De igual a igual

Letter_Helloquence

Frente al buzón del edificio, con la puerta retenida por el carrito, contempló la carta sellada con cera roja. Resultaba agradable al tacto. Rompió la solapa de papel y leyó lo que decía:

Estimada esposa de Luis Portalatín:

Me encuentro en una situación incómoda. Decirle lo siguiente en persona supondría un desasosiego demasiado grande para los dos. Su marido se acuesta con mi mujer.

Soy consciente del shock que debe suponer para usted. Que, a estas alturas de la vida, nuestras respectivas parejas nos coloquen tamaña cornamenta… es, francamente, un castigo desmedido a nuestra falta de amor. Reconozco que han pasado dos días desde que me senté a escribir esta carta. Semana y media desde el día del encontronazo con los infieles desnudos en el pasillo, con los calzoncillos usados de su marido colgando de un pomo y con la humillante y turbulenta visión de ese hombre recostado sobre mi mujer – por cierto, vaya corpulencia tiene ese hombre -. No le describo lo que pasó a continuación. Sólo diré que el cobarde huyó con el rabo erecto entre las piernas.  

He intentado imaginar el impulso sexual insatisfecho que les ha llevado a realizar semejante dislate para con su pareja. He repasado mi matrimonio, como ahora lo hará usted. He consultado a nuestra hija, después a su hermana, a una compañera de trabajo, y hasta a su amiga y vecina soltera quien, con mucho gusto, ha aclarado mis sospechas con respecto a la frecuencia de los encuentros. Ha sido precisamente esta señora quien me ha narrado el auténtico desatino llevado a cabo en su apartamento. Noches de sexo consentido en el apartamento justo sobre de mi cabeza. Y yo pensando que le gustaba la carpintería. Siento que este espacio marital ha sido totalmente violado por la traición.

Confío en que usted tome las medidas adecuadas para contener los impulsos de su voluminoso señor esposo. Sería toda una necedad no hacerlo. Yo me dispongo a pedir el divorcio. Dinero no me falta para ello.

Atentamente: Rodrigo Salcedo de Buendía.

P.d.: Si desea compartir sus impresiones, cuente con mi consuelo, se lo ofrezco como un amigo que desea superar cuanto antes esta terrible, lamentable, situación.

El hombre sostuvo la carta sobre la inmensa barriga y respiró aliviado. Por fin le encontraba una utilidad a ser cartero. Pero, ¿qué clase de antigualla seguía mandando cartas a estas alturas de la vida? La carta escrita en papel grueso terminaba con una firma y el sello de aquel cornudo. Insultantemente aliviado, el cartero dobló y metió el papel de vuelta en el sobre con membrete. Se acercó a la papelera más cercana y, sonriendo, hizo trizas la carta, que dejó caer como migajas de pan que sólo los pedigüeños quieren comer.