La libertad está en los lomos de los gatos

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Peinar estrellas con la mirada lánguida.

Flotar encima de la luna y que un camión aparte de un bocinazo

los anhelos que no se atrevieron a cruzar al otro lado de la calzada.

Suspirar entornando los párpados del viento

y atragantarse con una espina de la noche.

Toser deseos, escupir realidades.

La vida es un cojín enmohecido de esperas.

Tus ojos son hermosos y distantes, como un altar inútil,

pero es la única belleza que describe el espejo.

El calor del invierno descompone los restos de un firmamento

que se volcaba sobre tus labios. Y tú. Tú solo sueñas con soñar

e invocas oraciones extinguidas para ahuyentar los gritos de lobo del insomnio.

Tú solo sueñas con volar.

Esperando. Es así como descubriste que hoy ya la libertad se pierde

en los lomos estilizados de los gatos. Se estiran dulcemente,

sin romperse, con su sonrisa etrusca

colgando de los límites de una mitología antigua y polvorienta.

Te miran desde las profundidades de tronos invisibles

donde incluso las luces más pequeñas, las que nadie conoce,

se han dormido. Chirrían las bisagras de la noche; ellos maúllan despacio,

y antes de que se cierre para siempre el portal del ensueño,

piensas que solo desearías alunizar en sus pupilas.