Siempre es lunes para Charlie

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¿Y si te dijera que, durante lo que te resta de vida, te despertarás sólo para creer que vives el mismo día rutinario una y otra vez mientras para los demás el tiempo avanza como de costumbre? ¿Y si ese día fuera un lunes cualquiera, anodino y sin gracia? Esta es mi historia, que ha tenido lugar hoy mismo, y esto es lo que llegó a suceder antes de, bueno, antes de acabar en esta prisión mortal.

Hoy llegué a la oficina a las 8:05 y saludé a Rita, que estaba atendiendo una llamada. Tenía la cabeza agachada sobre unos papeles y cuando me escuchó casi se le cae la cara del susto. Me miró con lágrimas en los ojos. Créanme, intenté consolarla pero, ¡ingenuo de mí!, no podría ayudarla a olvidar lo que había venido sucediendo desde el lunes pasado. Lo que hice un martes que para mí volvía a ser lunes, lo que hice el miércoles y, sin duda, las cosas terribles que debí hacer un el jueves, mientras el tiempo de todo el mundo seguía su rumbo formal y establecido y el mío propio había quedado estancado. Lástima que nadie me parase los pies en ese momento porque lo que iba a suceder era mucho peor.

Al entrar en la pequeña oficina hice la paradita habitual por el departamento de marketing, pasé por el asiento de Margherite y dejé una nota acompañada de un regalo en el cajón de su mesa: “Pour vous aider à démarrer bonne semaine… un baiser.” Perfecto. Mario, su marido y responsable de contabilidad, no sabía nada de lo nuestro.

El caso es que yo comenzaba a notar algo diferente en el ambiente, algo como… silencio. Así que fui directo a la cocina, donde escuchaba hablar a Luisa y Jon. No olía a café, pasaba algo extraño. “Buenos días, Luisa,” – dije al entrar – “que aproveche, Jon. ¿Qué tal el fin de semana? Vaya ojeras me traes, chico.” Ambos dieron un respingo. “¿Vais a adelantar el PowerPoint para la reunión…” Vaya cara más blanca tienen, pensé. Les hace falta unas vacaciones y tomar algo el sol. Aproveché para hacerles un briefing informal con algunas ideas que había tenido para unos clientes. Jon me miró con los brazos cruzados y el gesto serio. Luisa me observaba atenta las manos sin mover la cabeza, como buscando algo, y con los ojos rojos. Por fin me preguntó Luisa:

“Mierda, Charlie, tío, ¿por qué vuelves a preguntar por el fin de semana?” Dijo, llevándose las manos a la cabeza

¿Que por qué vuelvo a preguntar por el fin de semana? Aún no sospechaba lo que me ocurría.

“Estoy perfecto, ¿no ves que he salido a correr antes de venir?” Saqué pecho. En realidad no había salido y temo que, a partir de ahora, eso ya no será un problema para mí.

“Escucha,” Jon se dirigió a mí con la voz firme, aunque pude detectar un leve toque de temblor, “hoy es viernes y ayer tiraste a Mario por las escaleras. ¿No lo recuerdas?”

Creo que mi cara era de incredulidad. Hice memoria pero, si había alguna broma que tuvieran que hacerme, quedaba fuera de época y lugar. Si hubiera tenido un café, se lo habría tirado encima o lo habría escupido. Jon continuó hablando tan serio y tembloroso como antes. “No sé qué te ocurre ayer pero no paras de decir que es lunes… y hoy igual.”

En ese momento en que me debatía entre creerle o ponerme serio, Margherite apareció en chándal y despeinada para tomar la decisión por mí. Dios, me dije, no es para nada la mujer con la que tengo un affaire, pensé ingenuamente. En cuanto me vio comenzó a gritar como una posesa y lo primero que hizo fue lanzarse sobre mí, arañando y pegándome puñetazos. “¿Qué has hecho con Mario, maldito psicópata, y qué le has hecho a Bambú, por qué le has hecho eso a mi perro?”

¡Lo juro, estaba desbocada y me empujó con tanta fuerza que logró tirarme al suelo! Seguía sin saber qué ocurría pero yo no estaba raro, hoy era lunes y, desde luego, no había hecho nada al perro de Margherite. O eso pensaba. Tampoco tuve tiempo de replicar porque ella fue directa a abrir un cajón y, removiendo los cubiertos desparejados, encontró un enorme cuchillo que sólo usábamos para cortar las tartas de cumpleaños. Acto seguido, Jon se lanzó sobre ella pero Margherite fue más rápida y acabó en el suelo, junto a mí, y el cuchillo clavado en mis costillas.

Luisa, que había quedado en un segundo plano, gritó y yo con ella. El dolor era tan intenso que pensaba que me quedaba ciego. El filo del cuchillo se removía entre dos costillas y notaba cómo arañaba la superficie del hueso.

“¡Muere ya!” Gritó Margherite, satisfecha de haberme atravesado el costado.

En fin, deseo concedido. Cerré los ojos y todo desapareció.

Y, de nuevo, estaba equivocado. Cuando mis sentidos recuperaron su actividad, seguía tumbado en el suelo con el cuchillo clavado. El día no había cambiado pero yo ya debía estar muerto y, sin embargo, percibía todo lo que sucedía a mi alrededor. De este modo pasé media hora escuchando las cosas terribles que contaban sobre mí, después me levantaron e introdujeron en una ambulancia para, al rato, meterme en la caja fría y oscura en la que llevo encerrado desde hace demasiadas horas. No sé qué será de mí. Si volveré a despertar y será como si no hubiera vivido nada. Me pregunto qué habré hecho estos días de atrás que ha provocado tanto daño. Me pregunto, con pánico y el cuerpo frío de cadáver, si viviré hasta que me incineren o consuma en la tierra de un cementerio.

Pasan las horas y nada cambia pero ahora noto algo diferente. Es sueño, tengo ganas de dormir y, quizás, por fin pueda conciliar un reparador sueño eterno. O puede que vuelva a mi vida anterior en la que era un hombre feliz, casado, con hijos y amante, con un buen trabajo y el fútbol los domingos. Quizás sea así. No sé, pero me tengo que dormir.

Me despierto temprano.

Llego a la oficina a las 8:05 y saludo a Rita. Me mira y se desmaya. Vaya forma de comenzar la semana, me da por pensar.

 

[Ayer fue 2 de febrero, el Día de la Marmota, una tradición que es celebrado cada año en Estados Unidos y que fue recogida en una fantástica película homónima protagonizada por el actor algo loco llamado Bill Murray.]

Madrid, 1989. Autor del poemario inédito "VictorioSOS" y de numerosos relatos, además de un libro que se encuentra actualmente en proceso.
Graduado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid, posee un Máster de Bases de Datos y Programación. Actualmente trabaja como consultor en un proyecto de Business Intelligence.
Habla de la inquietud y curiosidad de personas comunes; también de emigrantes y viajes. En sus textos desgrana el alma de las grandes ciudades mediante habitantes anónimos que adquieren protagonismo.
Creador del proyecto galgoentropico.com y miembro del Grupo Literario Galgo Entrópico.