Greg Rakozy

La Estrella Incólume – Parte I

Milky_Way

Encajada en torno al raíl curvo de metal pintado se mueve la cuenta que gira, baja sube y cae sobre el montón de cuentecitas que han llegado al final de su recorrido. Un pequeño ábaco con función de parque temático para cuentas que no llevan a ningún sitio. En esta sala de espera me rodean, sentados en los asientos de plástico soldados al metal, diez o doce hombres y mujeres, algunos con sus hijos, otros en pareja, otros con documentos en la mano. Sentado en este taburete tamaño niño, muevo otra cuenta para aliviar la espera.

Levanto la cabeza al ver una presencia por el rabillo del ojo. Mi madre cruza el umbral y extiende el brazo, mirando a alguien que está tras la pared que me bloquea la vista, y hace una señal.

—Aquí está—dice mi madre, siguiendo con la vista a la chica delgaducha que aparece ante ella. La chica me mira, se ríe y acto seguido hunde la cara en el hombro de mi madre, soltando un gritito.

Como siempre, mi madre espera que la sorpresa sea lo suficientemente grande como para ocultar todo lo demás, pero no puedo evitar pensar, aunque sólo la haya visto un instante, en la cara de la chica. Los ojos marrones, las cejas pobladas, la nariz chata, hasta la forma de los dientes; todas sus facciones son extrañamente parecidas a las mías, y aunque ya conozco la respuesta, quiero oírla de sus labios.

—¿Quién es, mamá?—levantándome lentamente del taburete, notando cómo la vista de los demás pacientes me sigue.

—¿No lo sabes?—dice mi madre.

La chica sigue con la cabeza hundida en el hombro de mi madre, y sigue soltando chillidos y gemiditos demasiado parecidos a los de un bebé como para estar saliendo de la boca de una mujer de veintiséis años, que mueve la cabeza, me ve un momento y vuelve a gritar y a hundir la cabeza en el hombro de mi madre.

—Mamá, ¿quién es esta chica?

Intento que el enfado que me está creciendo en el estómago no me rezume por la boca. No sé si lo consigo. Le agarro la cabeza a la chica y gentilmente la giro para mirarla bien a la cara. No hay duda. Es mi hermana gemela. Sus ojos ligeramente estrábicos me miran con una sonrisa ausente de la que cuelga un hilo de baba que, brillante, se le pega en la barbilla. Mi madre tiene un rodal de azul oscuro en su blusa. La chica hace una pedorreta y se deja caer en mi hombro, rodeándome con los brazos. Su cuerpo se enrosca al mío débilmente, y noto sus manos cerrándose en mi espalda con una fuerza extraña.

—Pero qué cojones, mamá, qué cojones…

Mi hermana me estampa un beso húmedo en el cuello, y el frío desagradable de sus babas se me desliza por el interior de la camisa. Sus gemidos y chillidos cobran intensidad.

—¡Le gustas!—dice mi madre.

—¿Dónde hay una enfermera?

—¿Para qué?

—Tú y yo tenemos que hablar.

—Pues hablemos.

—No quiero que se entere.

—Tranquilo, no se va a enterar. Es como una niña pequeña.

—Así que es retrasada.

—¡No digas eso! ¡Siempre igual!

—Mamá, si tiene un déficit mental lo suficientemente grande como para que impida que se entere de una conversación entre dos adultos, es retrasada. Dónde está la enfermera.

—Joder, siempre lo mismo. ¿Es que no te hace ilusión?

Miro alrededor. Algunos pacientes siguen sintonizando el culebrón que se desarrolla delante de sus narices.

—¿Dónde está la puta enfermera?

De repente, el hecho de que estemos en un hospital tiene todo el sentido del mundo.

—De verdad, hijo, que no entiendo por qué te estás poniendo así, si yo sólo quería darte una sorpresa, y que ahora te lo cuento, que sí, pero primero mírala bien. Se llama Estrella, y es tu hermana gemela—mi madre empieza a tocarle la cabeza, y poco a poco sus gemidos se vuelven más y más largos. Su cuerpo se reblandece y sus gritos se convierten en llanto.

—¿Ves? La estás asustando.

—Y tú me estás tocando los cojones cosa mala. Ven, Estrella, vamos a ver a la enfermera.

Pasillo abajo sus pasos torpes se tropiezan con los míos, agarrada como está a mi cuerpo y sin levantar la cabeza.

—¿Sabes cómo me llamo?—le pregunto. Sigue llorando.

—¿Cuántos años tienes?—su respuesta termina en lo que parece una i—. Exacto—le digo—, veintiséis. Es dos veces más que trece.

mm

Agile and somewhat pompous human by nature and writer by choice. Making a living in Spain, trying not to be overcome by the swaying of the moon and the turning of the wheel venting off the gathered steam. WInner of no prizes, mentioned by a total of zero reviewers, I try to participate in as many literary, musical and pictoric projects as I can. That's exactly why I never finish anything. Things should always strive for eternity: after all, what shall last one, will take one to make.