Bagdad

Her Desert

 

No hay luna. Hice mal la pregunta, tuve que repetirla utilizando otras combinaciones. Sin dar con la correcta, la que todos comprendieran sin ofenderse. Cómo salgo de acá. Cómo me voy. Cómo llego al otro lado, por donde voy al lado seguro. Cómo salgo de esta zona para llegar. Por dónde tengo que ir para irme. Me voy. Me fui. Con la niña en brazos, en los mismos brazos de los que cuelgan bolsas de mercado que ocultan nuestras pertenencias, adivino el camino de tierra seca, firme. Piso escombros. Cada tantos pasos, la luz de una ventana, de un boquete que nunca fue puerta, se filtra por un cortinaje y me ayuda a ver por dónde voy. Que es casi más importante que a donde voy. Porque al menos sé que estoy en un caserío improvisado sobre terrenos arrebatados al fisco, sin luz eléctrica en sus calles, y busco la salida. El diluvio reciente no puede filtrarse, la tierra parece petróleo. Las paredes de zinc se levantan con nubes de mosquitos, las zanjas de desagote son un trazado de zumbidos y croares.

Creo que llevo unos trescientos metros caminando en círculos. La niña se queja, los mosquitos no perdonan. Los insectos son los únicos que atraviesan nuestro escudo de desamparo. Ellos tienen que vivir sin perdonar. Así que me detengo, ordeno toda la carga en un solo brazo y dejo libre el otro para agitarlo y evitar más picaduras. Escucho el follaje, los anfibios descatalogados, los anófeles furiosos y una música de radio desde la esquina de los muchachos ociosos a los que me acerco para pedir auxilio.

Al llegar hasta la música, ninguna luz más que la de un teléfono con el que juguetean me los puede definir. Los imagino sentados en sillas rotas de plástico y mugre. O estirados sobre un tronco caído en la última tormenta. La luz contra cenital que se pasea por los rostros a la altura de la cintura los presenta. Son una aparición en una calle que no existe en ningún mapa. Les hablo mientras avanzo hacia ellos, los saludo y me muevo como un camello del que oscilan alforjas y rollos de té seco. Se quedan en silencio como si la aparecida fuera yo: un fantasma de dos cabezas, bracitos y piernitas colgantes. Uno de los muchachos eructa. Perdone, me dice, y se levanta con pena y se retira en la noche. Entiendo que está borracho. Todos lo están. La cabeza de la niña pesa y suda, es parte de mi peso y mi sudor porque está dormida. Me duele su sueño en los tendones.

Pienso en retroceder. Los aparecidos me observan. Bien podrían pasar a mi lado del cosmos y arrebatarme las bolsas de mercado, los zapatos y el grito. Yo repito la pregunta y noto que jadeo. Me responden con un tono de respeto, el que parece imponer el esfuerzo por tenerme en pie y avanzar. A pesar del acecho de sus horas muertas, en la espera de que algo les suceda, les sucedo yo y se contienen. Porque soy una aparición surgida de lo indescifrable que camina con una carga que sueña, sin saber a donde llegará. Me hablan. Me dicen señora. Superponen sus voces y hasta logran un acuerdo. Siga. Doble en la luz. Llegue a la segunda casa con luz. Doble por esa calle. Verá la salida.

Ellos ven la salida. Yo tengo que creer. Agradezco por todo y me despido para siempre.

Falta poco. Lo digo en voz alta para mí, para la niña y para los espíritus que levantarán sus espadas para dejarnos pasar. Falta poco, ya casi llegamos. Nunca miro hacia atrás, así estoy segura de mis palabras. Los muchachos no me mintieron, al doblar una esquina veo la luz eléctrica de la avenida. A tan poco de salir del destierro me resbalo, pero mi cuerpo no deja caer nada, estira y fuerza sus cartílagos. Las luces del taxi se encienden y me encuentran. Otro encuentro de apariciones en el umbral del hierro y el cobre. Cuando por fin subo al taxi me doy cuenta que estuve a punto de desmayarme. El taxi arranca y el conductor me pregunta: “¿Qué hace usted tan lejos?”

Los lobos de Manuel Machado

JUAN JOSÉ GONZÁLEZ VEGA | WIKIMEDIA COMMONS
JUAN JOSÉ GONZÁLEZ VEGA | WIKIMEDIA COMMONS

A raíz de la manifestación que ha tenido lugar hoy en el centro de la capital, he recordado esta potente poesía de Manuel Machado en la que el lobo es la imagen vertebradora del poema. La idea generalizada que se ha llegado a tener en España de los lobos es que son bestias que matan el ganado, que dañan nuestros intereses ganaderos. ¿Es eso cierto o nos olvidamos de algo más? En realidad tendemos a asociar esta especie con valores como el honor, el esfuerzo o el cuidado del resto de miembros del grupo, sin olvidar cualidades como la fortaleza y el trabajo en equipo.