Si el frío nos alcanza

 

Island_JonOttosson

“Tira tú,” susurró mi hermana.

“No, tú, a ti nunca te dice nada.”

La bola de nieve voló sobre el cubo de basura y golpeó en el abrigo del vecino. Los dos nos escondimos tras el coche y aguardamos en silencio. Pasados los cinco primeros segundos, ella sacó lentamente su cabeza para mirar. Estaba tan absorta que sentí la necesidad de tirar de su brazo para comprobar que seguía allí conmigo. Aún así, no quería agacharse así que, como buen compañero en pleno campo de batalla, la agarré del pelo oscuro y la obligué a esconderse.

“¡Imbécil!” Me pegó un codazo en el hombro. “Mírale, no se ha movido. Mira.” Me empujó un poco. Yo me negué a salir de mi escondite porque me iba a ver. Papá y mamá siempre me decían que la culpa de todo lo que se rompía era mía. Aquel vecino también me iba a regañar. “En serio, mira.” Ella volvió a exponer su cabeza. Bueno, pensé, si nos castigan, que nos castiguen a los dos. Comencé sacando la cabeza, ampliando mi campo de visión. Vi la casa nevada, la puerta abierta como invitando a la nieve a invadir el calor del hogar y, a continuación, vi al hombre que permanecía de pie sobre la acera. Estaba de espaldas y tenía un rastro blanco a la altura del culo. Mi hermana había hecho diana en su objetivo.

El hombre se movió a la derecha. Tuve que asomarme un poco más cuando se dirigió hacia su coche, a cinco o seis metros del nuestro. Abrió el maletero grisáceo y metió algo dentro. Después, bajó el portón. Entonces su mujer salió de la casa caminando con paso acelerado y arrastrando veloz dos maletas. Ella nos caía peor. Cuando nos cazaba haciendo algo, siempre iba a chivarse a nuestra madre. Nunca nos saludaba, ni siquiera daba los buenos días. Quizás estaba amargada y por eso era una mujer tan delgada y fea. Me parecía estar enferma.

Cuando llegó al coche, ella misma metió los bultos en el maletero, rodeó el vehículo sin abrir la boca y se subió al asiento del conductor. Él se dirigió a la puerta contraría pero no llegó a subir porque ella arrancó, desapareciendo instantes después por la calle del fondo.

El hombre se quedó parado en el mismo lugar y posición que antes, de espaldas a nosotros. Quieto y, desde mi escondite, vi que el rastro de nieve había desaparecido de su espalda. Preparé otra bola. Si nos pillaba, que nos pillase a los dos. Además, esta vez no íbamos a romper nada y no podían regañarnos. Sólo era nieve. Apunté más alto que nunca, a su cabeza. Conté hasta tres y lancé con todas mis fuerzas.

Madrid, 1989. Autor del poemario inédito "VictorioSOS" y de numerosos relatos, además de un libro que se encuentra actualmente en proceso.
Graduado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid, posee un Máster de Bases de Datos y Programación. Actualmente trabaja como consultor en un proyecto de Business Intelligence.
Habla de la inquietud y curiosidad de personas comunes; también de emigrantes y viajes. En sus textos desgrana el alma de las grandes ciudades mediante habitantes anónimos que adquieren protagonismo.
Creador del proyecto galgoentropico.com y miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.