Romance, toma cinco

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Nos topamos de bruces en una calle de Manhattan. Maldita sea mi suerte. Es fortuito, uno de esos momentos que hace que pueda fingir creer en el destino. ¡Pero es que es obra del puñetero destino que nos crucemos después de tres años, dos semanas y un día sin vernos! Soy una calamidad, sin duda, por tener esta memoria y recordar sólo lo peor.

Veréis lo que pensaba antes de chocar contra ella y volcar sobre su pecho un café tall de 7 dólares y un centavo. Un centavo extra para ayudar a un pobre pueblo del Amazonas salvaje que cultiva a precio de risa el mismo café que Starbucks nos inyecta en sangre a precio de oro – maldito marketing –. Antes de cruzarme con ella y tirarla el café tenía en mi mente la imagen de la primera vez que me dejó por otro. Sí, hubo más veces; y, no, me niego a contarlo. El caso es que cuando empezamos a salir – por segunda vez – nos regalé uno de esos paquetes de viajes precocinados. Me costó 150 dólares y era cutre, ¿vale?, pero… ¡es que era demasiado cómodo! No pude evitar comprarlo aunque sólo fuera una caja inútil con un libro de estancias que resultarían más baratas si las buscase por Internet. Ah, un detalle importante. Incluía un número de activación que perdí. De hecho, no fue exactamente así. No lo perdí, ella me lo robó y se llevó al “limpiapiscinas” a esa escapada. Mentira también. Era su compañero de trabajo y desde luego que aprovecharon el jacuzzi. ¡Ya lo creo!

El caso es que, después de esos tres años, dos semanas y un día sin vernos, hago un resumen de lo que fuimos y lo que creíamos ser por entonces. Ella no parece recordar la “anécdota” del viaje que nos regalé – su viaje – así que se lo cuento como si fuera una historia de chico-pierde-chica-a-manos-de-un-colega. Le hablo del viaje en coche que nunca hice, del campo que no pisé, de la casita apartada y vacía que estaba dispuesta para nosotros pero que sólo disfrutaron su amante y ella. 150 dólares a la basura y mi humillación ventilada por toda su oficina. Recuerdo que me moría por acostarme con ella en esa escapada. “Imagina mi decepción,” le digo entre risas. “Y qué casualidad cruzarnos justo ahora que estaba recordando aquel incidente.”

Me mira con desprecio. A cada frase seguida de un silencio incómodo responde seca y cortante, con su media sonrisa falsa, esa mano volando al viento, esa oreja demasiado pequeña, esa cicatriz en el labio… ella, en general. Esa persona fea y deshecha por dentro. La miro y, aún así, pese a todo, sigue preciosa.

Le pregunto por su trabajo. ¿Sigues trabajando con él? – Maldito cerdo –, omito. Pregunto también por su familia. ¿Recibiste mi última carta? Quiero saber si la leyó. Recuerdo nuestra mascota, Terry, el terrier que me regaló para volver conmigo por tercera vez y que me robó después de romper tras la cuarta reconciliación. Por fin pregunto si tiene novio. Me dice que no es asunto mío. Nos ponemos tensos y juego con la taza de café, ya vacía.

El silencio se prolonga demasiado y al final nos despedimos con un nos vemos por ahí. Le digo que se cuide y que seguro, ya nos veremos. De hecho, sé que será pronto porque el destino ha cruzado nuestros caminos de nuevo. ¿La quinta y definitiva reconciliación? A lo lejos, por el horizonte, se aleja ella hasta confundirse con los rascacielos de Manhattan.

Madrid, 1989. Autor del poemario inédito "VictorioSOS" y de numerosos relatos, además de un libro que se encuentra actualmente en proceso.
Graduado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid, posee un Máster de Bases de Datos y Programación. Actualmente trabaja como consultor en un proyecto de Business Intelligence.
Habla de la inquietud y curiosidad de personas comunes; también de emigrantes y viajes. En sus textos desgrana el alma de las grandes ciudades mediante habitantes anónimos que adquieren protagonismo.
Creador del proyecto galgoentropico.com y miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.