El perro negro de Churchill

Escultura hiperrealista de Ron Mueck
Escultura hiperrealista de Ron Mueck

Winston escuchó ladrar al perro junto a él. Sabía que estaba tan cerca que, por precaución, no quiso mirarlo a los ojos. Aquella bestia negra lo acosaba en sus momentos más bajos, en sus pesadillas. Pero sabía cómo enfrentarse a él: ignorándolo. Por ese motivo pasó otro buen rato absorto con la mirada puesta en un infinito que atravesaba las hojas de los arbustos agitándose frente a él. El viento hablaba con claridad: “no te levantes del banco, hoy no vayas a dar clase.” El hombre escuchaba al unísono los ladridos y el consejo del viento con los ojos húmedos. Así permanecía Winston Willford, aquel hombre de 53 años, soltero, con un periódico arrugado en su regazo, a las diez de la mañana de un martes en Nueva York.

Apenas unos minutos antes se encontraba leyendo el periódico con la joven Elizabeth McKenzie. Elizabeth solía hablar de sí misma en tercera persona, lo que fascinaba al curioso profesor de Literatura. La chica contaba que sus padres le pusieron el nombre de la protagonista de Orgullo y prejuicio porque era el libro favorito de ambos; porque Elizabeth, es decir, ella, sería una mujer independiente y fuerte. También comentaba que fue al recibir ese nombre cuando se impregnó de la personalidad de la protagonista inglesa. Las reiteradas lecturas posteriores de la famosa obra sólo habían acentuado la parte más romántica de sí misma; en fin, Elizabeth estaba destinada a ser Elizabeth.

Winston y Elizabeth buscaban algo común: enamorarse. Esto estaba a punto de complicarse ya que ella iba a romper la relación. ¿Qué opción tengo de encontrar a un auténtico caballero del siglo XIX si él pertenece al siglo veintiuno?, pensaba ella. Si él fuera más Darcy y menos Willford… Quizás la culpa fuera de la propia Elizabeth por ser hija única. Si tuviera una hermana agraviada, quizás entonces un arrogante Winston Darcy daría prueba de su galantería defendiendo el honor de aquella. En el fondo, si él fuera un hombre más firme en sus ideales, ella sería feliz con él.

Pero Winston era un hombre estúpidamente feliz. Bromeaba a cada momento y era hasta agradable mantener una charla profunda con él a pesar de que fuera profesor de universidad. Por el contrario – y esto era especialmente molesto para Elizabeth -, no había una sola noche en la que el hombre no se levantase al menos dos veces para ir al servicio. Sólo Dios sabe qué ocurría durante la media hora que pasaba encerrado sin hacer un ruido.

Elizabeth McKenzie y Winston Willford, alumna y profesor de universidad, leían juntos el periódico un día cualquiera en Nueva York. Él la quería con todo su corazón. Ella lo apreciaba. Winston la miró a los ojos y sonrió ingenuo, inconsciente de la situación. Pero algo sucedía, ya escuchaba tras él un ruido lejano, gutural, el de una bestia negra que anunciaba un miedo real. Aquel sonido, convertido en un gruñido, se hacía cada vez más nítido, molesto, y pronto sintió la misma presión en los oídos que se siente al subir a un avión. Elizabeth se mordía el labio y torcía la boca con bastante poca elegancia. El profesor notaba su mirada esquiva y tuvo que preguntar.

“¿Te ocurre algo?” Dijo él, aún sintiendo la presión, escuchando a la bestia tras su espalda.

“Winnie…” comenzó ella. “Tenemos que hablar.” Así comenzó la explicación de Elizabeth.

El viento se levantó. De los arbustos surgió una bestia negra. Winston miró a lo lejos mientras la joven frente a él hablaba y lo agarraba ambas manos con suavidad. Pero él no podía escucharla, sólo podía oír el viento agitando las ramas de los árboles de aquel parque de Nueva York.

Madrid, 1989. Autor del poemario inédito "VictorioSOS" y de numerosos relatos, además de un libro que se encuentra actualmente en proceso.
Graduado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid, posee un Máster de Bases de Datos y Programación. Actualmente trabaja como consultor en un proyecto de Business Intelligence.
Habla de la inquietud y curiosidad de personas comunes; también de emigrantes y viajes. En sus textos desgrana el alma de las grandes ciudades mediante habitantes anónimos que adquieren protagonismo.
Creador del proyecto galgoentropico.com y miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.