La Estrella Incólume – Parte II

Milky_Way

 

Viene de la La Estrella Incólume – Parte I.

 

Antes de llegar a la entrada del hospital cojo por el brazo a una enfermera y le digo que si sabe en qué habitación estaba esta chica, porque no sé interpretar la información de la muñeca, más allá del nombre y del apellido, que no es el mío.

—Sí, estaba en la 27 de Ginecología, pero ya le han dado el alta.

—¿Ginec- -?—la enfermera hace por irse, pero de nuevo le agarro del brazo— ¿No puede quedarse con ella un momento?

—¿Y su tía? Dónde está su—ah, sí, allí viene. ¡Hasta luego!

Me giro para mirar a la tía de Estrella y a quien veo bajar por el pasillo es a mi madre.

—Es esto lo que creo que es, ¿mamá? ¿Una puta engañifa? ¿Y qué es eso de que eres su tía?

—Ay… De verdad, no me esperaba que fueras a reaccionar así, hijo, porque es que no es nada malo tener una hermana… especial, además, que es un amor, ¿a que sí, Estrella?

Cojo aire. Estrella sigue abrazada a mí. Noto cómo la saliva traspasa la tela de mi jersey y me alcanza la piel.

—Comprenderás que después de veintiséis años de existencia el hecho de saber que tengo una hermana gemela de la que no he sabido nada me toca bastante los cojones. Y papa, ¿sabe algo?

—Pues claro que lo sabe.

—Cojonudo, un puto complot. ¿¡Pero tú de qué vas!?

—No lo hemos hecho contra ti, hijo, lo hicimos por ella.

—Más vale que cambies ese tono, mamá. La retrasada es ella, no yo.

—¡Jorge!

—¡Qué! Más vale que me des explicaciones o la vamos a tener muy gorda, tú y yo.

—A ver. Hijo.

[…]

Este relato terminará en la parte III.

La Estrella Incólume – Parte I

Milky_Way

Encajada en torno al raíl curvo de metal pintado se mueve la cuenta que gira, baja sube y cae sobre el montón de cuentecitas que han llegado al final de su recorrido. Un pequeño ábaco con función de parque temático para cuentas que no llevan a ningún sitio. En esta sala de espera me rodean, sentados en los asientos de plástico soldados al metal, diez o doce hombres y mujeres, algunos con sus hijos, otros en pareja, otros con documentos en la mano. Sentado en este taburete tamaño niño, muevo otra cuenta para aliviar la espera.

Levanto la cabeza al ver una presencia por el rabillo del ojo. Mi madre cruza el umbral y extiende el brazo, mirando a alguien que está tras la pared que me bloquea la vista, y hace una señal.

—Aquí está—dice mi madre, siguiendo con la vista a la chica delgaducha que aparece ante ella. La chica me mira, se ríe y acto seguido hunde la cara en el hombro de mi madre, soltando un gritito.

Como siempre, mi madre espera que la sorpresa sea lo suficientemente grande como para ocultar todo lo demás, pero no puedo evitar pensar, aunque sólo la haya visto un instante, en la cara de la chica. Los ojos marrones, las cejas pobladas, la nariz chata, hasta la forma de los dientes; todas sus facciones son extrañamente parecidas a las mías, y aunque ya conozco la respuesta, quiero oírla de sus labios.

—¿Quién es, mamá?—levantándome lentamente del taburete, notando cómo la vista de los demás pacientes me sigue.

—¿No lo sabes?—dice mi madre.

La chica sigue con la cabeza hundida en el hombro de mi madre, y sigue soltando chillidos y gemiditos demasiado parecidos a los de un bebé como para estar saliendo de la boca de una mujer de veintiséis años, que mueve la cabeza, me ve un momento y vuelve a gritar y a hundir la cabeza en el hombro de mi madre.

—Mamá, ¿quién es esta chica?

Intento que el enfado que me está creciendo en el estómago no me rezume por la boca. No sé si lo consigo. Le agarro la cabeza a la chica y gentilmente la giro para mirarla bien a la cara. No hay duda. Es mi hermana gemela. Sus ojos ligeramente estrábicos me miran con una sonrisa ausente de la que cuelga un hilo de baba que, brillante, se le pega en la barbilla. Mi madre tiene un rodal de azul oscuro en su blusa. La chica hace una pedorreta y se deja caer en mi hombro, rodeándome con los brazos. Su cuerpo se enrosca al mío débilmente, y noto sus manos cerrándose en mi espalda con una fuerza extraña.

—Pero qué cojones, mamá, qué cojones…

Mi hermana me estampa un beso húmedo en el cuello, y el frío desagradable de sus babas se me desliza por el interior de la camisa. Sus gemidos y chillidos cobran intensidad.

—¡Le gustas!—dice mi madre.

—¿Dónde hay una enfermera?

—¿Para qué?

—Tú y yo tenemos que hablar.

—Pues hablemos.

—No quiero que se entere.

—Tranquilo, no se va a enterar. Es como una niña pequeña.

—Así que es retrasada.

—¡No digas eso! ¡Siempre igual!

—Mamá, si tiene un déficit mental lo suficientemente grande como para que impida que se entere de una conversación entre dos adultos, es retrasada. Dónde está la enfermera.

—Joder, siempre lo mismo. ¿Es que no te hace ilusión?

Miro alrededor. Algunos pacientes siguen sintonizando el culebrón que se desarrolla delante de sus narices.

—¿Dónde está la puta enfermera?

De repente, el hecho de que estemos en un hospital tiene todo el sentido del mundo.

—De verdad, hijo, que no entiendo por qué te estás poniendo así, si yo sólo quería darte una sorpresa, y que ahora te lo cuento, que sí, pero primero mírala bien. Se llama Estrella, y es tu hermana gemela—mi madre empieza a tocarle la cabeza, y poco a poco sus gemidos se vuelven más y más largos. Su cuerpo se reblandece y sus gritos se convierten en llanto.

—¿Ves? La estás asustando.

—Y tú me estás tocando los cojones cosa mala. Ven, Estrella, vamos a ver a la enfermera.

Pasillo abajo sus pasos torpes se tropiezan con los míos, agarrada como está a mi cuerpo y sin levantar la cabeza.

—¿Sabes cómo me llamo?—le pregunto. Sigue llorando.

—¿Cuántos años tienes?—su respuesta termina en lo que parece una i—. Exacto—le digo—, veintiséis. Es dos veces más que trece.

El perro negro de Churchill

Escultura hiperrealista de Ron Mueck
Escultura hiperrealista de Ron Mueck

Winston escuchó ladrar al perro junto a él. Sabía que estaba tan cerca que, por precaución, no quiso mirarlo a los ojos. Aquella bestia negra lo acosaba en sus momentos más bajos, en sus pesadillas. Pero sabía cómo enfrentarse a él: ignorándolo. Por ese motivo pasó otro buen rato absorto con la mirada puesta en un infinito que atravesaba las hojas de los arbustos agitándose frente a él. El viento hablaba con claridad: “no te levantes del banco, hoy no vayas a dar clase.” El hombre escuchaba al unísono los ladridos y el consejo del viento con los ojos húmedos. Así permanecía Winston Willford, aquel hombre de 53 años, soltero, con un periódico arrugado en su regazo, a las diez de la mañana de un martes en Nueva York.

Apenas unos minutos antes se encontraba leyendo el periódico con la joven Elizabeth McKenzie. Elizabeth solía hablar de sí misma en tercera persona, lo que fascinaba al curioso profesor de Literatura. La chica contaba que sus padres le pusieron el nombre de la protagonista de Orgullo y prejuicio porque era el libro favorito de ambos; porque Elizabeth, es decir, ella, sería una mujer independiente y fuerte. También comentaba que fue al recibir ese nombre cuando se impregnó de la personalidad de la protagonista inglesa. Las reiteradas lecturas posteriores de la famosa obra sólo habían acentuado la parte más romántica de sí misma; en fin, Elizabeth estaba destinada a ser Elizabeth.

Winston y Elizabeth buscaban algo común: enamorarse. Esto estaba a punto de complicarse ya que ella iba a romper la relación. ¿Qué opción tengo de encontrar a un auténtico caballero del siglo XIX si él pertenece al siglo veintiuno?, pensaba ella. Si él fuera más Darcy y menos Willford… Quizás la culpa fuera de la propia Elizabeth por ser hija única. Si tuviera una hermana agraviada, quizás entonces un arrogante Winston Darcy daría prueba de su galantería defendiendo el honor de aquella. En el fondo, si él fuera un hombre más firme en sus ideales, ella sería feliz con él.

Pero Winston era un hombre estúpidamente feliz. Bromeaba a cada momento y era hasta agradable mantener una charla profunda con él a pesar de que fuera profesor de universidad. Por el contrario – y esto era especialmente molesto para Elizabeth -, no había una sola noche en la que el hombre no se levantase al menos dos veces para ir al servicio. Sólo Dios sabe qué ocurría durante la media hora que pasaba encerrado sin hacer un ruido.

Elizabeth McKenzie y Winston Willford, alumna y profesor de universidad, leían juntos el periódico un día cualquiera en Nueva York. Él la quería con todo su corazón. Ella lo apreciaba. Winston la miró a los ojos y sonrió ingenuo, inconsciente de la situación. Pero algo sucedía, ya escuchaba tras él un ruido lejano, gutural, el de una bestia negra que anunciaba un miedo real. Aquel sonido, convertido en un gruñido, se hacía cada vez más nítido, molesto, y pronto sintió la misma presión en los oídos que se siente al subir a un avión. Elizabeth se mordía el labio y torcía la boca con bastante poca elegancia. El profesor notaba su mirada esquiva y tuvo que preguntar.

“¿Te ocurre algo?” Dijo él, aún sintiendo la presión, escuchando a la bestia tras su espalda.

“Winnie…” comenzó ella. “Tenemos que hablar.” Así comenzó la explicación de Elizabeth.

El viento se levantó. De los arbustos surgió una bestia negra. Winston miró a lo lejos mientras la joven frente a él hablaba y lo agarraba ambas manos con suavidad. Pero él no podía escucharla, sólo podía oír el viento agitando las ramas de los árboles de aquel parque de Nueva York.

Voto zombie femenino

 

Voto zombie femenino_Christopher Campbell

La aprobación del voto muerto femenino fue sucedido por cientos de protestas en todas las capitales del mundo. Desde Copenhagen hasta Lima, de Seúl a Terra do Santos. El grito era unánime: Dead women can’t vote! They’re dead! Rezaba la pancarta. Salvando la tautología evidente, el malestar general era considerable.

Todo comenzó con el “Argumento del Zombie.” Desde que el filósofo John Searle promulgase que dicho argumento era improbable y ridículo, decenas de científicos de segunda categoría decidieron emprender una causa personal para demostrar que, efectivamente, podría haber y habría zombies. Para ello retomarían la antigua búsqueda de la chispa de la vida. Escogieron hembras confiando en que su organismo, a pesar de haber fallecido ya en una ocasión, lograría vivir una segunda vez.

Eva fue el nombre de la primera mujer zombie. Rubia, de piel blanca, apergaminada, con unos ojos extremadamente apagados y vítreos. El principal objetivo de los científicos, revivir a un ser humano, estaba cumplido. La segunda meta alcanzada fue dormir su deseo de devorar humanos y, posteriormente, lograron despertar en ella un espíritu propio capaz de razonar como ya hiciera en su primera vida. El único defecto es que cada cierto tiempo también revivía en ella el hambre zombie y la carne humana era su plato principal.

A pesar de ello, Eva llegó a ser una mujer querida por el pueblo, hasta deseada. Sus primeros ligues fueron un cazador sueco que terminó queriendo usarla como diana para sus balas y un cazador de Mali que, de hecho, usó al sueco como presa para alimentar a Eva (A eso se le llama enamorar por el estómago). Este primer experimento terminó fracasando cuando tanto cazador como cazadora murieron a manos del otro.

Hubo nuevos intentos con objetivos diversos: Lissa, la deportista, muerta por un derrame cerebral buceando en Isla Cocos, Costa Rica; Zuetila, mujer fértil pero frágil que se desgarró intentando procrear (primer intento de lograr este ambicioso objetivo); Morelia, la físico especializada en agujeros negros que fue enviada a uno, desapareciendo a las pocas horas de despegar en extrañas circunstancias. La nave desapareció y surgieron dos versiones acerca del hecho: por un lado, se comenta que devoró a sus compañeros de expedición y, por otro, se sugiere que pudo haber regresado en el tiempo a través del agujero negro para detener, en otra realidad, su propia “resurrección zombie.”

Muchos científicos, por el mero afán de demostrar enrevesadas teorías erótico-festivas sobre el comportamiento de las criaturas, decidieron convertirse en coballas para copular gratis y sin invitar al menos a una copa. Resultado: mordiscos, infecciones e infectados y muertes horrendas. Era repugnante. ¡Incluso llegaron a usarlas en propaganda de lencería femenina! La línea Suspender belt Z de ligueros y otras prendas. ¿Se imaginan un ejército de atractivas mujeres zombie – de cuerpo entero y rostros sin demacrar – dispuestas a seducir a clientes enajenados y comestibles? Causaba pavor.

Tras varios años, la población de mujeres zombie triplicó su número.

Volviendo a las protestas el dilema era el siguiente: la ciudadanía femenina zombie había alcanzado un 10% total del censo mundial (según estadísticas del INE, el FMI y Facebook). Estas mujeres zombie, con capacidad cerebral plena y asumiendo su papel destacado en el mundo, consideraron su propia resurrección como un acto profundamente inmisericorde, incluso machista, obra de científicos trastornados de Nebraska y California.

En Estados Unidos los científicos que aún estaban lo suficientemente cuerdos protestaron contra la creación de nuevas mujeres zombie. Se formalizaron en plataforma y lanzaron una propuesta Anti-Zombie que llegó al Congreso y fue aprobada por unanimidad. Durante la votación, el representante de un prestigioso Instituto de Tecnología que votó a favor de la vida zombie, al perder, se desgarró la bata y se lanzó en picado contra los representantes de los anti-zombies.

Las mujeres zombie se unieron para defender sus derechos. Ganaron su derecho a votar, lo que provocó un resurgir en la política del país y del mundo. Hubo innumerables marchas en ambos bandos. En las protestas en contra de su voto las pancartas rezaban Dead women can’t vote! They’re dead!, y en las marchas pro-zombie había rimas sonoras como: ¡más vale una mujer zombie que cien tíos de Abercrombie!, pero en todas las manifestaciones había algo común: salvas y proclamas cada vez más agresivos. Desde luego que hubo disturbios, gases lacrimógenos, balas de goma, perdigones y lanzallamas. Todo el mundo se volcó en esta lucha de derechos.

El frente que se abría delante de ellos era una incógnita. ¿Derrocarían a la plataforma zombie? ¿O, por el lado contrario, podría incluso llegar a haber una presidenta zombie? El futuro era un misterio pero, mientras todo esto sucedía, algo cambiaba en el ambiente. Las mujeres zombie sentían la emoción de estar en grupo y, como un lobo que huele la sangre, percibían lo fácil que sería extender el brazo y devorar aquella jugosa carne humana. La pregunta es, ¿Quién sería la primera?

Heart(h) Song – Parte 2

Girl by Julia Caesar

—¿Tienes Twitter?—preguntó ella.

—No. Prefiero los pájaros de verdad.

—¿Facebook?

—No. Prefiero las caras de verdad.

—¿Instagram?

Aquel tipo sacudió la cabeza.

—No me gustan los filtros.

—Entonces me voy, que no quiero molestarte.

Un paso, y otro paso, y otro paso en dirección a sus amigas, pasos posteriores a un giro de cabeza que le movió todo el pelo. Tenía buen culo aunque pocas caderas.

—No me molestas. Es sólo que la vida moderna me interesa poco.

Podría invitarla a tomar un café, o al recital de poesía al que acudiría aquella noche a escuchar a sus amigos del círculo de escritores, o al concierto que tenía la semana siguiente, pero no le gustaba hacerse publicidad. Por eso siempre tocaba bajito.

Aquella chica se dio la vuelta una vez más, parando un instante, y en su sonrisa educada aquel tipo vio que la chica no comprendía nada.

—Vete al campo, entonces.

Al no responderle, aquel tipo le concedió la victoria. Me iría al campo, pensó, si fuera mejor que la ciudad. Pero sólo los árboles son mejores que los edificios, sólo los bosques son más interesantes que las junglas de cristal y la música es una de los millones de cosas mejores que las redes sociales.

This is me falling apart
this is me shredded to pieces
this is who I am becoming,
this is me, singing to trees
this is me, looking at birds
this is me, extricated from your absurd reality
of mores and rules and blind fireworks
not looking at screens
not looking at you
because there is nothing to see.
Singing on branches,
falling to pieces,
flinging the ashes
of the bygone times and timely byproducts
of this post-industrial society.

Se me ha ido la pinza con la letra, pensó aquel tipo mientras se sacaba la libreta del pecho y anotaba las notas con que aquella melodía le había arañado los silbidos, melodía que tocar en dos acordes de los que sólo el dedo corazón se movía, un, dos, tres cuatro, un dos tres y vuelta a empezar, cambiando el ritmo con la mano derecha y las notas con la izquierda, como se toca la guitarra.

Sólo cuando terminó de apuntar se dio cuenta de que las chicas seguían mirándole, allí, debajo del árbol, y posiblemente pensaran que estaba escribiendo sobre ellas. Así es la femineidad moderna, pensó, despechada y ombliguista. Así es todo hoy en día.

Y allí se quedó un rato, aquel tipo, esperando a que de nuevo apareciera un verderón, o un jilguero, que canturreara en las ramas de un árbol, aunque lo que de verdad aquel tipo quería ver cantando en la rama de un árbol era un cuervo negro y obscenamente grande, cantando con la voz grave de los cuervos, voz que se asociaba a la muerte y al mal agüero pero que a él, por su simple ausencia, siempre se le había antojado dulce y misteriosa, negra como sus plumas, negra como su sombra, negra como la guitarra que llevaba al hombro, canción de cuervos que acoplar a su guitarra y cantar con su voz de cuervo, grave, lenta, bajita, lejos del optimismo que se esperaba de un guitarrista en medio de un parque, lejos del optimismo veraniego de los anuncios de cerveza, lejos de todo lo que no fueran dedos, que no fueran cuerdas, que no fueran pájaros deshilachándose en canción.

Nunca

Nunca

 

Dos figuras atraviesan el jardín; una detrás de la otra. La muchacha que va delante, abstraída, no se ha percatado aún de la silueta que la sigue en silencio.

-Alba.

La chica, sobresaltada, se vuelve para contemplar a su interlocutor: un joven serio de cabello pajizo.

-Miguel, qué susto me has dado.

-Perdona- murmura, acercándose a ella de manera sutil -, estaba paseando y te he visto de lejos.

-¿Dónde están los demás?- pregunta ella automáticamente.

-Deben estar cenando todavía.

-¿Tú ya has cenado? No te he visto en el comedor.

-No tenía hambre.

Hay un silencio entre ellos, mientras la mirada de Miguel permanece fija en el inalterable rostro de la joven. Ella comienza a andar de nuevo.

-¿Te importa si paseo contigo?- pregunta él, ajustando su paso al de Alba –Creo que íbamos en la misma dirección.

-No me importa.

Otra vez se produce un silencio, que es roto nuevamente por Miguel.

-No sé qué me ocurre hoy, me siento deprimido, sin ganas de hacer nada. ¿Tú crees que es debido al aire del sur?

-Tal vez. Ricardo también se sentía cansado esta mañana, cuando llegamos.

-Pero lo mío no es cansancio físico, se trata de una dimensión más psicológica.

-Entonces no sé.

-Alba.

-Qué.

-¿Te molesta que te cuente estas cosas?

-No, no me molesta- responde ella, sin mirarlo -. Pero yo no puedo ayudarte.

-Me ayudas simplemente con escucharme.

Ella no contesta. Miguel sigue hablando.

-¿Recuerdas esa fuente? El otro día me estaba acordando de cuando vinimos por primera vez. Yo no te conocía por entonces.

-Hace mucho tiempo de eso.

-Sí, pero yo todavía me acuerdo. ¿Tú no?

-Hace frío- dice ella, variando la dirección de sus pasos.

-Un poco. Por aquí, de noche refresca. ¿Vuelves dentro?

-Tengo frío.

-Yo también, un poco. Gracias por escucharme, Alba.

-De nada.

-Me siento mejor por haber hablado contigo.

La muchacha vuelve a guardar silencio, y Miguel la mira un instante antes de volver a hablar.

-¿Tú te sientes bien? Quiero decir… ¿eres feliz aquí?

Ella se detiene y le mira a los ojos, por primera vez.

-Miguel- dice –No te quiero y no voy a quererte nunca, ¿entiendes? Ni siquiera siento nada por ti, me aburres; He intentado ser tu amiga, al principio. Pero no me lo has puesto fácil con tus absurdas esperanzas.

Hay un silencio. A continuación, Alba echa a andar hacia la casa, mientras Miguel continúa parado en el mismo sitio.

Dieciséis

Sleeping Beauty

A los dieciséis años, Isabel aún creía que su Príncipe Azul estaba a punto de aparecer. Pero debía hacer algo, porque en los cuentos los príncipes azules no llegan si no corre peligro la vida de su amada. Supongo que por entonces no teníamos ninguna malvada hechicera a mano, e Isabel tuvo que buscarse la vida en ese aspecto.

Todavía me parece verla en el pupitre de delante, con su camiseta azul y el pelo desparramado sin orden sobre los hombros, levantando el dedo corazón de la mano derecha y sujetando un portaminas con la izquierda. Nerea, que se sentaba a mi lado, me miraba con extrañeza. La misma que debían reflejar mis ojos.

-¿Qué hace? –me susurró.

-Ni idea.

La verdad es que estábamos acostumbradas a las cosas raras de Isabel. Pero todavía no habíamos perdido la capacidad de sorprendernos.

El chirrido de la tiza sobre la pizarra me hizo maldecir en voz baja. Nunca he podido soportar ese sonido. Nos sentábamos en última fila, pero aún así…

-Alisa y Nerea –dijo el profesor-, ¿es que no puede pasar una clase sin que tenga que llamaros la atención?

-Lo siento –se disculpó Nerea, con su clásica vocecilla de yo no he roto un plato, e inmediatamente me dirigió una mirada recelosa por detrás de sus gafas de montura al aire, como si fuera la culpable.

-La próxima vez os cambio de sitio –amenazó el profesor.

Habíamos escuchado la misma amenaza dos veces esa semana, y algunas más ese mes. Rufino andaba ya cerca de la jubilación y, junto con las ganas, también iba perdiendo autoridad. A mí me caía bien, a pesar de todo. Podía regañarte un montón de veces, pero nunca tomaba medidas de verdad. Por eso, cuando llegaba la hora de Sociales, resultaba inevitable relajarse, y nunca faltaba el típico graciosillo que hacía la clásica pregunta –entre dientes, por supuesto- de cuándo nos iba a invitar a comer langostinos. Pobre hombre. Al fin y al cabo, sus padres no le debían querer mucho cuando le llamaron Rufino…

Pero bueno, estoy empezando a divagar. Centrémonos en el momento en que Nerea apartó por fin la mirada de mí para volver a fijarla en Isabel. Yo hice lo mismo, y me sorprendió verla en la misma postura que hacía unos minutos. Entonces miró el reloj, que llevaba puesto en la muñeca izquierda, y suspiró. Miré el reloj también. Eran las once de la mañana, las once en punto.

De repente, Isabel llevó la yema de su dedo hasta la afilada punta del portaminas, y la dejó allí unos segundos. Después volvió a repetir la operación una segunda vez, y una tercera. Nerea no pudo contenerse, y le dio unos toquecitos en la espalda para llamar su atención. Isabel dejó lo que fuese que estuviera haciendo y volvió la cabeza hacia nosotras.

-¿Qué narices haces? –le preguntó Nerea.

A mí me había entrado una risita nerviosa, y sabía que, en cualquier momento, Rufino volvería a regañarnos.

Isabel dibujó una amplia sonrisa en sus labios, una sonrisa de niña pequeña; y respondió, con los ojos brillantes:

-Son las once en punto. Acabo de cumplir dieciséis años. Eso significa que hoy, antes de que el sol se ponga, me pincharé el dedo con el huso de una rueca y caeré hechizada en un profundo sueño del que solo me salvará un beso de amor verdadero. Como un huso es muy difícil de encontrar, he pensado que un portaminas podría valer… ya sabéis, también pincha.

Heart(h) Song – Parte 1

Girl by Julia Caesar

 This is who I am becoming,
this is me know.
This is who I’ll be forever
and forever I’ll be gone

And this is me, falling apart, this is
me shredded to pieces
yet living in another dimension
yet ready for the things to come.

And this is me, falling apart, this is
me shredded to pieces
yet living in another dimension
yet ready for the things to come.

Cuando termina se levanta del césped, se estira los pantalones y desliza la correa hasta que la guitarra le queda tras la espalda como si llevara una mochila en un solo hombro. Así camina hacia la salida, tarareando la melodía que acababa de tocar, más para sí mismo que para nadie más, en la soledad que le proporcionaba estar entre la muchedumbre que iba y venía con helados, y se tiraba agua y llevaban poca ropa por aquel parque de verano.

Muchas parejas jóvenes se tumbaban a retozar, a morrearse y a meterse mano, pero aquel tío sólo se llevaba su guitarra y tocaba muy bajito; sus dedos sólo penetraban la dulce membrana que separaba el aire de la música para dejarse caer a la melodía que se inventaba sobre la marcha. Aún estaba por conocer a la tía que pudiera ofrecerle más que la música, y como nada es más parecido a una cosa que esa misma cosa se llevaba a su guitarra más para entretenerse que para entretener. Como pasa en todos los noviazgos.

Pensaba en las diferentes interpretaciones que podrían tener las letras de sus canciones hechas por personas diferentes. ¿A qué puntos llegarían en común? ¿Por qué? ¿Se podría llegar crear una letra absolutamente neutra? This is me falling apart, había dicho en la canción, había anotado en la libreta que llevaba guardada en el bolsillo del pecho, sí, falling apart pero estaba de puta madre, aquel tipo de la guitarra al hombro, tanto física como mental como económicamente. Y encima no tenía hambre.

Las nubes estaban totalmente ausentes y dolía el sol en los ojos, pero no si caminabas bajo los árboles. Total, tampoco había nubes que mirar, así que aquel tipo de la guitarra al hombro y la libreta en el pecho y las manos en los bolsillos daba pasos tranquilos al son de los silbidos a través de las sombras verdes de las hojas de los árboles.

Yet ready for things to come, aunque nunca pasaba nada. A él no le pasaba nada, a aquel tipo, sino que él era siempre el agente activo de todas las frases que decía. Nadie le hablaba, nadie le llamaba, nadie le miraba por la calle. Era mejor así, se decía, pues toda compañía que pudiera necesitar la llevaba colgada al hombro.

Enganchado en una rama baja de un olmo, un pájaro amarillo, quizás un verderón o un jilguero, se hundía el pico debajo de un ala, arrancándose plumas deshiladas, mirando de lado a todas partes antes de proseguir con su acicalamiento.

—¿Es eso una guitarra?—dijo la voz de una chica.

El tipo aquél no dejaba de mirar al pájaro.

—Sí.

En el silencio concurrido del parque, el pájaro seguía quitándose plumas.

—¿Me tocas algo?

Aquel tipo ignoró todas las esquinas y calles de doble sentido que se le podían sacar a aquella frase.

—Nope.

De pie bajo los árboles, la brisa movió las hojas y un rayo de luz le dio en la cara a aquel tipo, y cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la sombra, el pájaro ya no estaba.

—¿Por qué?

Aquel tipo se encogió de hombros y bajó la barbilla para mirar a aquella chica. Era delgada y de pocas curvas, cara redonda y moreno pelo lacio que se le abría en dos en la frente. Llevaba puesto un top verde de seda estampado de flores, vaqueros muy cortos que dejaban ver sus finas piernas y un collar ancho de piedras turquesa engastadas en madera. Sus grandes ojos azules esperaban una respuesta. Aquel tipo vio que a unos cincuenta metros, tres chicas cuchicheaban y miraban en su dirección. Amigas de aquella chica, sin duda.

—Porque ya tienes compañía. Porque ya tengo compañía. Porque ya me iba. Porque, porque, porque, pero en el fondo no hay razón.

Su mirada se frunció por un instante, más que suficiente para ver que la decepción había cubierto de gris la ilusión y la curiosidad que habían movido los pasos de aquella chica aparentemente inocente a hablar con aquel tipo desconocido. Música, aquella chica sólo quería oír música, pero él no tenía ganas de tocar y aquella chica seguía allí de pie.

Si el frío nos alcanza

 

Island_JonOttosson

“Tira tú,” susurró mi hermana.

“No, tú, a ti nunca te dice nada.”

La bola de nieve voló sobre el cubo de basura y golpeó en el abrigo del vecino. Los dos nos escondimos tras el coche y aguardamos en silencio. Pasados los cinco primeros segundos, ella sacó lentamente su cabeza para mirar. Estaba tan absorta que sentí la necesidad de tirar de su brazo para comprobar que seguía allí conmigo. Aún así, no quería agacharse así que, como buen compañero en pleno campo de batalla, la agarré del pelo oscuro y la obligué a esconderse.