William Iven

La continuidad de los jardines postmodernistas

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Imagínate un asiento.

Mejor dicho, imagínate sentado. O sentada.

Puede ser un colchón de plumas rodeado de cojines, con seis varillas de incienso clavadas en un bote de arena delante de un altar con seis velas a Vasudhara. O el asiento plegable de madera de una mesa de universidad. O la roca fría y húmeda de una peña frente a un río que discurre tranquilo por un valle lejano brillando con el refulgir de las gemas preciosas.

Imagínate un asiento.

Miras al frente, respirando hondo.

Son las once de la mañana. Llevas una hora de clase y aún queda otra por delante.

El atardecer tiñe de rosa las nubes deshilachadas sobre los rascacielos.

El traqueteo del metro mece tu cuerpo poco a poco. Los reflejos de caras cansadas de ojos bovinos centellean en la oscuridad de los cristales.

Tu día acaba de comenzar. O está terminando. En cualquier caso, paces tranquilo en el sitio, aceptando lo que ves como una parte más de tu rutina diaria. Entran y salen los pensamientos con el entrar y salir del tren por las estaciones, del aire en tus pulmones, de la gente en la clase, del humo a la habitación y de la habitación en tu rutina.

En cualquier caso, estás sentado, y miras.

Te dejas arrebatar por el fluir pesado y cansino de la comodidad que aletarga tus huesos y abotaga tu mente con el dulce placer semisólido de la respiración tranquila. La compra está hecha, los deberes acabados y la casa espera en alguna parte que no es esta.

Una uña de Vasudhara parece estar más descolorida que el resto de la misma mano. Una mujer pálida de ojos cansados mira a la profesora dándole toda su atención. Un águila desciende en espiral hacia el valle. El caso es que no puedes dejar de mirar.

Ves las microvetas de la madera ondulando por la superficie de la uña roja conformando lo que podrían ser letras de un alfabeto aún por inventarse, y la mujer pálida suspira con penas que sólo ella conoce y jamás dirá en voz alta, mientras el águila extiende sus garras y atrapa una culebra que se retuerce inútilmente esperando engañar a la muerte de un pico que le arranca la cabeza y vuelve a remontar el vuelo.

Te dejas arrebatar por el hambre ajena de la profesora que habla de las estructuras socioculturales que permitieron la incursión de Nacionalsocialismo en todos los estratos de la Alemania de entreguerras, y notas, sin dejar de prestar toda tu atención a lo que tienes delante, la pulsión creciente de una ingle que se excita al imaginarte rozando con tu lengua sus caderas, notando el escalofrío progresivo de la piel rogando estar en carne viva, pelada como una cabeza de serpiente.

No dejas de imaginarte volando ante Vasudhara rindiéndole toda tu pleitesía al águila que acaricia con su vuelo la piel de la tristeza oscura de un túnel que no termina de desembocar en la luz falsa de una estación subterránea, y cuando te quieres dar cuenta, vuelves a oír a la profesora. Vuelves a ver las caras reflejadas en los cristales. Vuelves, vuelves al jardín sin flores de tu propia rutina, y te das cuenta de que, al fin y al cabo, un texto es sólo un texto y tú tienes aún muchas cosas que hacer.

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Agile and somewhat pompous human by nature and writer by choice. Making a living in Spain, trying not to be overcome by the swaying of the moon and the turning of the wheel venting off the gathered steam. WInner of no prizes, mentioned by a total of zero reviewers, I try to participate in as many literary, musical and pictoric projects as I can. That's exactly why I never finish anything. Things should always strive for eternity: after all, what shall last one, will take one to make.