Dieciséis

Sleeping Beauty

A los dieciséis años, Isabel aún creía que su Príncipe Azul estaba a punto de aparecer. Pero debía hacer algo, porque en los cuentos los príncipes azules no llegan si no corre peligro la vida de su amada. Supongo que por entonces no teníamos ninguna malvada hechicera a mano, e Isabel tuvo que buscarse la vida en ese aspecto.

Todavía me parece verla en el pupitre de delante, con su camiseta azul y el pelo desparramado sin orden sobre los hombros, levantando el dedo corazón de la mano derecha y sujetando un portaminas con la izquierda. Nerea, que se sentaba a mi lado, me miraba con extrañeza. La misma que debían reflejar mis ojos.

-¿Qué hace? –me susurró.

-Ni idea.

La verdad es que estábamos acostumbradas a las cosas raras de Isabel. Pero todavía no habíamos perdido la capacidad de sorprendernos.

El chirrido de la tiza sobre la pizarra me hizo maldecir en voz baja. Nunca he podido soportar ese sonido. Nos sentábamos en última fila, pero aún así…

-Alisa y Nerea –dijo el profesor-, ¿es que no puede pasar una clase sin que tenga que llamaros la atención?

-Lo siento –se disculpó Nerea, con su clásica vocecilla de yo no he roto un plato, e inmediatamente me dirigió una mirada recelosa por detrás de sus gafas de montura al aire, como si fuera la culpable.

-La próxima vez os cambio de sitio –amenazó el profesor.

Habíamos escuchado la misma amenaza dos veces esa semana, y algunas más ese mes. Rufino andaba ya cerca de la jubilación y, junto con las ganas, también iba perdiendo autoridad. A mí me caía bien, a pesar de todo. Podía regañarte un montón de veces, pero nunca tomaba medidas de verdad. Por eso, cuando llegaba la hora de Sociales, resultaba inevitable relajarse, y nunca faltaba el típico graciosillo que hacía la clásica pregunta –entre dientes, por supuesto- de cuándo nos iba a invitar a comer langostinos. Pobre hombre. Al fin y al cabo, sus padres no le debían querer mucho cuando le llamaron Rufino…

Pero bueno, estoy empezando a divagar. Centrémonos en el momento en que Nerea apartó por fin la mirada de mí para volver a fijarla en Isabel. Yo hice lo mismo, y me sorprendió verla en la misma postura que hacía unos minutos. Entonces miró el reloj, que llevaba puesto en la muñeca izquierda, y suspiró. Miré el reloj también. Eran las once de la mañana, las once en punto.

De repente, Isabel llevó la yema de su dedo hasta la afilada punta del portaminas, y la dejó allí unos segundos. Después volvió a repetir la operación una segunda vez, y una tercera. Nerea no pudo contenerse, y le dio unos toquecitos en la espalda para llamar su atención. Isabel dejó lo que fuese que estuviera haciendo y volvió la cabeza hacia nosotras.

-¿Qué narices haces? –le preguntó Nerea.

A mí me había entrado una risita nerviosa, y sabía que, en cualquier momento, Rufino volvería a regañarnos.

Isabel dibujó una amplia sonrisa en sus labios, una sonrisa de niña pequeña; y respondió, con los ojos brillantes:

-Son las once en punto. Acabo de cumplir dieciséis años. Eso significa que hoy, antes de que el sol se ponga, me pincharé el dedo con el huso de una rueca y caeré hechizada en un profundo sueño del que solo me salvará un beso de amor verdadero. Como un huso es muy difícil de encontrar, he pensado que un portaminas podría valer… ya sabéis, también pincha.

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Madrid, 1989. Autora del poemario "Los despertares" (Ediciones de la Torre, 2014) y del ensayo "El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock" (Líneas Paralelas, 2014).
Licenciada en Periodismo por la Universidad Carlos III y Doctora en Literatura española por la Universidad Complutense en 2015, posee además los másteres de Literatura española y Formación del profesorado en Lengua y Literatura por la Universidad Complutense.
Su obra poética y en prosa ha recibido varios galardones, como el Primer Premio del VII Certamen de Poesía Rafael Morales en 2008, el Primer Premio de Relato de la Universidad Carlos III en 2010 y el Primer Premio del VI Certamen Literario de Cadena SER Madrid Sur.
Marina es miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.