Moonface

Cara_Luna_Mark_Daynes

 

‹‹Léelo››. La mujer le tira el prospecto a la cara aunque sabe que él no puede cogerlo. Está atado de pies y manos. ‹‹Mira la cara que se te ha puesto con tanta pastilla. Y ahora, ¿qué?››

Mick, que en realidad se llama Mihal, tiene el rostro tan hinchado como una patata roja y se ha puesto a toser soltando unos gargajos que quedan atrapados en la boca. La lengua forcejea intentando abrirse paso bajo la mordaza.

‹‹Es por los esteroides o lo que sea que tomes con tus amigotes, los rusos››

Las consecuencias son, evidentemente, embarazosas. El hombre de cuarenta años tiene el rostro inflamado. Es un efecto secundario, no peligroso, sino más bien desagradable, que se conoce como…

‹‹Cara de luna››. La mujer recoge el prospecto del suelo y lo lee: ‹‹retención de líquidos, hipertensión, insomnio, dolor de cabeza, rubor… ¡Rubor! No me digas que no es ridículo. Pero esto… mi pequeña Calzaslargas. Así nadie te va a tomar en serio››. Le agarra los mofletes. Mick es un hombre corpulento con cuerpo de gimnasio. Normalmente, también es un hombre libre y con muy mal humor. Pero ahora mismo todo lo que puede hacer es agitar la cabeza intentando librarse de la tela que le cubre la boca.

‹‹Si te quito ese trapo, ¿vas a explicarme cómo te has dejado cazar?›› Él agita la cabeza de arriba abajo. ‹‹Está bien, pero sin juegos››. La mujer le quita la mordaza, gesticulando con asco.

‹‹Joder, María, ¡me quieres desatar de la silla! Mi pica toda la cara, deja que me rasque, por favor. Y luego le meto una paliza al imbécil ése››, dice aquel, con un acento que marca las erres y un tono de voz furioso.

“Sabes que no puedo dejarte, te vas a poner la cara peor, cariño››, le dice, dándole unas palmadas en la mejilla. ‹‹Además, aún no me has explicado por qué hay una escopeta encima de la mesa. Ah, y del tío encerrado en el baño, ni hablamos, ¿no?››

‹‹No me escuchas, necesito quitarme el picor, es insoportable››.

‹‹¿Sabes qué más podrías tener ahora?›› Continúa ella, leyendo el prospecto y pasando de él. ‹‹Cansancio, debilidad muscular, sensación de calor, vértigo, mareos…››

Al fondo del pasillo se escucha un ruido que llega del baño. Alguien acaba de tirar de la cadena.

‹‹… inquietud, mira, eso también lo tienes. Temblores, nerviosismo, inestabilidad emocional, tendencia psicótica…››

‹‹¡Como ése salga de mearr y yo siga atado, te jurro que te acuerdas de mí!›› De pronto, cierra los ojos y aprieta los dientes mientras suelta un gemido. ‹‹¡Por favor, ponme hielo en la cara!›› Dice, mientras, le resbalaba una lágrima por la mejilla desaforada. Entonces, María levanta la mano con la que agarra el prospecto y se lo estampa contra la cara. Es más, para sorpresa de él, el golpe calma el picor durante aproximadamente dos segundos. Después, al escozor se le suma el dolor y la humillación de la bofetada.

“Mick, cariño, ¿comprendes que todo esto te lo has buscado tú sólo? Además, si te desato y sigues tomando esas pastillas, podrías sufrir otro efecto secundario›› Se vuelve hacia la mesa y toma la escopeta entre sus manos. ‹‹Ojalá hubiera tenido una de éstas hace un año… ahora no tendríamos visitas sorpresa, ¿VERDAD?›› De pronto grita, girando la cabeza al pasillo. ‹‹PORQUE AHORA ESTOY ARMADA Y NADIE VA A TOCARME UN PELO. Y tú…››, dice, girándose para encarar a Mick, ‹‹ya he tenido bastante… joder, estás cada vez peor. Ay, pero ese rubor te queda tan bien en tus mejillitas de marsopa… ¡si hasta te pareces a una Heidi obesa!›› Dice, riendo con voz aguda. Luego, comienza a recorrer el pasillo alejándose de él y hablando en alto. ‹‹Mick, cara de luna… eres un hombre con la luna estampada en su cara. Imagina qué dirán de ti en el gimnasio. Y de mí. Por cierto››.

María golpea con la culata de la escopeta la puerta del servicio. Aparece H.R., que inmediatamente mira hacia el arma. María le observa con calma, analizándole de la cabeza a los pies. Incluso, le pasa la mano por la gabardina beige.

‹‹Eres más alto de lo que recordaba. Y pelirrojo. De noche no se nota tanto. Qué lástima que nos volvamos a ver de esta forma pero así son las cosas. Tranquilo, esto me lo llevo yo y ahí te dejo al elemento atado. Dice que le pica la cara. Se le ha puesto fatal, la verdad. En fin, haz con él lo que quieras, nosotros ya no lo necesitamos››.

Camina hacia la puerta del piso y la abre pero, antes de salir, añade:

‹‹Esta vez te vamos a dejar que lo interrogues o lo que veas necesario, ya me entiendes. Pero la próxima vez…››. Le encañona y hace con la boca el ruido de un cañón escupiendo metralla ‹‹Pum, pum. Y muerto››.

María cierra entonces la puerta tras de sí. H.R. mira hacia el salón y ve a Mick sacudiéndose desesperado en la silla. H. Suspira aliviado y, mientras camina hacia Mick, saca una navaja del bolsillo y sonríe.

Madrid, 1989. Autor del poemario inédito "VictorioSOS" y de numerosos relatos, además de un libro que se encuentra actualmente en proceso.
Graduado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid, posee un Máster de Bases de Datos y Programación. Actualmente trabaja como consultor en un proyecto de Business Intelligence.
Habla de la inquietud y curiosidad de personas comunes; también de emigrantes y viajes. En sus textos desgrana el alma de las grandes ciudades mediante habitantes anónimos que adquieren protagonismo.
Creador del proyecto galgoentropico.com y miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.