falta poco, ya casi llegamos. Nunca miro hacia atrás, así estoy segura de mis palabras. Los muchachos no me mintieron, al doblar una esquina veo la luz eléctrica de la avenida. A tan poco de salir del destierro me resbalo, pero mi cuerpo no deja caer nada, estira y fuerza sus cartílagos. Las luces del taxi se encienden y me encuentran. Otro encuentro de apariciones en el umbral del hierro y el cobre. Cuando por fin subo al taxi me doy cuenta que estuve a punto de desmayarme. El taxi arranca y el conductor me pregunta: “¿Qué hace usted tan lejos?”

I’m leaving you

Fly Away by Mickey Oneil

I can feel her being flushed out of my system.

She conjures up some tears and a clenched fist in the stomach, or the throat, and she is saying:

“No, please, don’t, don’t, don’t leave me here, please, don’t leave me, oh, God, oh, please, stay, stay with me…”

All I can say is no. All I can do is look at her with the scorn with which her eyes used to be tainted more times than not.

“You said you wanted to grow old with me, don’t, please, please, let me stay, let me stay, please…”

Every word of hers is a gulp of drool and tears. The little make-up she was wearing is now smeared all over her face. It’s my own doing, indirectly.

“After all that’s happened, after all you’ve told me, after all you’ve made me change… you are going back to the starting point”. My words feel sharp in my tongue. My throat impedes any further improvements. For some reason, I am about to cry. “Funny. But no. I’m leaving. There’s no place in my heart for you to stay. Everything’s changed. I have changed. You can’t stay, because there’s nowhere to stay”.

A shiver climbs up my back as she begins sobbing, too weak to speak, too fragile to even stand up from the pool of tears she’s left on the ground. That’s how much she’s crying. And when she opens her mouth and lets out a long, long moan, I have to look away. Her diaphragm contracts rapidly, like the revolutions of an engine, and her crying is just more than I can physically bear.

“Stay! STAY!”

She tries to tug at my trouser’s leg, and grabs my calf and makes me stop my leaving.

“Get off of me”.

I kick free from her. And I cross the door, leaving a decomposed lump of crying flesh behind me.

She broke my heart. Now everything’s changed. It’s easier not to have a heart than have a broken one.

Everybody wins.

De igual a igual

Letter_Helloquence

Frente al buzón del edificio, con la puerta retenida por el carrito, contempló la carta sellada con cera roja. Resultaba agradable al tacto. Rompió la solapa de papel y leyó lo que decía:

Estimada esposa de Luis Portalatín:

Me encuentro en una situación incómoda. Decirle lo siguiente en persona supondría un desasosiego demasiado grande para los dos. Su marido se acuesta con mi mujer.

Soy consciente del shock que debe suponer para usted. Que, a estas alturas de la vida, nuestras respectivas parejas nos coloquen tamaña cornamenta… es, francamente, un castigo desmedido a nuestra falta de amor. Reconozco que han pasado dos días desde que me senté a escribir esta carta. Semana y media desde el día del encontronazo con los infieles desnudos en el pasillo, con los calzoncillos usados de su marido colgando de un pomo y con la humillante y turbulenta visión de ese hombre recostado sobre mi mujer – por cierto, vaya corpulencia tiene ese hombre -. No le describo lo que pasó a continuación. Sólo diré que el cobarde huyó con el rabo erecto entre las piernas.  

He intentado imaginar el impulso sexual insatisfecho que les ha llevado a realizar semejante dislate para con su pareja. He repasado mi matrimonio, como ahora lo hará usted. He consultado a nuestra hija, después a su hermana, a una compañera de trabajo, y hasta a su amiga y vecina soltera quien, con mucho gusto, ha aclarado mis sospechas con respecto a la frecuencia de los encuentros. Ha sido precisamente esta señora quien me ha narrado el auténtico desatino llevado a cabo en su apartamento. Noches de sexo consentido en el apartamento justo sobre de mi cabeza. Y yo pensando que le gustaba la carpintería. Siento que este espacio marital ha sido totalmente violado por la traición.

Confío en que usted tome las medidas adecuadas para contener los impulsos de su voluminoso señor esposo. Sería toda una necedad no hacerlo. Yo me dispongo a pedir el divorcio. Dinero no me falta para ello.

Atentamente: Rodrigo Salcedo de Buendía.

P.d.: Si desea compartir sus impresiones, cuente con mi consuelo, se lo ofrezco como un amigo que desea superar cuanto antes esta terrible, lamentable, situación.

El hombre sostuvo la carta sobre la inmensa barriga y respiró aliviado. Por fin le encontraba una utilidad a ser cartero. Pero, ¿qué clase de antigualla seguía mandando cartas a estas alturas de la vida? La carta escrita en papel grueso terminaba con una firma y el sello de aquel cornudo. Insultantemente aliviado, el cartero dobló y metió el papel de vuelta en el sobre con membrete. Se acercó a la papelera más cercana y, sonriendo, hizo trizas la carta, que dejó caer como migajas de pan que sólo los pedigüeños quieren comer.

Moonface

Cara_Luna_Mark_Daynes

 

‹‹Léelo››. La mujer le tira el prospecto a la cara aunque sabe que él no puede cogerlo. Está atado de pies y manos. ‹‹Mira la cara que se te ha puesto con tanta pastilla. Y ahora, ¿qué?››

Mick, que en realidad se llama Mihal, tiene el rostro tan hinchado como una patata roja y se ha puesto a toser soltando unos gargajos que quedan atrapados en la boca. La lengua forcejea intentando abrirse paso bajo la mordaza.

‹‹Es por los esteroides o lo que sea que tomes con tus amigotes, los rusos››

Las consecuencias son, evidentemente, embarazosas. El hombre de cuarenta años tiene el rostro inflamado. Es un efecto secundario, no peligroso, sino más bien desagradable, que se conoce como…

‹‹Cara de luna››. La mujer recoge el prospecto del suelo y lo lee: ‹‹retención de líquidos, hipertensión, insomnio, dolor de cabeza, rubor… ¡Rubor! No me digas que no es ridículo. Pero esto… mi pequeña Calzaslargas. Así nadie te va a tomar en serio››. Le agarra los mofletes. Mick es un hombre corpulento con cuerpo de gimnasio. Normalmente, también es un hombre libre y con muy mal humor. Pero ahora mismo todo lo que puede hacer es agitar la cabeza intentando librarse de la tela que le cubre la boca.

‹‹Si te quito ese trapo, ¿vas a explicarme cómo te has dejado cazar?›› Él agita la cabeza de arriba abajo. ‹‹Está bien, pero sin juegos››. La mujer le quita la mordaza, gesticulando con asco.

‹‹Joder, María, ¡me quieres desatar de la silla! Mi pica toda la cara, deja que me rasque, por favor. Y luego le meto una paliza al imbécil ése››, dice aquel, con un acento que marca las erres y un tono de voz furioso.

“Sabes que no puedo dejarte, te vas a poner la cara peor, cariño››, le dice, dándole unas palmadas en la mejilla. ‹‹Además, aún no me has explicado por qué hay una escopeta encima de la mesa. Ah, y del tío encerrado en el baño, ni hablamos, ¿no?››

‹‹No me escuchas, necesito quitarme el picor, es insoportable››.

‹‹¿Sabes qué más podrías tener ahora?›› Continúa ella, leyendo el prospecto y pasando de él. ‹‹Cansancio, debilidad muscular, sensación de calor, vértigo, mareos…››

Al fondo del pasillo se escucha un ruido que llega del baño. Alguien acaba de tirar de la cadena.

‹‹… inquietud, mira, eso también lo tienes. Temblores, nerviosismo, inestabilidad emocional, tendencia psicótica…››

‹‹¡Como ése salga de mearr y yo siga atado, te jurro que te acuerdas de mí!›› De pronto, cierra los ojos y aprieta los dientes mientras suelta un gemido. ‹‹¡Por favor, ponme hielo en la cara!›› Dice, mientras, le resbalaba una lágrima por la mejilla desaforada. Entonces, María levanta la mano con la que agarra el prospecto y se lo estampa contra la cara. Es más, para sorpresa de él, el golpe calma el picor durante aproximadamente dos segundos. Después, al escozor se le suma el dolor y la humillación de la bofetada.

“Mick, cariño, ¿comprendes que todo esto te lo has buscado tú sólo? Además, si te desato y sigues tomando esas pastillas, podrías sufrir otro efecto secundario›› Se vuelve hacia la mesa y toma la escopeta entre sus manos. ‹‹Ojalá hubiera tenido una de éstas hace un año… ahora no tendríamos visitas sorpresa, ¿VERDAD?›› De pronto grita, girando la cabeza al pasillo. ‹‹PORQUE AHORA ESTOY ARMADA Y NADIE VA A TOCARME UN PELO. Y tú…››, dice, girándose para encarar a Mick, ‹‹ya he tenido bastante… joder, estás cada vez peor. Ay, pero ese rubor te queda tan bien en tus mejillitas de marsopa… ¡si hasta te pareces a una Heidi obesa!›› Dice, riendo con voz aguda. Luego, comienza a recorrer el pasillo alejándose de él y hablando en alto. ‹‹Mick, cara de luna… eres un hombre con la luna estampada en su cara. Imagina qué dirán de ti en el gimnasio. Y de mí. Por cierto››.

María golpea con la culata de la escopeta la puerta del servicio. Aparece H.R., que inmediatamente mira hacia el arma. María le observa con calma, analizándole de la cabeza a los pies. Incluso, le pasa la mano por la gabardina beige.

‹‹Eres más alto de lo que recordaba. Y pelirrojo. De noche no se nota tanto. Qué lástima que nos volvamos a ver de esta forma pero así son las cosas. Tranquilo, esto me lo llevo yo y ahí te dejo al elemento atado. Dice que le pica la cara. Se le ha puesto fatal, la verdad. En fin, haz con él lo que quieras, nosotros ya no lo necesitamos››.

Camina hacia la puerta del piso y la abre pero, antes de salir, añade:

‹‹Esta vez te vamos a dejar que lo interrogues o lo que veas necesario, ya me entiendes. Pero la próxima vez…››. Le encañona y hace con la boca el ruido de un cañón escupiendo metralla ‹‹Pum, pum. Y muerto››.

María cierra entonces la puerta tras de sí. H.R. mira hacia el salón y ve a Mick sacudiéndose desesperado en la silla. H. Suspira aliviado y, mientras camina hacia Mick, saca una navaja del bolsillo y sonríe.

La continuidad de los jardines postmodernistas

Class_by_William_Iven

Imagínate un asiento.

Mejor dicho, imagínate sentado. O sentada.

Puede ser un colchón de plumas rodeado de cojines, con seis varillas de incienso clavadas en un bote de arena delante de un altar con seis velas a Vasudhara. O el asiento plegable de madera de una mesa de universidad. O la roca fría y húmeda de una peña frente a un río que discurre tranquilo por un valle lejano brillando con el refulgir de las gemas preciosas.

Imagínate un asiento.

Miras al frente, respirando hondo.

Son las once de la mañana. Llevas una hora de clase y aún queda otra por delante.

El atardecer tiñe de rosa las nubes deshilachadas sobre los rascacielos.

El traqueteo del metro mece tu cuerpo poco a poco. Los reflejos de caras cansadas de ojos bovinos centellean en la oscuridad de los cristales.

Tu día acaba de comenzar. O está terminando. En cualquier caso, paces tranquilo en el sitio, aceptando lo que ves como una parte más de tu rutina diaria. Entran y salen los pensamientos con el entrar y salir del tren por las estaciones, del aire en tus pulmones, de la gente en la clase, del humo a la habitación y de la habitación en tu rutina.

En cualquier caso, estás sentado, y miras.

Te dejas arrebatar por el fluir pesado y cansino de la comodidad que aletarga tus huesos y abotaga tu mente con el dulce placer semisólido de la respiración tranquila. La compra está hecha, los deberes acabados y la casa espera en alguna parte que no es esta.

Una uña de Vasudhara parece estar más descolorida que el resto de la misma mano. Una mujer pálida de ojos cansados mira a la profesora dándole toda su atención. Un águila desciende en espiral hacia el valle. El caso es que no puedes dejar de mirar.

Ves las microvetas de la madera ondulando por la superficie de la uña roja conformando lo que podrían ser letras de un alfabeto aún por inventarse, y la mujer pálida suspira con penas que sólo ella conoce y jamás dirá en voz alta, mientras el águila extiende sus garras y atrapa una culebra que se retuerce inútilmente esperando engañar a la muerte de un pico que le arranca la cabeza y vuelve a remontar el vuelo.

Te dejas arrebatar por el hambre ajena de la profesora que habla de las estructuras socioculturales que permitieron la incursión de Nacionalsocialismo en todos los estratos de la Alemania de entreguerras, y notas, sin dejar de prestar toda tu atención a lo que tienes delante, la pulsión creciente de una ingle que se excita al imaginarte rozando con tu lengua sus caderas, notando el escalofrío progresivo de la piel rogando estar en carne viva, pelada como una cabeza de serpiente.

No dejas de imaginarte volando ante Vasudhara rindiéndole toda tu pleitesía al águila que acaricia con su vuelo la piel de la tristeza oscura de un túnel que no termina de desembocar en la luz falsa de una estación subterránea, y cuando te quieres dar cuenta, vuelves a oír a la profesora. Vuelves a ver las caras reflejadas en los cristales. Vuelves, vuelves al jardín sin flores de tu propia rutina, y te das cuenta de que, al fin y al cabo, un texto es sólo un texto y tú tienes aún muchas cosas que hacer.

Siempre es lunes para Charlie

charlie_murray

¿Y si te dijera que, durante lo que te resta de vida, te despertarás sólo para creer que vives el mismo día rutinario una y otra vez mientras para los demás el tiempo avanza como de costumbre? ¿Y si ese día fuera un lunes cualquiera, anodino y sin gracia? Esta es mi historia, que ha tenido lugar hoy mismo, y esto es lo que llegó a suceder antes de, bueno, antes de acabar en esta prisión mortal.

Hoy llegué a la oficina a las 8:05 y saludé a Rita, que estaba atendiendo una llamada. Tenía la cabeza agachada sobre unos papeles y cuando me escuchó casi se le cae la cara del susto. Me miró con lágrimas en los ojos. Créanme, intenté consolarla pero, ¡ingenuo de mí!, no podría ayudarla a olvidar lo que había venido sucediendo desde el lunes pasado. Lo que hice un martes que para mí volvía a ser lunes, lo que hice el miércoles y, sin duda, las cosas terribles que debí hacer un el jueves, mientras el tiempo de todo el mundo seguía su rumbo formal y establecido y el mío propio había quedado estancado. Lástima que nadie me parase los pies en ese momento porque lo que iba a suceder era mucho peor.

Al entrar en la pequeña oficina hice la paradita habitual por el departamento de marketing, pasé por el asiento de Margherite y dejé una nota acompañada de un regalo en el cajón de su mesa: “Pour vous aider à démarrer bonne semaine… un baiser.” Perfecto. Mario, su marido y responsable de contabilidad, no sabía nada de lo nuestro.

El caso es que yo comenzaba a notar algo diferente en el ambiente, algo como… silencio. Así que fui directo a la cocina, donde escuchaba hablar a Luisa y Jon. No olía a café, pasaba algo extraño. “Buenos días, Luisa,” – dije al entrar – “que aproveche, Jon. ¿Qué tal el fin de semana? Vaya ojeras me traes, chico.” Ambos dieron un respingo. “¿Vais a adelantar el PowerPoint para la reunión…” Vaya cara más blanca tienen, pensé. Les hace falta unas vacaciones y tomar algo el sol. Aproveché para hacerles un briefing informal con algunas ideas que había tenido para unos clientes. Jon me miró con los brazos cruzados y el gesto serio. Luisa me observaba atenta las manos sin mover la cabeza, como buscando algo, y con los ojos rojos. Por fin me preguntó Luisa:

“Mierda, Charlie, tío, ¿por qué vuelves a preguntar por el fin de semana?” Dijo, llevándose las manos a la cabeza

¿Que por qué vuelvo a preguntar por el fin de semana? Aún no sospechaba lo que me ocurría.

“Estoy perfecto, ¿no ves que he salido a correr antes de venir?” Saqué pecho. En realidad no había salido y temo que, a partir de ahora, eso ya no será un problema para mí.

“Escucha,” Jon se dirigió a mí con la voz firme, aunque pude detectar un leve toque de temblor, “hoy es viernes y ayer tiraste a Mario por las escaleras. ¿No lo recuerdas?”

Creo que mi cara era de incredulidad. Hice memoria pero, si había alguna broma que tuvieran que hacerme, quedaba fuera de época y lugar. Si hubiera tenido un café, se lo habría tirado encima o lo habría escupido. Jon continuó hablando tan serio y tembloroso como antes. “No sé qué te ocurre ayer pero no paras de decir que es lunes… y hoy igual.”

En ese momento en que me debatía entre creerle o ponerme serio, Margherite apareció en chándal y despeinada para tomar la decisión por mí. Dios, me dije, no es para nada la mujer con la que tengo un affaire, pensé ingenuamente. En cuanto me vio comenzó a gritar como una posesa y lo primero que hizo fue lanzarse sobre mí, arañando y pegándome puñetazos. “¿Qué has hecho con Mario, maldito psicópata, y qué le has hecho a Bambú, por qué le has hecho eso a mi perro?”

¡Lo juro, estaba desbocada y me empujó con tanta fuerza que logró tirarme al suelo! Seguía sin saber qué ocurría pero yo no estaba raro, hoy era lunes y, desde luego, no había hecho nada al perro de Margherite. O eso pensaba. Tampoco tuve tiempo de replicar porque ella fue directa a abrir un cajón y, removiendo los cubiertos desparejados, encontró un enorme cuchillo que sólo usábamos para cortar las tartas de cumpleaños. Acto seguido, Jon se lanzó sobre ella pero Margherite fue más rápida y acabó en el suelo, junto a mí, y el cuchillo clavado en mis costillas.

Luisa, que había quedado en un segundo plano, gritó y yo con ella. El dolor era tan intenso que pensaba que me quedaba ciego. El filo del cuchillo se removía entre dos costillas y notaba cómo arañaba la superficie del hueso.

“¡Muere ya!” Gritó Margherite, satisfecha de haberme atravesado el costado.

En fin, deseo concedido. Cerré los ojos y todo desapareció.

Y, de nuevo, estaba equivocado. Cuando mis sentidos recuperaron su actividad, seguía tumbado en el suelo con el cuchillo clavado. El día no había cambiado pero yo ya debía estar muerto y, sin embargo, percibía todo lo que sucedía a mi alrededor. De este modo pasé media hora escuchando las cosas terribles que contaban sobre mí, después me levantaron e introdujeron en una ambulancia para, al rato, meterme en la caja fría y oscura en la que llevo encerrado desde hace demasiadas horas. No sé qué será de mí. Si volveré a despertar y será como si no hubiera vivido nada. Me pregunto qué habré hecho estos días de atrás que ha provocado tanto daño. Me pregunto, con pánico y el cuerpo frío de cadáver, si viviré hasta que me incineren o consuma en la tierra de un cementerio.

Pasan las horas y nada cambia pero ahora noto algo diferente. Es sueño, tengo ganas de dormir y, quizás, por fin pueda conciliar un reparador sueño eterno. O puede que vuelva a mi vida anterior en la que era un hombre feliz, casado, con hijos y amante, con un buen trabajo y el fútbol los domingos. Quizás sea así. No sé, pero me tengo que dormir.

Me despierto temprano.

Llego a la oficina a las 8:05 y saludo a Rita. Me mira y se desmaya. Vaya forma de comenzar la semana, me da por pensar.

 

[Ayer fue 2 de febrero, el Día de la Marmota, una tradición que es celebrado cada año en Estados Unidos y que fue recogida en una fantástica película homónima protagonizada por el actor algo loco llamado Bill Murray.]

Trampa para osos

Trampa para osos

A tu amigo, dijo. “A tu amigo”. Sonreía, con su lengua oscura, y se mojaba los labios.

Necesito dormir, oficial, necesito cerrar los ojos por un momento y apretar el mechero para dejar de temblar. Si no le importa, me lo quedo. Algo entre las manos, si no le importa, quédese con alguno de los que hay en la sala. Cualquiera, son todos míos. Los dejaron aquí en la fiesta, así que son míos. Me gusta el suyo. Azul, frío, pesado. Ya sé que es corriente, no me lo diga, pero pesa. Si supiera lo liviano que me siento. Voy a desprenderme de la tierra, así de liviano, relleno de gas.

Ya se lo he dicho, no sé quién era. Una más aquella madrugada. Esa fiesta de cumpleaños estaba espesa, no recuerdo bien ¿Algo fuera de lo normal? Todo. Había subido demasiada gente. Sus manos no podían con el taza de café. Nadie preguntaba, en la neblina de tabaco, quién era quién. Cuando quedábamos los últimos a Karim le dio sueño y se retiró sin despedirse. Temblaba el café, se echó un poco sobre la camiseta. Se asomó a la sala y nos llamó un momento después. “Tienen que ver esto”. Philippe y yo lo seguimos. Siempre lo seguíamos. Era alguien a quien seguir. Las puertas de la despensa vibraban en la cocina cuando sus pasos entraban por la puerta. Lo que queda de sus brazos.

Lo seguimos hasta la puerta de su habitación, sabiendo lo que podíamos encontrar. Siempre nos mostraba el trofeo. Pero, ¡era tan pequeña! Tan frágil. Se había deslizado hasta su cama. La vimos allí dormida, completamente desnuda. Ondulaba al respirar. Pude sentir la punzada del tornasol de su piel en el paladar, antes de que Karim nos cerrara la puerta en las narices mientras se bajaba la bragueta. No me dejaron dormir. Karim tenía el colchón en el piso, y yo escuchaba su parquet crujir. Me duele la cabeza ¿Podría apagar alguna luz? Se lo agradezco. Gracias, pero ya no fumo. Entonces sí fumé. Fumé escuchando los gemidos, y cada vez que estuve a punto de dormirme volvían a empezar con la misma intensidad. Pensé que estarían esnifando. Se escuchaba la televisión y la risa de ella y las groserías de Karim.

Al mediodía, sentado a la mesa de la cocina mientras desayunaba una botella de ron, escuché a Karim acercarse hasta la cocina. Entró tambaleándose. Se calentó el café que quedaba del día anterior, apenas podía levantar la taza. “Tronco”, me dijo buscando la botella de agua en la nevera. Me dijo algo más, “que hembra”, se bebió la botella, la llenó en el grifo y se la llevó consigo. Supuse que tendríamos un momento de calma y me metí en mi habitación. Pero escuché a la chica gimiendo otra vez, volvieron a empezar. Philippe dormía con pastillas, era habitual. Y yo intentaba dormir.

La luz del pasillo parpadeó un par de veces debajo de mi puerta. Pensé que, siendo la tarde, Karim la habría despedido. Me entraron ganas de orinar. Salí al pasillo. No había ningún sonido. En todo el edificio. Ningún televisor, ni los ladridos del perro del vecino, ni los pájaros en el alféizar. Nada. Fui al baño. Escuché un sonido que se apagaba, el único sonido que no era mío. En el baño los espejos confunden, lo sé, pero algo acechaba en el pasillo. Algo reptaba. Lo vi por el espejo un segundo después de escuchar ese sonido, desapareció de mi vista en cuanto me giré. Salí del baño y vi la puerta de Karim entreabierta. Había luz, por eso la empujé.

Allí estaba yo, hipnotizado, cuando me preguntó “¿Qué haces aquí?”. Era Karim, a mis espaldas, con cajas de pizzas y refrescos. Tenía ojeras muy profundas y verdosas. Intentaba explicarme mientras salía de su territorio, cuando vi que la puerta de Philippe estaba abierta. “Pequeña”, dijo Karim. Desde la sala, avanzaba hacia nosotros ella. Estaba tragando algo, su cuello se movía porque estaba tragando algo muy grande. “¿Me esperabas?”. Ella asintió con la cabeza. Estaba desnuda y zigzagueaba mientras avanzaba. Nunca vi unas piernas tan delgadas, no era del tipo de Karim. “¿Tienes hambre?”, dijo él abriendo una caja de pizza. Ella dijo que no y empezó a empujarlo con el sexo hacia la habitación. Karim se dejó empujar, fijos sus ojos en ella. “¿Y qué has comido, si se puede saber?”. Entonces, ella miró hacia la puerta de Philippe y dijo “A tu amigo”, y terminó de empujarlo, cerrando la puerta tras ella.

El rostro de Karim, antes de perderlo tras esa puerta. Su rostro. La estaba mirando. Soltó las cajas y el refresco. Pero la puerta se cerró. Y empezaron los gritos ahogados. No sabía qué pensar ¿Qué hubiera hecho en mi lugar? La noche caía, la habitación de Philippe escupía oscuridad y la de Karim empezaba a silenciarse. Esa puerta nunca más se abrió, hasta que los llamé. Pero nunca la vi salir, no me importa lo que me diga, ella entró, y nunca más salió por esa puerta.

Búsquela, volverá a tener hambre.

La Estrella Incólume – Parte III

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Viene de: La Estrella Incólume – Parte II.

 

—A ver. Hijo. Cuando me quedé embarazada tu padre y yo estábamos pasando por una etapa muy dura. Apenas le daban trabajo en la empresa y yo estaba parada, y encima embarazada, así que el dinero era escaso. Y cuando nos enteramos de que lo que venían eran gemelos, se nos cayó el mundo encima. Apenas si podríamos criar a un niño, así que imagínate dos. Estuvimos un tiempo barajando opciones. Al final contactamos con una pareja que no podía tener hijos, y nos ofrecieron treinta mil euros por un bebé. Y se lo dimos. Lo que no supimos es que era… especial. No lo supimos hasta que Estrella tuvo dos años. No hablaba, no reconocía nada, se hacía daño. Entiéndelo, hijo. Gracias a Estrella pudimos criarte con todas las ventajas que un niño pudiera pedir. Yo iba a verla de vez en cuando. Tía Carlota, me llamaba, ay, qué ricura—le pasa la mano su fino pelo negro—…

—Vendiste por treinta mil euros un bebé. Cojonudo, mamá, cojonudo. De verdad, cojonudo. No tengo más adjetivos.

No dejo de pensar en mi infancia, en todos los juguetes, en la tele de plasma del salón, en el armario lleno de DVD’s, en los viajes, en las reformas, todas ellas pagadas con la venta de un bebé.

—¿Y qué coño hacía en Ginecología?

—Eso…—mi madre mira al suelo y traga saliva—. A ver. Sus padres la criaron muy bien.

—¡Sus padres, dice!

—¿Quieres que te lo explique o no? A ver, eso. Sí. Sus padres la criaron muy bien, y aunque es un poco… distinta, sabe cuidarse sola. Sabe andar, dónde están las calles y todo eso. El caso es que hace un par de semanas iba paseando tranquilamente, cuando la asaltaron y la violaron.

Una mascletá de símbolos de interrogación me pasa por la cara.

—El caso es que la violaron—sigue—, y ahora mismo hemos descubierto una noticia estupenda… ¡tu hermana está embarazada!

—No sé de qué puto universo te habrás escapado, mamá, pero en el mío nada, NADA de lo que me has dicho hoy es una buena noticia. Nada. Tú estás mal de la cabeza. ¿Y ella, lo sabe? Estrella, mírame, ¿sabes que estás embarazada? ¿Sabes lo que es un embarazo? ¿Sabes lo que es un bebé? ¿Sabes lo que es la deshonestidad, la avaricia, la lujuria o un aborto? ¿Eh, rica mía, lo sabes?

—¡Jorge!

—Jorge no, mamá, vamos a ver, no sé de qué cojones va todo esto. ¿Qué te esperabas, que saber de repente que mis padres me han tenido engañado toda la vida me iba a hacer gracia?

—No te hemos tenido engañado, sólo no te hemos contado una cosa.

—Vete a tomar por culo, hombre, no me jodas.

—¿Qué pasa, que no te gusta cómo has crecido? Nunca te ha faltado de nada.

—Sí, me ha faltado mi hermana, pero como nunca me ha hecho falta no tengo derecho a quejarme. ¿Es eso lo que quieres decir? Y encima preñada vete tú a saber de quién. Estrella, ¿eres consciente de lo que te han hecho? ¿Eres consciente de algo?

Sus ojos bovinos, se me quedan mirando. Su semblante medio serio se convierte en una sonrisa y mis ojos le devuelven a Estrella una mirada que se empaña: esta vez soy yo quien hunde la cara y empieza a llorar. Estrella me sigue en el llanto y mi madre, nuestra madre nos abraza a ambos y se echa a llorar.

Joder, qué puto cuadro de familia.

—¿Dónde están sus… padrastros?—digo, en cuanto recobro la respiración.

Mi madre niega con la cabeza sobre el hombro de Estrella, que no deja de llorar. Estoy atrapado en un llanto ajeno, enroscado en un abrazo idiota del que no sé si quiero salir. Por mucho que esto no sea mi responsabilidad, en el fondo sí que lo es. Mi madre va a ser abuela. Desde luego, ahí está el fondo del asunto. Tengo que conocer a mi sobrino, y primero, a su madre, y primero, antes de todo eso, antes de empezar a conocer a distintas criaturas poseedoras o no de una consciencia que las mueva, de una consciencia que les diga qué está bien y qué está mal o un raciocinio que les convenza de una o de otra cosa, bueno, antes de todo esto primero tengo que conocerme a mí mismo.

Sopesar todos y cada uno de los momentos de mi vida en los que Estrella estaba en otros lugares y analizar bien qué era lo que estaba sucediendo en la tramoya de mi vida. De momento ya sé quién financió el proyecto de mi existencia, y por qué. Ahora sólo falta saber dónde estaría yo ahora si hubiera tenido una hermana retrasada de la que cuidar.

—Joder, mamá, tienes unos cojones como el caballo del Espartero.

—¿Qué?

—¡Cacahué! ¿A que sí, Estrella, a que sí?

Y será el tono de mi voz, o la cara de idiota que he puesto, o que le estoy haciendo cosquillas, pero Estrella se ríe, y por un momento su risa pesa más que el gilipollismo profundo de que mi madre adolece.

Romance, toma cinco

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Nos topamos de bruces en una calle de Manhattan. Maldita sea mi suerte. Es fortuito, uno de esos momentos que hace que pueda fingir creer en el destino. ¡Pero es que es obra del puñetero destino que nos crucemos después de tres años, dos semanas y un día sin vernos! Soy una calamidad, sin duda, por tener esta memoria y recordar sólo lo peor.

Veréis lo que pensaba antes de chocar contra ella y volcar sobre su pecho un café tall de 7 dólares y un centavo. Un centavo extra para ayudar a un pobre pueblo del Amazonas salvaje que cultiva a precio de risa el mismo café que Starbucks nos inyecta en sangre a precio de oro – maldito marketing –. Antes de cruzarme con ella y tirarla el café tenía en mi mente la imagen de la primera vez que me dejó por otro. Sí, hubo más veces; y, no, me niego a contarlo. El caso es que cuando empezamos a salir – por segunda vez – nos regalé uno de esos paquetes de viajes precocinados. Me costó 150 dólares y era cutre, ¿vale?, pero… ¡es que era demasiado cómodo! No pude evitar comprarlo aunque sólo fuera una caja inútil con un libro de estancias que resultarían más baratas si las buscase por Internet. Ah, un detalle importante. Incluía un número de activación que perdí. De hecho, no fue exactamente así. No lo perdí, ella me lo robó y se llevó al “limpiapiscinas” a esa escapada. Mentira también. Era su compañero de trabajo y desde luego que aprovecharon el jacuzzi. ¡Ya lo creo!

El caso es que, después de esos tres años, dos semanas y un día sin vernos, hago un resumen de lo que fuimos y lo que creíamos ser por entonces. Ella no parece recordar la “anécdota” del viaje que nos regalé – su viaje – así que se lo cuento como si fuera una historia de chico-pierde-chica-a-manos-de-un-colega. Le hablo del viaje en coche que nunca hice, del campo que no pisé, de la casita apartada y vacía que estaba dispuesta para nosotros pero que sólo disfrutaron su amante y ella. 150 dólares a la basura y mi humillación ventilada por toda su oficina. Recuerdo que me moría por acostarme con ella en esa escapada. “Imagina mi decepción,” le digo entre risas. “Y qué casualidad cruzarnos justo ahora que estaba recordando aquel incidente.”

Me mira con desprecio. A cada frase seguida de un silencio incómodo responde seca y cortante, con su media sonrisa falsa, esa mano volando al viento, esa oreja demasiado pequeña, esa cicatriz en el labio… ella, en general. Esa persona fea y deshecha por dentro. La miro y, aún así, pese a todo, sigue preciosa.

Le pregunto por su trabajo. ¿Sigues trabajando con él? – Maldito cerdo –, omito. Pregunto también por su familia. ¿Recibiste mi última carta? Quiero saber si la leyó. Recuerdo nuestra mascota, Terry, el terrier que me regaló para volver conmigo por tercera vez y que me robó después de romper tras la cuarta reconciliación. Por fin pregunto si tiene novio. Me dice que no es asunto mío. Nos ponemos tensos y juego con la taza de café, ya vacía.

El silencio se prolonga demasiado y al final nos despedimos con un nos vemos por ahí. Le digo que se cuide y que seguro, ya nos veremos. De hecho, sé que será pronto porque el destino ha cruzado nuestros caminos de nuevo. ¿La quinta y definitiva reconciliación? A lo lejos, por el horizonte, se aleja ella hasta confundirse con los rascacielos de Manhattan.